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jueves, agosto 19, 2010

Roger, el oso



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Roger era un oso, un animal marrón, de tierra, con increíbles rayas negras, educado en su andar nunca marcaba el piso con sus garras, diligente con su deber sólo cazaba lo estrictamente necesario. Pensaba – si elijo la presa con cuidado es seguro que ayudo a la naturaleza –así, en su oficio, trataba con seres que no tenían que estar ahí. Seres que olvidaban su destino, que caminaban por el bosque con tristeza y desaliento. Les daba paz.
Roger era un oso, su soledad amiga le permitía divagar sobre el estado de las cosas, sobre el fluir de los ríos que vienen de las montañas, rápidos y delgados cuando la pendiente es mucha y anchos y lentos en la planicie. Observaba con claridad el mismo proceso en sus presas, ágiles en su juventud y lerdos al llenarse de edad y enfermedad. Estos últimos eran sus cazas. En sus largas caminatas dejaba vagar sus instintos que indubitablemente lo llevaban a la elección adecuada.
Roger era un oso, sentía también el correr del tiempo, acumulaba tristeza y desaliento, esa mañana sus pasos lo llevaron al gran monolito que afloraba en la mitad del bosque, sus paredes casi verticales se elevaban varios cientos de metros y tocaban las nubes bajas, las atrapaban. Sus agudos sentidos le anticiparon la llegada de la jauría, acomodó su cuerpo contra la pared de roca y esperó tranquilo la llegada de los perros.
Roger era un oso, y su paz llegó un poco después que la manada.

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martes, marzo 02, 2010

Mercurio vuela


Mercurio vuela apenas por encima de la grama que separa los carriles de ida y vuelta, vuela cada viernes al local que vende aviones miniatura, o al comercio que tiene dulces a granel, con el botín atesorado vuelve sus pasos, siempre en el centro, hacia el portón de cristal que le dará resguardo.

El vestíbulo es azul y la pileta triangular recibe galletas en pedazos que alimentan a los peces naranjas con ojos saltones, vuela ahora por lozas calcáreas con diminutos fósiles jurásicos hasta la escala que en espiral, sube los cinco pisos del Olimpo, sube sin tocar los escalones, casi sin ruido, y sigiloso pasa frente a su hogar numerado con el nueve en la segunda planta; continúa hasta la cima, el dieciocho, un penthouse que abarca casi la entera superficie del edificio.

— ¿Están Eros o Diana?—pregunta a Pétrea la mujer de servicio.

— ¡Hola joven Mercurio! Los jóvenes no están, sólo la señora que se está bañando.

—Déjame tocar la espada, por favor—suplicó y Pétrea le franqueo la entrada.

Sube en silencio los cinco peldaños que separan el estudio de la estancia principal, Herostates colecciona arte y objetos orientales entre los que destaca una katana del siglo XVI, sostenida la vaina apenas por un soporte de madera, la espada curva parece más un arco que una hoja, el mango rematado en cuero oscuro está ahí para ser tomado y permitir desenfundar la mortal arma.

El silencio se rompe con pasos en la estancia, su pequeño tamaño, apenas nueve años, le permite colocarse detrás del biombo decorado con caligrafías japonesas justo antes de escuchar el crujido del maderamen de los escalones que dan acceso al estudio prohibido.

Afrodita, la madre de sus amigos, aún húmeda se planta al centro de la habitación y se mira en el gran espejo de la pared contraria. Ensimismada, deja caer la bata de seda y se enfrenta dichosa con su imagen. Del cabello se desploman algunas gotas en dos sentidos, por el frente bajan con lentitud hacia los senos, detienen su paso un poco en la rugosa aureola y se cuelgan, desesperadas, en el pezón erecto, para despeñarse por fin y desintegrarse en la cálida duela. Por detrás, ruedan sigilosas por los hombros y forman un riachuelo justo en el centro de la espalda para hundirse en el profundo cañón que forman sus redondas nalgas, se sostienen, por último, en los ensortijados rizos para unirse por fin en el piso con sus hermanas.

Mercurio, ambivalente, siente terror y frío que recorre la espalda y un agradable calor que surge desde el centro de su vientre. Ve llenarse gota a gota el charco a los pies de Afrodita, ve sus dos caras, su dorso a unos metros y su frente reflejado en el espejo, ve la piel que se eriza, ve el movimiento acompasado del vientre, ve las manos que se acercan al sexo y a los senos, ve el cambio del hálito, ve la contracción involuntaria de los músculos de las piernas, de la espalda, escucha atento. La violencia de su mente aumenta la presión de sus manos en la bolsa, de papel barato, que envuelve su tesoro. Ella cede y se desfonda. Un río de caramelos redondos y multicolores se esparce a los pies de la mujer.

— ¡Mercurio!—susurra Afrodita sorprendida y sonriendo se reclina y toma un caramelo rojo que ha quedado justo en el centro del charco. Lo lleva a su boca y lo degusta.

