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domingo, septiembre 21, 2008

Microbiología

Corrían los años anteriores al error, la vida era difícil pero no como llegó a ser después. Justo a la mitad de mi tercera década, la posición que disfrutaba en el trabajo era óptima (promovido a una dirección administrativa y con un paquete accionario que me convertía en uno de los tres socios) y las mieles del éxito comenzaban a tocarme.

 Era viernes y la llegada de un proveedor que venía de una ciudad de occidente nos atrasaba la salida.

 ▬ Sr. Moreno los saldos y los descuentos de su cuenta ya están completos. ¿Desea otra cosa?  ▬ Le dije al proveedor rodeado del Director General y el Director de Ventas. Por cierto, los otros dos únicos directores de la compañía y socios mayoritarios.

 

Esperaba terminar al fin esta semana de terror puro, mi mente ya no me pertenecía, divagaba sin sentido desde que finalicé, venturosamente, la enredada cuenta herencia de mi antecesor (causa de mi ascenso y su despido); deseaba sólo ir a casa a descansar y dormir hasta el lunes.

 ▬ Nada, ya estamos totalmente de acuerdo ▬ dijo Moreno

▬ Entonces firmemos el visto bueno para finalizar.

Y contestó ▬ Una cosa más, no pueden dejarme solo y aburrido en el hotel hasta el lunes que me devuelvo a Guadalajara, les invito una copa.

 Mis jefes me miraron casi con ternura y el mayor dijo:

 ▬ Nosotros no podemos pero Daniel estará encantado en acompañarte, los primeros tragos van por mi cuenta.

 Moreno ladró ▬  Nuncamente”, ya que Daniel terminó más rápido de lo que todos esperábamos. Este safari lo invito yo.

 Y salimos a la noche con la sorna de mis nuevos socios a mi espalda.

 Con los años Miguel Moreno y yo nos hicimos buenos amigos, pero esta era mi primera salida “ejecutiva” representando a la compañía y con nuestro mayor proveedor.

 Acostumbro no dejar cosas sin decir lo que evita, por lo general, malos entendidos; así que dije ▬ Soy novato en estos menesteres Sr. Moreno así que creo se va a aburrir una enormidad conmigo.

 Se río y de forma estentórea, como todo en él,  dijo ▬ Primero, me llamo Miguel y en segundo lugar, no te preocupes, yo sí tengo la experiencia.

 Y me dio un manotazo en la espalda con una de esas manos inmensas que posee.

 Ya en el estacionamiento sacó uno de esos primeros celulares gigantes y llamó.

▬ Rubén eres hoy el conductor contratado, estoy en…

 Diez minutos después llegó un auto que parecía particular con Rubén y un sinnúmero de botellas y vasos acomodados en un mueble diseñado ex profeso para el auto.

 ▬ Rubén será nuestro guía en este safari que iniciamos ahora ¡A beber! … ¡Salud!...

 

***

A las dos de la mañana después de pasar por un gran número lugares, beber lo que me parecían varios litros de esas botellas de Rubén y pasar por múltiples establecimientos donde las mujeres que encontrábamos eran extremadamente jóvenes e involuntariamente desnudas ya me había acostumbrado al coro de ellas cada vez que hacíamos aparición.

 ▬ Vaya, Miguel, al fin traes carne nueva.

▬ Mira, es joven y bonito.

▬ ¡Tiene cara de estudiante!

 Al final, llegamos a un lugar que parecía una residencia en el área más costosa de la ciudad. Miguel dijo ▬ Este lugar, Daniel, es tan exclusivo que sólo aceptan a la elite y a sus invitados. ¡Tienes suerte de que yo sea miembro!

 Era idéntico a los bares anteriores aunque aquí las mujeres estaban más y mejor vestidas, diría que hasta elegantes.

No parecían pertenecientes al gremio más antiguo del mundo.

 Nos sentamos ante una minúscula mesilla con el espacio suficiente para dos vasos y un cenicero, después de tanto beber me dirigí al baño, que como todos los baños de todos los tugurios de todas las ciudades estaba custodiado por el mesero premiado que solícita y amablemente pide escuálida propina por un servicio que es imaginario.

 Ya en la oscuridad, de vuelta, buscaba afanosamente la mesa y descubrí que Miguel se encontraba ahora con dos mujeres, como había sucedido en los lugares en donde nos detuvimos anteriormente, me esforcé por acércame y ser lo suficientemente educado para rehusar, de nuevo, los favores contratados por el experimentado proveedor.

