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Somos nuestra memoria, somos ese quimérico museo de formas inconstantes, ese montón de espejos rotos. Jorge Luis Borges
Mercurio vuela apenas por encima de la grama que separa los carriles de ida y vuelta, vuela cada viernes al local que vende aviones miniatura, o al comercio que tiene dulces a granel, con el botín atesorado vuelve sus pasos, siempre en el centro, hacia el portón de cristal que le dará resguardo.
El vestíbulo es azul y la pileta triangular recibe galletas en pedazos que alimentan a los peces naranjas con ojos saltones, vuela ahora por lozas calcáreas con diminutos fósiles jurásicos hasta la escala que en espiral, sube los cinco pisos del Olimpo, sube sin tocar los escalones, casi sin ruido, y sigiloso pasa frente a su hogar numerado con el nueve en la segunda planta; continúa hasta la cima, el dieciocho, un penthouse que abarca casi la entera superficie del edificio.
— ¿Están Eros o Diana?—pregunta a Pétrea la mujer de servicio.
— ¡Hola joven Mercurio! Los jóvenes no están, sólo la señora que se está bañando.
—Déjame tocar la espada, por favor—suplicó y Pétrea le franqueo la entrada.
Sube en silencio los cinco peldaños que separan el estudio de la estancia principal, Herostates colecciona arte y objetos orientales entre los que destaca una katana del siglo XVI, sostenida la vaina apenas por un soporte de madera, la espada curva parece más un arco que una hoja, el mango rematado en cuero oscuro está ahí para ser tomado y permitir desenfundar la mortal arma.
El silencio se rompe con pasos en la estancia, su pequeño tamaño, apenas nueve años, le permite colocarse detrás del biombo decorado con caligrafías japonesas justo antes de escuchar el crujido del maderamen de los escalones que dan acceso al estudio prohibido.
Afrodita, la madre de sus amigos, aún húmeda se planta al centro de la habitación y se mira en el gran espejo de la pared contraria. Ensimismada, deja caer la bata de seda y se enfrenta dichosa con su imagen. Del cabello se desploman algunas gotas en dos sentidos, por el frente bajan con lentitud hacia los senos, detienen su paso un poco en la rugosa aureola y se cuelgan, desesperadas, en el pezón erecto, para despeñarse por fin y desintegrarse en la cálida duela. Por detrás, ruedan sigilosas por los hombros y forman un riachuelo justo en el centro de la espalda para hundirse en el profundo cañón que forman sus redondas nalgas, se sostienen, por último, en los ensortijados rizos para unirse por fin en el piso con sus hermanas.
Mercurio, ambivalente, siente terror y frío que recorre la espalda y un agradable calor que surge desde el centro de su vientre. Ve llenarse gota a gota el charco a los pies de Afrodita, ve sus dos caras, su dorso a unos metros y su frente reflejado en el espejo, ve la piel que se eriza, ve el movimiento acompasado del vientre, ve las manos que se acercan al sexo y a los senos, ve el cambio del hálito, ve la contracción involuntaria de los músculos de las piernas, de la espalda, escucha atento. La violencia de su mente aumenta la presión de sus manos en la bolsa, de papel barato, que envuelve su tesoro. Ella cede y se desfonda. Un río de caramelos redondos y multicolores se esparce a los pies de la mujer.
— ¡Mercurio!—susurra Afrodita sorprendida y sonriendo se reclina y toma un caramelo rojo que ha quedado justo en el centro del charco. Lo lleva a su boca y lo degusta.
Mercurio vuela apenas por encima de la duela, vuela más llevado por la mano en su barbilla, se acercan las bocas, se tocan y el caramelo ha sido intercambiado con un hábil movimiento de la lengua; con este acto, como soplo divino, Mercurio adquiere audacia, inteligencia y vuelo.
— ¡He llegado!—suena la voz adulta y potente de Herostates. Con movimientos lentos y deliberados Afrodita, aún con la mano en la barbilla, arroja al niño al vacío.
Mercurio vuela lento, busca tres pisos más abajo, la ventana abierta de su cuarto, entra, llega a su cama y desciende. Termina el caramelo y feliz piensa en el futuro.
Pintura de Eduardo Anievas Cortines; -4- Remembrance...of you, in a mirror.
Triste sentimiento es aceptarse adicto a una sustancia que maltrata el alma, más triste cuando el motivo de la adicción es una persona; dolorosa y sacrificada pulsión cuando alejarse es imposible, esa angustia que duele con su falta y duele más con su presencia.