Mercurio vuela apenas por encima de la duela, vuela más llevado por la mano en su barbilla, se acercan las bocas, se tocan y el caramelo ha sido intercambiado con un hábil movimiento de la lengua; con este acto, como soplo divino, Mercurio adquiere audacia, inteligencia y vuelo.

— ¡He llegado!—suena la voz adulta y potente de Herostates. Con movimientos lentos y deliberados Afrodita, aún con la mano en la barbilla, arroja al niño al vacío.

Mercurio vuela lento, busca tres pisos más abajo, la ventana abierta de su cuarto, entra, llega a su cama y desciende. Termina el caramelo y feliz piensa en el futuro.

Pintura de Eduardo Anievas Cortines; -4- Remembrance...of you, in a mirror.

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miércoles, junio 17, 2009

Violeta

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Aún recuerdo a Violeta como la primera vez, dos días antes de cumplir seis años, ella sería en la escuela la abanderada y la representante de sexto grado en la escolta que cada lunes rendiría honores a la bandera y a la patria. Portaba un uniforme rojo escarlata que destacaba sus rubios cabellos, sus ojos de un azul límpido, su figura larga y estilizada, el ovalo perfecto de su rostro, su piel de durazno y su boca delicada que invitaba a un beso.
Por ella, mis amigos se burlaban de mi cada lunes porque me era imposible contener las lágrimas y deshacer el nudo que se formaba en mi garganta cuando ella pasaba frente al grupo con aire marcial, cargando la bandera y sus ojos se posaban en mí un instante.
Los años pasaban y Violeta mejoraba con ellos; más hermosa, si era posible, más ligera, más sutil y yo empeoraba; enjuto y desprolijo pasaba la mayor cantidad de tiempo pegado a un libro.
Entré a la segunda enseñanza, dos días antes de cumplir doce, ella cursaba con lentitud el último de preparatoria. Ya no me fue posible observarla con regularidad y las veces que me iluminaba un momento las lágrimas y el nudo se presentaban de inmediato. Mis amables condiscípulos reían a sus anchas y era motivo de burla durante algunas semanas cada vez que me atrapaba la inmovilidad. Llegué a agradecer no verla durante meses ya que permitía a mi intelecto desarrollarse a contrapelo de mi físico.
Brinqué algunos años y el siguiente ciclo escolar me sorprendió (a mí y a mis azorados compañeros) cuando en un año aprobé tres de escuela, eso me hizo blanco de los estultos pero también redujo mi invisibilidad y acortó la distancia entre nosotros.
La preparatoria y la universidad ocupaban el mismo campus, los cambios de aula entre clase y clase me llevaron ineludiblemente a encontrarla, mi inmovilidad surgió con la primera vista de sus largas piernas, el nudo y las lágrimas cuando, después de tantos años, sus ojos se posaron en los míos y una ligerísima sonrisa apareció en su boca.
Trabajé incansablemente y pude comprimir en dos años los tres de preparatoria y escribir mi primer libro de cuentos que envié (iluso de mí) a un concurso internacional.
Cumplí los quince con dos agradables noticias, me matriculé en la universidad un par de días antes y mi libro de cuentos recibió una mención en el concurso.
Pensé que el trabajo me llevaría a recortar aún más la distancia que me separaba de Violeta, pero la universidad es muy diferente a la escuela de párvulos, apenas tenía tiempo de separar la vista de los libros para observarla caminar distraída en los prados universitarios, sus amigas siempre revoloteando a su alrededor ya no estaban y su mirada contenía una profunda languidez que antes no se encontraba; el precio de crecer.
Mi prisa o su tristeza permitieron que en el siguiente ciclo nos encontráramos al fin en el mismo grado, en los primeros días era casi imposible salir de la inmovilidad, evitar como un estoico la salida de las lágrimas y hablar con el nudo que atenazaba mi garganta. La pasión sucumbe ante la rutina y al pasar los días me fue posible mover mi cuerpo, articular palabras y mantener secos mis ojos aunque Violeta me viera de frente, hasta llegué a notar cierta simpatía y admiración (ahora en sus ojos) cuando mis explicaciones eran interesantes.
Tres meses después ella no volvió a aparecer en la universidad, se hablaba (como siempre) de un embarazo, de un profesor abusivo, de drogas o de alcoholismo: siempre supe que eran habladurías. Sólo yo sabía.
Herido hasta la médula terminé rápido y sin distracciones la carrera y acepté la primera beca para cursar una maestría en un país lejano donde con audacia infantil inscribí la crónica de esos años a un concurso literario, los resultados de éste y aprobar el último crédito de la maestría sucedieron dos días antes de cumplir los veinte; para librarme, por culpa del premio, de la búsqueda del sustento y del anonimato, mi físico resolvía cada prueba sin esfuerzo y mejoraba nada más con el paso del tiempo; viajé tres años más por el viejo mundo donde viví los amores y las desventuras necesarios para los argumentos de mis próximos escritos y hasta después de saciarme de vida devolví mis pasos a la casa paterna con dulce y planeada resignación.
Ahora dos días antes de cumplir los veinticinco, sin nudos y sin lágrimas, ella emerge a diario de la alberca de nuestra casa familiar, como una Venus en diminuto bikini violeta, para un largo desayuno que incrementará nuestra complicidad, al tiempo que escribo con lenta parsimonia mi siguiente novela, y sé (como ella sabe que lo sé) que el tiempo y la paciencia son mis principales aliados desde que supe, antes de terminar la universidad, que mi padre se casaba de nuevo.

