Somos nuestra memoria, somos ese quimérico museo de formas inconstantes, ese montón de espejos rotos. Jorge Luis Borges
miércoles, abril 14, 2010
El sentido de la vida
miércoles, julio 18, 2007
Soy.
x
Escribí este texto ya hace algunas semanas y pensé varias veces en pegarlo al blog, me detenía un poco de prudencia y de timidez ante lo abrupto de mi discurso sobre un tema que siempre es polémico. Hoy, después de las noticias de la semana sobre el juicio a los sacerdotes pederastas en los Estados Unidos y el desprecio total a las instituciones de justicia de los prelados católicos, (llámese cardenal mahoney, o algo así, y el cardenal mexicano, de cuyo nombre no quiero acordarme) que prefirieron pagar (del propio dinero de la congregación, o de la santa sede, [no puedo dejar de hacer un juego de palabras: “la santa cede”]) una cantidad obscena de dólares para evitarse la pena de declarar ante un jurado. El precio me parece adecuado, son algo así como 666 millones de diabólares. Sé que no es la cantidad exacta pero hacer referencia del número que nos lleva a la edad primera del catolicismo, de el uso de esa cifra para nombrar al “mal” y de las relaciones que se ejercen a través de los siglos para demostrar que no hemos cambiado nada (para ser asertivos diré: muy poco) desde los inicios de está religión con excepción de que en esos inicios el “mal” se encontraba afuera y ahora está adentro de ella.
Vaya pues este texto mío que ahora parece totalmente suave y benevolente.
Soy
Soy absolutamente ateo y totalmente anticlerical pero lo más difícil, decidí hace mucho tiempo no intentar convencer a nadie de acompañarme en esta búsqueda hacia la nada.
Admiro profundamente a las personas que con conocimiento de causa prefieren anteponer su fe, su creencia a las vicisitudes de la razón. Admiro más por cierto a los que han intentado incrementar el conocimiento que tienen de su fe y han realizado un viaje (parecido al mío) para alcanzar esa certeza. Aunque nuestros caminos sean divergentes.
A los que no admiro son a los que requieren del dogma para minimizar a sus congéneres, para radicalizar una posición sólo con el argumento de que es dicho por la iglesia o por un docto doctor o por un iniciado o por un maestro emérito o por un simple licenciado (el caso es que no soporto a las personas con ideas de otros y solamente ideas de otros), en el caso católico por el papa, en otros casos por las personas que detentan el poder religioso. A los que el solo hecho de pertenecer a una congregación les confiere la potestad de proliferar e instigar a la comunidad a la “verdad”.
Soy profundamente ateo y no respeto a los personajes que anteponen sus gracias o desgracias a dios por encima de sus merecimientos o carencias, la posición de dios y su deseo es siempre la excusa de sus bienes y sus desdenes. No respeto a la acendrada moral que elimina la decisión personal y donde el libre albedrío solo es correcto si sigue las directrices desarrolladas por el dogma en curso, aunque este sea totalmente diferente al dogma milenario.
Soy totalmente anticlerical (en este caso si católico) porque veo en ese aparato manipulador a muchos de los males que engendran a la sociedad occidental moderna, la total falta de claridad y sujeción ante el poder, su ceguera insensata hacia los grandes perjuicios que ocasionan sus prelados atacando sin cuartel a niños desarmados y refugiándose luego bajo la sotana del cardenal cercano, que en aras del “bien” eclesiástico los oculta y los ayuda para evitar su merecido castigo.
Refreno mis ansias de proferir aquí ofensas en contra del anciano marcial y decrépito al que sólo se aleja de los “usos” de la iglesia cuando no sólo es un animal masieliento, de bajas costumbres e inconfeso sino que hay testimonios de hombres probos que lo desenmascaran y relatan sus desventuras cuando utilizó su posición de mentor para abusar de ellos. Y la institución papal lo aclama como protector de la fe.
Prefiero, entonces mantener este estado de ateísmo anticlerical para defender mi alma, esa de la que las religiones se creen poseedoras, alejada de su abulia y su doble moral, para así; en un final de doble giro (como las hélices del ADN) redescubrir por último que la ausencia de dios (de deidad, de primer motor, de energía creadora, de cuantos energéticos) te lleva irremediablemente a la luz, a la iluminación y que tu alma emerge del pozo mal oliente de esa desechada religión sin mácula y dispuesta a encontrar mejores y más fructíferos caminos.
domingo, junio 17, 2007
El baño.