– ¡Hoy no me has dicho que me quieres! – dice el motivo del sufrimiento y no atino a contestar. No tengo una respuesta fácil, la relatividad del verbo hará que mis respuestas sean malinterpretadas.
– ¡Me rompes el corazón! – y cada frase me adhiere a ella con mayor fuerza. Esta cohesión de nuestras pieles, cuando el silencio soluciona los conflictos, impide la separación, o le evita, por nuestro temor al dolor de la ausencia. La humedad que nos aprisiona es una cárcel de caricias, sexo y besos hasta que buscamos el lenguaje para interpretarla.
– Tu silencio me dice que me odias – y es cierto.
– ¿En quién piensas cuando nos besamos? – me dices y no encuentro las palabras justas para evitar que pienses que te miento.
– ¡En nadie! – atino a decir antes que tu rabia te aparte de la cama y te lleve al baño donde las aguas de tus ojos son mayores que el diluvio y se confunden con las de la ducha donde frotas con rabia los rastros ficticios de mi indecencia.
Sales como Venus y tu sonrisa demuestra que todo tu dolor y asco se ha ido por la alcantarilla. Me besas y la reconciliación es el combustible de esta adicción malsana, me besas y olvido el dolor y me entrego al placer que me proporciona tu aroma, olor de mujer que amo, de hembra dolorosa y doliente que acerca el cielo aunque vivir así sea un infierno.
– Tu eres de Marte – me dices y yo no alcanzo a recordar el nombre de tu planeta porque la incertidumbre aprieta mi garganta, esperas respuesta y al no obtenerla presumes palabras insolentes – no soy estúpida, sé que algo escondes en tu silencio – trato de replicar y sólo sale un murmullo ininteligible – ¡Ves, ves como me tratas como retrasada mental! – y callo, callo cobardemente, donde cada palabra que no pronuncio se acumula en mi memoria y sé que saldrá algún día. Callar se vuelve una mala costumbre, diferente al hábito malsano que nos une, que terminará en el momento que el dique se rompa; y ya no me queden dedos para tapar las filtraciones.
– Te amo, hombrecito, sin ti me moriría – es el monólogo del día – yo también – digo con voz pequeña – ¡yo también... yo también suena falso! ¡lo dices simplemente por decirlo! – y vuelvo al silencio.
Pasan meses, años; mi cuerpo se consume y debilita, las dolencias aparecen y hieren más la carne. Con la mirada hacia el piso mi espalda se ha vuelto contrahecha, mi cabello antes largo es ahora corto, seco y deslucido, todo mi cuerpo reclama paz.
Hasta que un día con fuego en los ojos me dices – ¡No puedo más! ¡Vivir así es un infierno! Mi sicóloga dice que la pasividad y el silencio también son violencia. Te lo diré de frente (como siempre), he encontrado a alguien que me entiende y me voy. No puedo sufrir más, no lo merezco. ¡Te dejo! ¡Adiós!
El camión de mudanza dobla la esquina, ¡me muero!, giro sobre mis talones y entro a mi casa, ¿mi casa?, recorro con dolor y tristeza, palmo a palmo, la soledad, los cuartos, los lugares... En el cuarto de visitas encuentro la cama individual que ha sido mi lecho en incontables ocasiones, ahora es la única cama de la morada, me derrumbo y trato de dormir.
Han pasado diez meses, mi espalda ha vuelto a ser recta, mi cabello recupera día a día su largo y su brillo, la paz me ha devuelto la salud. Cuando una parte del cuerpo está gangrenada, afecta a todo el ser, emite olores repugnantes, duele, atormenta y sólo el temor retrasa lo inevitable. Amputar es la solución.
– Soy Ramón y soy amputado.
– ¡Bienvenido! – me dicen los amigos, mis iguales; mi alma y mi cuerpo están ahora en el lugar correcto.
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– Tenemos llagas – dijo Llanes.
– Son sólo pequeñas irritaciones – acotó el doctor.
Así casi termina la terrible peregrinación de Llanes, el barquero, a través de las laberínticas profundidades del servicio médico gubernamental de la empresa que maneja el petróleo de todos.