martes, abril 21, 2009

Adicto


Triste sentimiento es aceptarse adicto a una sustancia que maltrata el alma, más triste cuando el motivo de la adicción es una persona; dolorosa y sacrificada pulsión cuando alejarse es imposible, esa angustia que duele con su falta y duele más con su presencia.

– ¡Hoy no me has dicho que me quieres! – dice el motivo del sufrimiento y no atino a contestar. No tengo una respuesta fácil, la relatividad del verbo hará que mis respuestas sean malinterpretadas.

– ¡Me rompes el corazón! – y cada frase me adhiere a ella con mayor fuerza. Esta cohesión de nuestras pieles, cuando el silencio soluciona los conflictos, impide la separación, o le evita, por nuestro temor al dolor de la ausencia. La humedad que nos aprisiona es una cárcel de caricias, sexo y besos hasta que buscamos el lenguaje para interpretarla.

– Tu silencio me dice que me odias – y es cierto.

– ¿En quién piensas cuando nos besamos? – me dices y no encuentro las palabras justas para evitar que pienses que te miento.

– ¡En nadie! – atino a decir antes que tu rabia te aparte de la cama y te lleve al baño donde las aguas de tus ojos son mayores que el diluvio y se confunden con las de la ducha donde frotas con rabia los rastros ficticios de mi indecencia.

Sales como Venus y tu sonrisa demuestra que todo tu dolor y asco se ha ido por la alcantarilla. Me besas y la reconciliación es el combustible de esta adicción malsana, me besas y olvido el dolor y me entrego al placer que me proporciona tu aroma, olor de mujer que amo, de hembra dolorosa y doliente que acerca el cielo aunque vivir así sea un infierno.

– Tu eres de Marte – me dices y yo no alcanzo a recordar el nombre de tu planeta porque la incertidumbre aprieta mi garganta, esperas respuesta y al no obtenerla presumes palabras insolentes – no soy estúpida, sé que algo escondes en tu silencio – trato de replicar y sólo sale un murmullo ininteligible – ¡Ves, ves como me tratas como retrasada mental! – y callo, callo cobardemente, donde cada palabra que no pronuncio se acumula en mi memoria y sé que saldrá algún día. Callar se vuelve una mala costumbre, diferente al hábito malsano que nos une, que terminará en el momento que el dique se rompa; y ya no me queden dedos para tapar las filtraciones.

– Te amo, hombrecito, sin ti me moriría – es el monólogo del día – yo también – digo con voz pequeña – ¡yo también... yo también suena falso! ¡lo dices simplemente por decirlo! – y vuelvo al silencio.

Pasan meses, años; mi cuerpo se consume y debilita, las dolencias aparecen y hieren más la carne. Con la mirada hacia el piso mi espalda se ha vuelto contrahecha, mi cabello antes largo es ahora corto, seco y deslucido, todo mi cuerpo reclama paz.

Hasta que un día con fuego en los ojos me dices – ¡No puedo más! ¡Vivir así es un infierno! Mi sicóloga dice que la pasividad y el silencio también son violencia. Te lo diré de frente (como siempre), he encontrado a alguien que me entiende y me voy. No puedo sufrir más, no lo merezco. ¡Te dejo! ¡Adiós!

El camión de mudanza dobla la esquina, ¡me muero!, giro sobre mis talones y entro a mi casa, ¿mi casa?, recorro con dolor y tristeza, palmo a palmo, la soledad, los cuartos, los lugares... En el cuarto de visitas encuentro la cama individual que ha sido mi lecho en incontables ocasiones, ahora es la única cama de la morada, me derrumbo y trato de dormir.

Han pasado diez meses, mi espalda ha vuelto a ser recta, mi cabello recupera día a día su largo y su brillo, la paz me ha devuelto la salud. Cuando una parte del cuerpo está gangrenada, afecta a todo el ser, emite olores repugnantes, duele, atormenta y sólo el temor retrasa lo inevitable. Amputar es la solución.

– Soy Ramón y soy amputado.

– ¡Bienvenido! – me dicen los amigos, mis iguales; mi alma y mi cuerpo están ahora en el lugar correcto.


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viernes, marzo 20, 2009

Llanes

Tenemos llagas dijo Llanes.

Son sólo pequeñas irritaciones – acotó el doctor.

Así casi termina la terrible peregrinación de Llanes, el barquero, a través de las laberínticas profundidades del servicio médico gubernamental de la empresa que maneja el petróleo de todos.

