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Respiras agitada, pupilas distendidas, una gota de sudor entre tus pechos, exhalas, te desprendes; el alma (prueba clara de que existe) se eleva a un palmo de tu frente, ruges silente en cada movimiento o llamas a la carga a voz en cuello o pronuncias una oración entre murmullos. Te mueves lento, te sofocas, vibras al compás de un diapasón fogoso, te aferras y garras de cristal toman tu vientre. No estás aquí, trasciendes el espacio, el tiempo, el universo. Cascadas de aguamiel entre tus pétalos confirman tu ausencia, tu escape, tu agonía. La nada.
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Mueres un poco y el ansia de existir no se termina. Por fin vuelves al mundo, una pequeña sonrisa (antes mueca que parece de dolor) asoma leve en tus labios y retomas el fragor como en combate. Doncella ungida, te encaminas al abismo arrebolada. De nuevo, te ausentas exigente y como el campeador, muerta y aparte, ganas con un suspiro la batalla.
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Por la foto: Dánae, G.Klimt, 1862-1918