El baño, la regadera en específico, es y ha sido un vínculo para mi estructura de vida. Es en el lugar donde dilucido grandes temas, no sé si el agua salpicando sobre la piel, el sonido que hace contra las cortinas plásticas o el desenfadado vapor que humedece mis vías respiratorias provocan un estado de conciencia alterada que me permite verme, en muchas ocasiones por fuera de mí. Como alma llevada hacia fuera por míticos personajes, como resultado de meditación oriental profunda, como desdoblamiento onírico astral, etc. Fuera de mi.
Por otro lado, las palabras, por el sólo hecho de serlo, me gustan más o me disgustan menos y tengo las consideradas preferidas.
Perogrullo es una de ellas, y al entrar a la regadera venía acompañándome silenciosa desde una lectura anterior que la refería, nada amablemente, en relación a los políticos, Perogrullo puede parecer despectiva o agresiva pero es desde luego una de las mejores palabras del diccionario.
En adición, y ya en ese estado de meditación lúdica que representa el baño, me saltó (como saltan los gatos cazadores sobre su presa) otra querida palabra:
Tautología, para retarme (otorgándole, a la palabra, cierto animismo estrafalario) a explicar por qué: la primera de forma despectiva y la segunda de manera culterana, significan casi lo mismo.
Perogrullo:
Verdad o certeza que, por notoriamente sabida, es necedad o simpleza el decirla.
Tautología:
Repetición inútil y viciosa. Despectiva
Repetición de un mismo pensamiento expresado de distintas maneras
En ciencia: verdad evidente por sí misma.
Que se utiliza como argumento inicial de una demostración matemática o lógica.
Así dicho, descubro (en el baño) que todo esto que he dicho es o un Perogrullo o una tautología, lo que nos lleva a concluir que los pensamientos suscitados en la regadera son (en el mejor de los casos) circulares y no extracorpóreos. ¿Perogrullo de nuevo? ¿Tautología?
viernes, mayo 18, 2007
Al amanecer.
la temprana claridad ya vence al sueño
el recuerdo de tus labios amorosos
se presenta en el desgarro de la noche
el día que duele, evita desatinos
el hábito de sabanas, reproches
la ruda sensación como de abrojos
que se hunde en ti, en los despojos
y el inicio del placer se desbarata
al tocar el brillo del sol niño
que su calor sin ti se torna frío
y su llama ante ti se vuelve sombra
la opacidad del astro y tu faz clara
se transponen así lógico sueño
del duro despertar en la negrura
que mi carne percibe del empeño
martes, diciembre 12, 2006
La vida nos acaece.
Escuchaba en días pasados, grandes y numerosas teorías sobre el dolor, la enfermedad y la muerte.
Cual es la culpa del enfermo si la morbidez lo ataca, lo desintegra. Como descubrir en la consciencia la culpa híbrida del dolor, de la garra dolosa de la muerte.
La hay donde todo el peso de la propia enfermedad, o muerte, recae en la conciencia personal, en la incapacidad de darle salida a todo el cúmulo de emociones que nos afectan cada día.
Se habla del inconciente que produce cambios físicos, que afecta el soma, que revierte los procesos y los descontrola. De cómo el pensamiento, hasta del que no somos conscientes, afecta duramente el cuerpo, lo desarma y lo castiga.
Se habla del alma, de sus innumerables condiciones, sus pasados y sus futuros, los más avezados encuentran en el cuerpo sólo el guante, el cobertor, perdón, la cubierta del alma o el espíritu.
Una gran discordia para definir correctamente ambas, el alma y el espíritu, una gran discordia en la que hasta el momento no encuentro ganador. Los hay desmedidos, los hay trashumantes y todos desafiantes.
Se habla de Dios, de religión y de creencias, algunas desdeñadas y pasadas y otras presentes y actuantes. Del ser castigador de los primeros tiempos, del amoroso padre que cuida a sus hijos, del cuidadoso pastor que salva a sus ovejas. Entonces la pregunta lógica. ¿De dónde emergen las enfermedades y la muerte? ¿Se castiga al indefenso?
Si descubrimos con mirada atónita el tamaño inalcanzable del universo descubrimos rudamente que el trabajo del creador es extensísimo y de escalas colosales y preguntamos de nuevo.
¿Es el creador un niño de doce años ante los hombres-hormigas y el universo-hormiguero? Y en sus bolsas, como todo niño, hay lentes, pinzas y cerillos. ¿Se divertirá con ellas?
Se habla de vidas repetidas, de haber dejado en el camino anterior hilos y nudos sin amarres claros, desidias y defectos que quedaron inconclusos y, que para nuestra desgracia o aprendizaje, tenemos que repetir hasta que nos salga bien. El devenir de las almas. El kindergarden de las vidas, el “vuelve hacer diez planas” hasta que sea perfecto. Hasta existe una palabra para definir nuestras reprobadas vidas: Karma.