Llanes es un capitán de barca, en ella deambula por los humedales de Campeche en el Golfo de México. Su trabajo es encontrar bancos de jaibas que perviven en las aguas salobres de los manglares. Su barca, alta de proa, apenas se sumerge unos cuantos centímetros en las aguas someras y le permite acercarse a los crustáceos que habitan la zona entre mareas. Con sus dos tripulantes, Racine y Moliere, deambula por la selva acuática para recolectar de las trampas y de sus propios criaderos la pesca que les dará el dinero suficiente para sus básicas necesidades.

La comida no es problema, se obtiene del mar y de la pródiga tierra; la casa hecha de forma tradicional, adobe blanqueado con cal de forma elíptica y con techo de dos aguas de palma seca donde la arista orientada hacia la playa permite el paso del ventarrón sin ofrecer casi resistencia. Los servicios, desde la llegada de los petroleros, son el verdadero problema; agua potable, alcohol y esparcimiento doblaron su costo desde su arribo.

Para solventarlos cada día debe llevar al menos doscientas jaibas a Don Jerázimo, el cacique del pueblo, que envía crustáceos, caracoles y cefalópodos a los hoteles de la Rivera Maya en avioneta. Sabe que el pago que recibe no es ni la décima parte de lo que se lleva el intermediario pero intentar algo diferente acarrearía la molestia del patrón que es dueño de casi todo en el lugar. Además, para él, hombre solo y sin familia con excepción de sus dos ahijados -tripulantes, más ingreso representaría mayor número de actividades que lo sacarían de su muy apreciada monotonía.

Una de las ventajas del arribo de los fuereños, como contraprestación exigida por Jerázimo, es el servicio médico proporcionado por la empresa, como toda gran estructura burocrática los encargados de prestarla son displicentes y anodinos; llegar al hospital refulgente y solicitar un servicio es un calvario que los moradores de Izta-mal están dispuestos a aceptar por la gratuidad de los servicios.

A lo lejos, a unos siete kilómetros, Llanes observaba a diario el perfil de las plataformas de extracción, los mecheros queman gas las veinticuatro horas y los derrames de crudo se vuelven habituales.

Los hombres encargados de solucionar estos errores que invariablemente llagan a la playa visten ropas naranjas y vierten en las nervosidades de los mangles sustancias que permiten mantener una apariencia de sanidad en la región.

Después de un derrame mayor a lo normal Llanes se acercó con su barca a la zona de trampas, la zona había sido acordonada por los barcos rugientes de los ‘naranjas’ unos días antes y había perdido la cuota de jaibas dos días seguidos: Al desaparecer los barcos de limpieza se acerco para comprobar el tamaño de su pérdida, Racine y Moliere se zambulleron para recolectar a la presa, para ayudarles Llanes bajo de la barca y quedó con el agua al pecho durante las maniobras de carga y muy poco tiempo después la cuota del día estaba completa. Contentos con su carga enfilaron al puerto apenas cinco minutos antes de las diez de la mañana.

Con la mano firme en el timón y los motores a media marcha, Llanes pensaba que al llegar al puerto se dirigiría a la nueva cantina, abierta apenas hacía dos semanas, para tomar unas cervezas y disfrutar la vista de la mesera recién contratada, una pequeña morena de curvas suaves y pelo ensortijado con la sublime cualidad de caminar como bailarina.

Los ahijados y él comenzaron a enfermar aún antes de llegar a puerto, la comezón y el prurito enrojecía sus pieles curtidas por el sol, la boca tenía un sabor amargo, desagradable, los mareos y la fiebre llegaban a intervalos constantes.

Al desembarcar fueron, casi corrieron a la clínica de de los petroleros; su calvario comenzó casi al llegar, los trasladaron a una habitación blanca y pulcra donde dos enfermeras con trajes naranjas revisaron sus signos y les colocaron una intravenosa con suero, un suero como nunca habían visto de color ámbar que quemaba sus adentros. Ahí perdió a sus tripulantes, los colocaron en cámaras aisladas por casi veinte días, los médicos y las enfermeras ataviados de naranja no hablaban, sólo le infringían atrocidades horribles y dolorosas.

Llanes gritaba a todos que tenía que navegar, que este tiempo, perdido para él, era el mayor que había pasado en tierra firme desde su niñez, que necesitaba trabajar para ganar el sustento, que requería el aire marino, salobre y fresco; ninguna súplica funcionó.

El día veinticinco, lleno de úlceras que ya no supuraban, le permitieron salir, sus ropas limpias y con olor a desinfectante le raspaban sobre el cuerpo magullado.

Un médico, alto y de apariencia citadina lo sentó frente a un escritorio, llevaba guantes, le explico que había sufrido de una enfermedad tropical que se pensaba erradicada, que la irritación de la piel se quitaría en dos semanas, que no podría navegar ni tener contactos sexuales durante ese periodo, que la empresa sabiendo de sus necesidades le entregaría al salir (y después de firmar una carta donde aceptaba el buen cuidado médico y las causas de su enfermedad) un sobre con una suma igual a seis meses de sus ingresos por la pesca. Llanes lleno de preguntas trataba de interrumpir el monólogo prefabricado del galeno, fue imposible lo único que pudo balbucear fue:

Tenemos llagas.