Llanes es un capitán de barca, en ella deambula por los humedales de Campeche en el Golfo de México. Su trabajo es encontrar bancos de jaibas que perviven en las aguas salobres de los manglares. Su barca, alta de proa, apenas se sumerge unos cuantos centímetros en las aguas someras y le permite acercarse a los crustáceos que habitan la zona entre mareas. Con sus dos tripulantes, Racine y Moliere, deambula por la selva acuática para recolectar de las trampas y de sus propios criaderos la pesca que les dará el dinero suficiente para sus básicas necesidades.
La comida no es problema, se obtiene del mar y de la pródiga tierra; la casa hecha de forma tradicional, adobe blanqueado con cal de forma elíptica y con techo de dos aguas de palma seca donde la arista orientada hacia la playa permite el paso del ventarrón sin ofrecer casi resistencia. Los servicios, desde la llegada de los petroleros, son el verdadero problema; agua potable, alcohol y esparcimiento doblaron su costo desde su arribo.
Para solventarlos cada día debe llevar al menos doscientas jaibas a Don Jerázimo, el cacique del pueblo, que envía crustáceos, caracoles y cefalópodos a los hoteles de
Una de las ventajas del arribo de los fuereños, como contraprestación exigida por Jerázimo, es el servicio médico proporcionado por la empresa, como toda gran estructura burocrática los encargados de prestarla son displicentes y anodinos; llegar al hospital refulgente y solicitar un servicio es un calvario que los moradores de Izta-mal están dispuestos a aceptar por la gratuidad de los servicios.
A lo lejos, a unos siete kilómetros, Llanes observaba a diario el perfil de las plataformas de extracción, los mecheros queman gas las veinticuatro horas y los derrames de crudo se vuelven habituales.
Los hombres encargados de solucionar estos errores que invariablemente llagan a la playa visten ropas naranjas y vierten en las nervosidades de los mangles sustancias que permiten mantener una apariencia de sanidad en la región.
Después de un derrame mayor a lo normal Llanes se acercó con su barca a la zona de trampas, la zona había sido acordonada por los barcos rugientes de los ‘naranjas’ unos días antes y había perdido la cuota de jaibas dos días seguidos: Al desaparecer los barcos de limpieza se acerco para comprobar el tamaño de su pérdida, Racine y Moliere se zambulleron para recolectar a la presa, para ayudarles Llanes bajo de la barca y quedó con el agua al pecho durante las maniobras de carga y muy poco tiempo después la cuota del día estaba completa. Contentos con su carga enfilaron al puerto apenas cinco minutos antes de las diez de la mañana.
Con la mano firme en el timón y los motores a media marcha, Llanes pensaba que al llegar al puerto se dirigiría a la nueva cantina, abierta apenas hacía dos semanas, para tomar unas cervezas y disfrutar la vista de la mesera recién contratada, una pequeña morena de curvas suaves y pelo ensortijado con la sublime cualidad de caminar como bailarina.
Los ahijados y él comenzaron a enfermar aún antes de llegar a puerto, la comezón y el prurito enrojecía sus pieles curtidas por el sol, la boca tenía un sabor amargo, desagradable, los mareos y la fiebre llegaban a intervalos constantes.
Al desembarcar fueron, casi corrieron a la clínica de de los petroleros; su calvario comenzó casi al llegar, los trasladaron a una habitación blanca y pulcra donde dos enfermeras con trajes naranjas revisaron sus signos y les colocaron una intravenosa con suero, un suero como nunca habían visto de color ámbar que quemaba sus adentros. Ahí perdió a sus tripulantes, los colocaron en cámaras aisladas por casi veinte días, los médicos y las enfermeras ataviados de naranja no hablaban, sólo le infringían atrocidades horribles y dolorosas.
Llanes gritaba a todos que tenía que navegar, que este tiempo, perdido para él, era el mayor que había pasado en tierra firme desde su niñez, que necesitaba trabajar para ganar el sustento, que requería el aire marino, salobre y fresco; ninguna súplica funcionó.
El día veinticinco, lleno de úlceras que ya no supuraban, le permitieron salir, sus ropas limpias y con olor a desinfectante le raspaban sobre el cuerpo magullado.
Un médico, alto y de apariencia citadina lo sentó frente a un escritorio, llevaba guantes, le explico que había sufrido de una enfermedad tropical que se pensaba erradicada, que la irritación de la piel se quitaría en dos semanas, que no podría navegar ni tener contactos sexuales durante ese periodo, que la empresa sabiendo de sus necesidades le entregaría al salir (y después de firmar una carta donde aceptaba el buen cuidado médico y las causas de su enfermedad) un sobre con una suma igual a seis meses de sus ingresos por la pesca. Llanes lleno de preguntas trataba de interrumpir el monólogo prefabricado del galeno, fue imposible lo único que pudo balbucear fue:
– Tenemos llagas.