Se habla de la ciencia, del ADN, de la grandeza y pobreza de las células, del bioquímico paso del cuerpo hacia la enfermedad, se dice que los ácidos nucleicos se descomponen, se rompen, se descosen y las células hijas de estos ácidos crecerán descontroladamente.
Que las membranas avariciosas de las células se tornan reacias y endurecidas y ya no permiten el correcto crecimiento.
Se habla de la entropía, del paso de cualquier sistema en movimiento hacia la descomposición, al desorden, hacia el caos. Como consecuencia directa de su propio accionar, de su desvelo por hacer las cosas bien, de su despertar y moverse día con día. No existe maquinaria que no requiera ajuste, aceite o combustible y todas sin excepción se descomponen.
Es todo eso, lo anterior, y más; casi todo lo que se crea o se imagine, se piense o se adivine, se perciba o se descrea, pero falta algo. Algo que parece tan sencillo.
Si no, porque algún auto nuevo se descompone de inmediato, un niño que sale a la calle, corre y sobrevive o una anciana que cruza la avenida y, contra toda lógica, la atraviesa.
El azar, esa divina moneda que al final decide nuestra suerte.
Lo que hace que cada continente, que cada ser, que cada etéreo, encuentren las respuestas apropiadas a sus propios credos, a sus interiores desazones, a su propia visión de la vida y de la muerte.
Y todo eso queda reducido a una simple frase.
La vida nos acaece, simplemente, nos acaece.
ah
Recuérdame tus defectos.
Las cartas y su lectura reducen la animosidad y uno entiende la vieja costumbre de, en un inicio, cartearse (hasta para casarse).
En los siglos pasados el amor y la amistad se fincaban y se afianzaban con la escritura, uno podía disimular, pero una descripción bucólica nos descubre.
Los vicios, los prejuicios y la inteligencia se muestran desnudos en la letra, nadie puede llamarse letrado sin escribir un párrafo de manera coherente a menos que lo compre, recordemos a Cyrano.
La era moderna, extrañamente, ha redescubierto el viejo arte epistolar, ahora llamado correo electrónico, se envían millones diariamente y la mayoría comprueban el abandono (o el paso sin pena ni gloria) de las aulas de estos mismos millones de seres humanos.
¿Cómo entenderse si se carece de la herramienta fundamental del pensamiento?
¿Cómo entender al otro?
¿Cómo sentir?
¿Cómo amar?
Por el lenguaje.
Describir a algo o a alguien se vuelve una acción imposible si no conocemos un poco el lenguaje. Colocar un adjetivo se convierte en irrealizable, sólo conocemos bueno y malo, blanco y negro, amor y odio, dolor y alegría. Caminamos por la vida de extremo a extremo. Ahí no hay placer.
Pensar en algo se vuelve un desatino, un dolor inmenso, porque nuestra mente no encuentra palabras que definan nuestros sentimientos, nuestros desvelos, nuestras muertes.
Sentir algo se vuelve doloroso ya que no entendemos el motivo de congoja, no nombramos al dolor, no lo descubrimos, lo enterramos en el fondo del cuerpo, para que se pudra, porque no lo entendemos, porque no le ponemos nombre. No lo nombramos.
El placer se convierte en sólido cuando podemos agregarle a la sensación más de dos adjetivos. La vida se saborea si damos al sabor connotaciones lúdicas, al olor tiernos matices y sutiles encantos, a la vista multiplicación de grises y una gama inmensa de colores. Al amor y al sexo, que es lo mismo (si lo pensamos profundo y con multitud de adjetivos), coloridas perversiones. Sólo así podemos llamarnos hedonistas.
Leo, escribo, hablo y pienso, luego existo.
No sólo homo sapiens, también homo parlante, homo escribiente, homo consciente.
Así al intercambiar correos podemos pedirle amablemente a la contraparte, recuérdame tus defectos yo te escribo los míos.
Y hacerlo de manera que esa contraparte entienda, el corazón de la frase pero, también, que esté salpicada de dulces, picantes, destellantes, amables y amorosos adjetivos.
Que descubra con estas preclaras, a veces, y sutiles palabras lo más recóndito de nuestro pensamiento, de nuestro corazón, de nuestro amor.
Que si nos equivocamos, nos equivoquemos con estilo, con alma bien definida, con amistad colorida, con bonhomía.
Y así, nadie que haya visto hacia adentro podrá, si ha sido sincero, lastimar con impudicia.
Por eso y para eso el arte epistolar vuelve, amorosamente, con más y mayor fuerza.
Encarguémonos de cultivarlo y hacerlo entrañable.
ah