Son sólo pequeñas irritaciones – acotó el doctor.

¿Pero por qué salen? – increpó el capitán.

¡Por qué sí! – dijo el coludido para terminar la discusión.


Al salir encontró a Racine y a Moliere con risas extasiadas abrazando el sobre de los dineros. Caminaron sobre la calle principal y entraron sin miramientos a la nueva cantina y no se les volvió a ver en varios días.



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domingo, enero 11, 2009

Romina o la hora del lobo I

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Es un hecho científico que justo después de las dos y hasta las cuatro de la mañana el peligro de sufrir un accidente o ser lastimado por asaltantes o por la simple maldad se incrementa en grandes proporciones, a este lapso se le denomina ‘la hora del lobo’. No sé si se deba a los ritmos circadianos que hemos maltrecho con la vida moderna o si la cantidad de personas que viven en las grandes urbes permite que existan diferentes tipos de individuos en diferentes tipos de horarios o si la gran cantidad de mitos relacionados con la perversidad provengan de estos incidentes nocturnos, el hecho es que ‘la hora del lobo’ afecta a un gran número de personas diurnas que se atreven a forzar su horario y deambulan por las calles con un letrero de ‘victima’ en la espalda.

Los nocturnos somos simples de localizar y nuestro apetito se ve colmado con mucho menos de lo que las leyendas urbanas han hecho creer. Somos muchos y de diferentes tipos, los hay que se alimentan del miedo, de las emanaciones alcohólicas, de la risa o de las lágrimas, los vampiros no necesitamos sangre sino energía y los más animosos, por los que la ‘hora’ lleva su nombre, solo necesitan compañía como todo can que se respete, el resto necesita aún menos.

Los nocturnos nos encontramos en bares y clubes donde aparentamos no reconocernos y nos alimentamos de los sutiles efluvios que nos proporcionan los diurnos trasnochados; en la actualidad es mucho más fácil para nosotros mantener nuestra dieta ya que las grandes ciudades apenas duermen y las modas mundiales se ceban en lo que los diurnos piensan de nuestra estirpe. Así vemos pasar por la noche a grandes cantidades de personas que se creen nocturnos por el solo hecho de vestirse de negro o de utilizar artículos con estoperoles o pantalones estrechos y emotivos. Todos ellos han cambiado sus hábitos de sueño y aparecen en horas que deberían ser de descanso. Eso facilita las cosas.

***

El bar de moda todo aluminio y madera formada al calor, sobre la barra cristalina, casi acostado, sostengo mi Bloody Mary que me oculta y me permite observar a los personajes que entran y salen de mi amplio campo de visión. Mesas estrechas y con bancos altos, meseras con falditas de colegio y bombachas con holanes que vibran al compás de sus pasos, espejos difuminados por pátinas metálicas y, para mi desgracia, falta total del humo de cigarro que le daba el toque apacible y difuso a los bares del pasado.

Entra Romina y provoca un impass, un rasguño en la continuidad del espacio-tiempo, las miradas atraídas como por un imán, la tocan, la acarician. Conciente de su poder camina despacio y segura sobre tacones de seis pulgadas; pantalones azules de mezclilla, entallados y que no ocultan la longitud de sus piernas; abrigo con cuello y puños de piel blanquísima que destaca el tono durazno de su piel, cabellera gris, casi azabache y ojos, ojos como nunca he visto, sibilinos, quiméricos, amarillos.

Deja la bolsa y el abrigo que juntos representan más de lo que un honesto trabajador promedio puede ganar en mucho tiempo y que con el ámbar, del mismo color de su mirada, engarzado en el collar de platino podrían salvar la economía de un pequeño país. Sus caderas, sólo un poco más estrechas de lo deseable, sus piernas y sus brazos atléticos, dan noticia cierta de su vigorexia profunda. Recorre el lugar y sus pechos enhiestos y certeros apuntan hacia el cielo con seguridad y amedrentan con su exactitud a más de uno de los parroquianos que desvían la vista intimidados por su presencia.

Encuentra un lugar a mi lado y saluda fría y displicente – Hola Ash, ¿no hay más nocturnos por aquí?

– No, sólo nosotros.

– La noche no se ve prometedora.

– No, tendremos que irnos a dormir con hambre – dije. Aunque en realidad, como en cualquier tipo de pesca, si el pescador no está realmente hambriento, prefiere los mejores manjares o las piezas más suculentas. Este era el caso, ambos navegábamos esta agua con bandera de anhelo a pesar de estar ya satisfechos y la multitud de opciones sólo despertaban nuestro hartazgo. Hoy no era día de manjares, nos vimos cómplices y salimos directo a casa.