– Son sólo pequeñas irritaciones – acotó el doctor.
– ¿Pero por qué salen? – increpó el capitán.
– ¡Por qué sí! – dijo el coludido para terminar la discusión.
Al salir encontró a Racine y a Moliere con risas extasiadas abrazando el sobre de los dineros. Caminaron sobre la calle principal y entraron sin miramientos a la nueva cantina y no se les volvió a ver en varios días.
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Es un hecho científico que justo después de las dos y hasta las cuatro de la mañana el peligro de sufrir un accidente o ser lastimado por asaltantes o por la simple maldad se incrementa en grandes proporciones, a este lapso se le denomina ‘la hora del lobo’. No sé si se deba a los ritmos circadianos que hemos maltrecho con la vida moderna o si la cantidad de personas que viven en las grandes urbes permite que existan diferentes tipos de individuos en diferentes tipos de horarios o si la gran cantidad de mitos relacionados con la perversidad provengan de estos incidentes nocturnos, el hecho es que ‘la hora del lobo’ afecta a un gran número de personas diurnas que se atreven a forzar su horario y deambulan por las calles con un letrero de ‘victima’ en la espalda.
Los nocturnos somos simples de localizar y nuestro apetito se ve colmado con mucho menos de lo que las leyendas urbanas han hecho creer. Somos muchos y de diferentes tipos, los hay que se alimentan del miedo, de las emanaciones alcohólicas, de la risa o de las lágrimas, los vampiros no necesitamos sangre sino energía y los más animosos, por los que la ‘hora’ lleva su nombre, solo necesitan compañía como todo can que se respete, el resto necesita aún menos.
Los nocturnos nos encontramos en bares y clubes donde aparentamos no reconocernos y nos alimentamos de los sutiles efluvios que nos proporcionan los diurnos trasnochados; en la actualidad es mucho más fácil para nosotros mantener nuestra dieta ya que las grandes ciudades apenas duermen y las modas mundiales se ceban en lo que los diurnos piensan de nuestra estirpe. Así vemos pasar por la noche a grandes cantidades de personas que se creen nocturnos por el solo hecho de vestirse de negro o de utilizar artículos con estoperoles o pantalones estrechos y emotivos. Todos ellos han cambiado sus hábitos de sueño y aparecen en horas que deberían ser de descanso. Eso facilita las cosas.
***
El bar de moda todo aluminio y madera formada al calor, sobre la barra cristalina, casi acostado, sostengo mi Bloody Mary que me oculta y me permite observar a los personajes que entran y salen de mi amplio campo de visión. Mesas estrechas y con bancos altos, meseras con falditas de colegio y bombachas con holanes que vibran al compás de sus pasos, espejos difuminados por pátinas metálicas y, para mi desgracia, falta total del humo de cigarro que le daba el toque apacible y difuso a los bares del pasado.
Entra Romina y provoca un impass, un rasguño en la continuidad del espacio-tiempo, las miradas atraídas como por un imán, la tocan, la acarician. Conciente de su poder camina despacio y segura sobre tacones de seis pulgadas; pantalones azules de mezclilla, entallados y que no ocultan la longitud de sus piernas; abrigo con cuello y puños de piel blanquísima que destaca el tono durazno de su piel, cabellera gris, casi azabache y ojos, ojos como nunca he visto, sibilinos, quiméricos, amarillos.
Deja la bolsa y el abrigo que juntos representan más de lo que un honesto trabajador promedio puede ganar en mucho tiempo y que con el ámbar, del mismo color de su mirada, engarzado en el collar de platino podrían salvar la economía de un pequeño país. Sus caderas, sólo un poco más estrechas de lo deseable, sus piernas y sus brazos atléticos, dan noticia cierta de su vigorexia profunda. Recorre el lugar y sus pechos enhiestos y certeros apuntan hacia el cielo con seguridad y amedrentan con su exactitud a más de uno de los parroquianos que desvían la vista intimidados por su presencia.
Encuentra un lugar a mi lado y saluda fría y displicente – Hola Ash, ¿no hay más nocturnos por aquí?
– No, sólo nosotros.
– La noche no se ve prometedora.