Cien aceras después encontramos la entrada al hogar: Desvencijada y decrépita fachada de granito en cuadrángulos exactos, grises y oscuros. Arcadas clasicistas que semejan puertas y rematadas con una imagen del averno, las caras del horror decían los arquitectos medievales. Tres pisos sólidos y altos que le dan a toda la composición un sentimiento sólido y lóbrego a la vez.

Al entrar el sempiterno olor a herrumbre y cansancio de las puertas con dobles herrajes, el pasillo tenebroso y húmedo que desembocaba en el primer patio interno. Adoquines nuevamente grises y añejos hierbajos en las juntas, al fondo una amplia escalera ya ladeada por los años daba paso a los pisos superiores. Tres habitaciones por lado destinadas a usos diferentes que asomaban al pasillo perimetral que con, ahora sí, arcos y piedra de toque cerraban la columnata que se asomaba al patio interior. El segundo patio de tierra, arbustos, rastrojos y árboles leñosos, ahora más una selva descuidada que el hermoso jardín de sus edades tempranas al que se asomaban las habitaciones del fondo que en los extremos eran de servicios, cocina y baño por cada uno de los tres pisos.

Patroclo el único y omnipresente sirviente nos encontró ya asomándonos al tercer piso donde se hallaba nuestra protegida habitación, ventanas clausuradas y humedades eternas eran los primeros indicios de nuestra condición. Echados sobre poltronas decidimos dejar llegar el día con mi mano acariciando su pelo hasta que el amanecer lo convierta en áspero y gris.

***

Eso que somos nos hace caminar la noche como extraños, cuando una mastín y su amo deberían caminar el mundo compartido y vivir sus aventuras unidos por la intensa liga de la fidelidad.


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sábado, diciembre 06, 2008

Si pienso en el pasado (completo)

Si pienso en el pasado, como lo he hecho los últimos tiempos, encuentro que mi relación con la literatura ha sido mucho más profunda de lo que imaginaba.

Recordé, por ejemplo, que ya de niño, encontraba la prosa mucho mejor que la correría, descubrir la habilidad de sobrevivir en Robinson, la eterna infancia de Mowlii, Robin héroe y ladrón, Ivanhoe la religión y la armadura, Tarzán y su infinidad de historias, Sandokan y el heroísmo sublime del pirata, el apacible compañerismo de Watson, las lejanas tierras y el budismo en Shangrilá, la inteligencia y perversidad de Richelieu, la madurez de D’Artagan veinte años después; “Llámame Ismael” el críptico novato en Moby Dick, Tom y Huck traviesos disolutos, los globos, la luna, el mar de Verne y el dulce abandono de las campanas en Víctor Hugo.

En contraste, en el primer momento de necesidad invoqué a la poesía y en uno de sus modos más complejos:

Creer que me amas es locura

Reír contigo es mi ilusión

Insisto, te amo con dulzura

Siempre tendrás mi corazón

Te necesito y tu corazón captura

Interminablemente mi pasión

Nada como nuestra aventura

Aventura que no tuvo conclusión.


Por supuesto nunca llegué a leerlo completo, ya tenía sus brazos alrededor de mi cuello y los besos fueron largos y cariñosos; primera relación de años en  mi corta vida; bellos quince de recuerdos dulces donde nada era finito y el amor era para siempre.

También, en ese momento, con un vocabulario mayor y perspectivas diferentes, me volví hacia adentro; el mundo y los amigos eran simples, no encontraba complejidad en las relaciones personales. Los instintos normales; poder, sexo, dinero realizados de la manera más infame, lo más cercano a un destello de inteligencia era el gusto de ellos por la música popular y en la mayoría de las veces, nunca, la que a mi me encantaba.

Aprendí a relacionarme con profanos, siempre en la frontera del desprecio y de la expulsión, así llegaba el momento de renunciar para cambiar de club, de grupo o de escenario, uno tras otro y sin descanso.

Tengo la disculpa, en los primeros años de la adolescencia que sólo deseaba pertenecer y ser aceptado; otra disculpa, el amor, relegaba mi visión del mundo a la enamorada en turno.

Debo decir ahora, a lo lejos, que no hay solución en ningún momento, te descubres y descubres que tu alma gemela sólo existe en la fantasía; tú fantasía.

Tú que con tus bellos ojos miras

al presente, al pasado y al futuro

y vanagloriada en ti, susurres

el orgullo que sientes cuando yo te miro.

De nuevo resultaba, besos y más besos y los rudos desaparecían en silencio, más de un amor con cuatro versos y una estrofa, cambiaba los ojos de verdes a marrones, de bellos a discretos, de fugaces a brillantes.

Para las bellas de corte feminista, terminaba la discusión en besos, que después de recetarme (ella) redondillas terminaba (yo) con el siguiente verso.

La mujer y su pudor

falso y mal intencionado

que defiende y con ardor,

y desmiente a su amado.

Octosílabos dolientes que de queja y cara enjuta, resultaba en dulce aliño, en pudor roto y ardiente lecho.