– No, tendremos que irnos a dormir con hambre – dije. Aunque en realidad, como en cualquier tipo de pesca, si el pescador no está realmente hambriento, prefiere los mejores manjares o las piezas más suculentas. Este era el caso, ambos navegábamos esta agua con bandera de anhelo a pesar de estar ya satisfechos y la multitud de opciones sólo despertaban nuestro hartazgo. Hoy no era día de manjares, nos vimos cómplices y salimos directo a casa.
Cien aceras después encontramos la entrada al hogar: Desvencijada y decrépita fachada de granito en cuadrángulos exactos, grises y oscuros. Arcadas clasicistas que semejan puertas y rematadas con una imagen del averno, las caras del horror decían los arquitectos medievales. Tres pisos sólidos y altos que le dan a toda la composición un sentimiento sólido y lóbrego a la vez.
Al entrar el sempiterno olor a herrumbre y cansancio de las puertas con dobles herrajes, el pasillo tenebroso y húmedo que desembocaba en el primer patio interno. Adoquines nuevamente grises y añejos hierbajos en las juntas, al fondo una amplia escalera ya ladeada por los años daba paso a los pisos superiores. Tres habitaciones por lado destinadas a usos diferentes que asomaban al pasillo perimetral que con, ahora sí, arcos y piedra de toque cerraban la columnata que se asomaba al patio interior. El segundo patio de tierra, arbustos, rastrojos y árboles leñosos, ahora más una selva descuidada que el hermoso jardín de sus edades tempranas al que se asomaban las habitaciones del fondo que en los extremos eran de servicios, cocina y baño por cada uno de los tres pisos.
Patroclo el único y omnipresente sirviente nos encontró ya asomándonos al tercer piso donde se hallaba nuestra protegida habitación, ventanas clausuradas y humedades eternas eran los primeros indicios de nuestra condición. Echados sobre poltronas decidimos dejar llegar el día con mi mano acariciando su pelo hasta que el amanecer lo convierta en áspero y gris.
***
Eso que somos nos hace caminar la noche como extraños, cuando una mastín y su amo deberían caminar el mundo compartido y vivir sus aventuras unidos por la intensa liga de la fidelidad.
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Si pienso en el pasado, como lo he hecho los últimos tiempos, encuentro que mi relación con la literatura ha sido mucho más profunda de lo que imaginaba.
Insisto, te amo con dulzura
Siempre tendrás mi corazón
Te necesito y tu corazón captura
Interminablemente mi pasión
Nada como nuestra aventura
Aventura que no tuvo conclusión.
Aprendí a relacionarme con profanos, siempre en la frontera del desprecio y de la expulsión, así llegaba el momento de renunciar para cambiar de club, de grupo o de escenario, uno tras otro y sin descanso.
al presente, al pasado y al futuro
y vanagloriada en ti, susurres
el orgullo que sientes cuando yo te miro.
que defiende y con ardor,
y desmiente a su amado.
como me sucedieron los deseos,
los que son llantos hoy fueran trofeos:
¡mirad el ciego error en que he vivido!
Con mis aumentos propios me he perdido;
las ganancias me fueron devaneos;
consulté a la Fortuna mis empleos,
y en ellos adquirí pena y gemido.
la paz y el ocio; el sueño, amedrentado,
se fue en esclavitud de la riqueza.
sin ver cuán liberal Naturaleza
da lo que basta al seso no turbado.
de vuestro parecer loco
el niño que pone el coco
y luego le tiene miedo.
que el que, falto de consejo,
él mismo empaña el espejo,
y siente que no esté claro?
De nuevo a la prosa y me encontré con el infantil y dulce decir de Asimov, el ánomo de Vance, los libros dolientes de Bradbury, las dormilonas ovejas de Phil, y Clarke siempre Clarke hasta el 2001; de los valientes detectives; desde el desconcertado viajante de Poe, el amoroso Magritte y el insufrible Poirot, el duro Marlow de Gardner hasta el durísimo Spade de Hammett; el brinco fue, sin sentir, directo a
Después se sucedieron en cascada cercanas muertes y dolores, doliente salía y muerte llegaba, de una, de dos y casi la media docena alcanzaba.
La guadaña se ensañó en los hijos, uno, dos, tres y por milagro no tomo al cuarto ya por último. Esos daños destruyeron piso a piso el edificio conyugal y a los ojos de ella el único culpable era mi abismo. Era cierto.
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