Se iniciaba un camino de lujo puro, el indiano de Carpentier, el río en dos aspectos, Gabo y sus cien años y Joyce con el doloso dublinenses; la tenebrosa mirada de Insmouth; el ‘sur’ norteño y su dobleces con la frase de doble resonancia del sonido y la furia; un mundo feliz y 1984, ¿futuristas?; la vida sublime y pérfida del mago de Lublin; las viñas de la ira; ana la rusa; metamorfosis; a sangre fría; Vargas Llosa y los perros; Roa Bastos, el supremo. El recurso del supremo patriarca.

Me alejaba cada día de los demás, los que sabía insufribles y que no miraban más allá de sus narices, alcanzar a ver al menos dos pulgadas frente a sus narices era una afrenta y caminaban como rinos con ceguera; cualquier aviso de error se tomaba como cobardía.

Escribir dudaba, todo tenía que ser siempre tan perfecto, tanto miedo de errar y con frecuencia sucedía, las críticas amigas disparaban veneno  de inseguridad  y envidia. La carrera, el material al cesto sin escala.

El escritor naciente necesita el ego de un Mesías, el abandono de la propia realidad y miedos y descubrir que la ilusión es casi tan aguda como el verbo.

Romántica la Brönte, las Austen, erótico el trópico de Miller, la vuelta de tuerca, el circular Elizondo, el contar historias de Zepeda; las novelas  múltiples, Clea, Justine, Mountolive y Baltazar del griego Durell; la otra Justine del mal portado Sade; la búsqueda de Prust;  la hojalata de Grass: multileídos como Puzo, Wallace y West y por supuesto el Yo, Claudio del helénico Graves.

A la tercera vez, descubrí la prosa cuasi poética de Rulfo, dolor en Faulkner, la palabra brillante del austral Borges, los conejos y la autopista de Cortazar;  Sabines y su coronel papá; Ibargüengoitia y sus relámpagos; Paz, este Paz y su Garro (mejor cuentista que persona; ella y él), laberintos y desamor; Cuesta, Villaurrutía, Novo, Huerta y Pellicer.

Aquí y de improviso se aparecen monjes y fantasmas que de correctos y ordenados me descubren el mundo del sentir, la musa Inés, San Juan, Góngora y Quevedo juntos en la letra y odiándose en la vida. Sonetos que de suerte apenas cumplen la oncena, así catorce veces y consonante entera.

Palabras, casi heráldicas en mi vida, de Quevedo y de sor Juana:

Si me hubieran los miedos sucedido

como me sucedieron los deseos,

los que son llantos hoy fueran trofeos:

¡mirad el ciego error en que he vivido! 

Con mis aumentos propios me he perdido;

las ganancias me fueron devaneos;

consulté a la Fortuna mis empleos,

y en ellos adquirí pena y gemido.

Perdí, con el desprecio y la pobreza,

la paz y el ocio; el sueño, amedrentado,

se fue en esclavitud de la riqueza.

Quedé en poder del oro y del cuidado,

sin ver cuán liberal Naturaleza

da lo que basta al seso no turbado.

Mira Francisco, imagina a un joven (apenas veintitantos) descubrir la ira contenida del fénix y sus palabras colocadas en el lugar exacto para dar el mayor golpe al intelecto.

De las redondillas sin duda las dos mejores:

Parecer quiere el denuedo

de vuestro parecer loco

el niño que pone el coco

y luego le tiene miedo.

¿Qué humor puede ser más raro

que el que, falto de consejo,

él mismo empaña el espejo,

y siente que no esté claro?

De Juana Inés los dos y de su propia exactitud;  no tienen desperdicio.

De nuevo a la prosa y me encontré con el infantil y dulce decir de Asimov, el ánomo de Vance, los libros dolientes de Bradbury,  las dormilonas ovejas de Phil, y Clarke siempre Clarke hasta el 2001; de los valientes detectives; desde el desconcertado viajante de Poe, el amoroso Magritte y el insufrible Poirot, el  duro Marlow de Gardner hasta el durísimo Spade de Hammett; el brinco fue, sin sentir, directo a la Hellman, Pentimento; y al reducto propio de la Wolf.

El anhelo de encontrar mujer versada se golpeaba de frente contra la realidad, a nadie le importaba las letras como tales, eran sólo herramientas de trabajo y de sustento, falta tiempo me decían para gustar del arte sinhonorarios. Salto de encuentro sobre encuentro a mendigar amor a su manera.

En brillante día me encuentro con el sol. Rubio rulo y mente portentosa, alma gemela que de durar más tiempo de auto combustión súbita se hubiese  inmolado; los denarios llegaban por docenas, la vida sonreía sin miedos ni codicia, las luces de los libros eran mejores, habladas con alguien que te amaba siempre, te entendía mejor y te sorprendía con su discurso.

Duró poco y con su muerte fue flamígero; al terminar quede solo, con cara de perplejo, ese día envejecí y ahora, ya decrépito, recuerdo el tiempo del sol y su cohorte como sueño anticipado del dulce paraíso.

A partir de ahí, y sin disculpa, sólo fue mantenerme en el tinglado, estar sin encontrarme, vivir de a poco y tratar de encontrar en el remedo; un poco de calor y un suspiro.

Después se sucedieron en cascada cercanas muertes y dolores, doliente salía y muerte llegaba, de una, de dos y casi la media docena alcanzaba.

Decidí tomarme un descanso de la vida, tomé a Freud, a Fromm y hasta los arquetipos, me concentré en los mundos galileanos, fui a la luna en cohete von brauniano, encontré en el pársec la medida de mi pena.

Me mentí, me escondí y novia tuve, años de amor pequeño y me dejé llevar y hubo certero casamiento, fallé y nunca dije de mi muerte anticipada, del dolor de vivir y desde luego, el amor se convirtió en congoja y al no sentirse bien amada la consorte enfocó sus baterías en la tristeza y la muerte propia no llegaba.

La guadaña se ensañó en los hijos, uno, dos, tres y por milagro no tomo al cuarto ya por último. Esos daños destruyeron piso a piso el edificio conyugal y a los ojos de ella el único culpable era mi abismo. Era cierto.

Otelo, Macbeth, Hamlet, Edipo, tragedias todas, me gustaban, las buscaba; obras obscuras que no encontraban al final un dulce destino y fui a Poe, a Hawthorne, a Magog, a Fausto, a Lovecraft;  siempre regresaba a Lovecraft. Trataba de encontrar algo más lóbrego y descubrí la Historia; nada más triste, mortal y oscuro que la Historia.

Me embarqué en las aguas del cinismo al descubrir América, caminé por las calles de Micenas ya muerta, envenené a un faraón egipcio que pensaba que dios sólo hay uno, destruí por completo el ecosistema en Teotihuacán o fue en la selva Maya o en la isla de Pascua (no recuerdo), abrí la carta que ordenaba matar a cualquier templario que viviese en las inmediaciones, corrí dos culturas de mis tierras por creer que sus dioses no eran buenos, quemé mujeres en la hoguera por el solo hecho de pensar distinto (perdón, de pensar), entré al horno en Auschwitz donde se decía que el trabajo dignifica y sentí los rayos gama de Hiroshima, comí personas en los Andes, maté soldados en Vietnam y tiré la estatua de Saddam en Babilonia.

Era el paraíso: la bajeza, la estulticia reinaban en la Historia y yo con mi talante me alegraba encontrar que los demás sufrían en todas las edades de la tierra.

No podía seguir así, tome dos caminos: el primero, leer más a Neruda, Benedetti, de nuevo a Sabines, encontrar amor en Dante, en los tiempos del cólera; y segundo, entrar en terapia que fue la decisión más difícil de todas, me dejo sin oportunidad de seguir sufriendo sin sentir y sin sentido.

El resultado fue un duro divorcio y un amado hijo al que ahora le puedo contar mis experiencias, sufrirá un poco pero al final amoroso queda.

De nuevo encuentro belleza y la disfruto, encuentro cariño y me entrego,en ocasiones disoluto, doy y recibo que es la marea del alma y del amor; cambio espejos brillantes por sonrisas cálidas.

Busco amor, de todo me burlo un poco e invoco a los eternos:

‘He cometido el peor de los pecados que un hombre puede cometer. No he sido feliz…’    (seudo Borges).

‘Pues bien, yo necesito decirte que te quiero, decirte que te adoro…’ (Acuña).

 ‘Puedo escribir los versos más tristes esta noche, escribir, por ejemplo, la noche está estrellada y…’ (Neruda).

‘O sea, resumiendo estoy jodido y radiante, quizá más lo primero que lo segundo y también, viceversa…’ (Benedetti).

Pasan los años, lentos y clementes.

Amores como torrentes tumultuosos o como meandros suaves que endulzan el sentido; son exactos empiezan y terminan justo en su momento.

Me encuentro divertido y lo muestro en el discurso:


Me devolví a la vida y al estudio, reencuentro a Faulkner, a la arena y al viejo con Hemingway, disfruto el dulce café y el callejón de Mahfuz,  retomo a Huxley,  a Rulfo y a Arreola, duermo con historias de Taibo II, Borges me conmueve, Cortázar me deslumbra, Jardiel me desternilla, hay nuevas y nuevas historias, todas las posibles las encontraré y las que no. ¿Acaso, el tiempo es infinito? No, el tiempo pasa. ‘As time goes by; the world will always welcome lovers, as time goes

by’.

Otro día escribiré de mi afición al cine y a la música.

Escribir desde dentro y sin reparos, me encuentro solo pero no en el desamparo y garabateo prosa y versos que de ser, son de  humor escéptico, amor de dentro y risa intrigante y misteriosa; descubro que el camino fue difícil y escarpado y ahora de bajada la planicie es bella, verde y luminosa.


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