 Tenía que aceptar que las dos mujeres eran hermosas y sin ninguna traza de mal gusto, sobre todo la trigueña de aproximadamente treinta años y vestida de blanco.

 Levantaron la vista y se pusieron de pie y con la luz al otro lado de la mesa la visión del cuerpo de la trigueña con un faro a sus espaldas fue explosiva.

 ▬ Daniel, nuestras dos amigas han aceptado tomar una copa con nosotros ▬ e inmediatamente después desapareció de mi vista llevando casi a rastras a la mujer de rojo.

 La trigueña, sentada de nuevo, extendió la mano y dijo ▬ Isela, mi nombre es Isela.

 Mano seca y amistosa a la que le seguía un antebrazo sólido y un brazo bien torneado (no se parecía en absoluto a los brazos escuálidos de hoy día), las clavículas visibles pero no protagonistas, un torso redondeado e invitador, una cintura escasa (muy escasa), caderas ingentes y piernas capaces de sostener un templo salónico.

 Hablar con ella era una experiencia,  de ese cuerpo contundente emanaba una voz aguda y dulce de niña de párvulos y la combinación en lugar de repeler atraía profundamente.

 Hablamos de nada casi diez minutos y finalmente dije ▬ Isela yo sé que es tu trabajo y me parece poco amistoso no  decirte que de esta mesa no vamos a pasar.

 Y contestó ▬ No te preocupes, Miguel me dijo que eras difícil y que no me enojara si me mandabas a paseo, hoy no tengo ganas de trabajar y te elegí desde que entraste, así que, relájate.

 No acostumbro sorprenderme de lo que dicen los demás (en general la conversación civilizada es bastante obvia y tediosa) pero esta vez me quedé sin voz.

 A partir de ahí, hablamos.

Hablamos de su hijo con problemas de vista y le recomendé a una amiga terapeuta.

Hablamos del corazón de mi abuela y me proporcionó el teléfono de un “buen cliente” (como dijo ella) que ejercía con buena reputación la cardiología

De sus clientes regulares que le proporcionaban una buena vida.

De mi estrategia para retirarme a los cincuenta y cinco.

De  su ambición de casarse y apaciguar su vida.

De mi sentimiento de no pertenecer a la normalidad.

De sus salidas a lugares como este para aumentar su “cartera”.

De mi inquietud por escribir.

De su avidez por leer

De literatura latinoamericana.

De escritores norteamericanos.

De filosofía hindú.

De la piedra del sol.

De la región más transparente.

Del sótano del Aleph.

De sus treinta y tres años.

De mis treinta y cuatro.

De los hombres, ella con conocimiento.

De las mujeres, yo sin ninguno.

 Pasaron así tres horas casi sin darnos cuenta, sin querer que terminara, con temas pendientes por lo menos para otras dos, con tristeza y con desesperanza.

 

Miguel regresó del lugar por donde había desaparecido con una cara que reflejaba tal satisfacción que resultaba obvia su procedencia.

 Preguntó con esa voz inmensa ▬ A ver, Isela ¿Lograste tu cometido?

Ella contestó ▬ ¡Nunca nadie me había dejado tan satisfecha!

Miguel espetó sorprendido ▬ Entonces.  ¡Cuanto debo por la proeza!

▬ Nada, Miguel, fui tan feliz que no puedo cobrarlo.

Miguel enmudeció y me miró desde ese momento con un respeto que a mi me hacia reír (nunca le dije la verdad) y facilitó para siempre mi trabajo con él.

Al salir ella intercambiamos tarjetas personales con el número de su localizador y uno más para dejar mensajes.

 

***

Después de tantos años, después de visitarla tantas veces en su casa, en algún bar o restaurante, después de compartir tantos momentos; siempre amiga, siempre confidente. Recuerdo ahora el aviso de su boda con aquel hombre adinerado para después hablar como siempre y hacer el amor por primera y única vez.

Esa fue la última ocasión que la vi.

Y ahora, al encontrarla entre algunos papeles viejos, descubro que aún me sorprende el texto de su tarjeta de presentación. Tarjeta que puede olvidarse sobre la mesa del hogar sin causar una hecatombe.

 

 

Dr. Eulógico I.  Sela

 Microbiólogo

512-4848  PIN  2746     Mensajería 556-6754    


Arturo Herrera ©

miércoles, julio 23, 2008

Odisea, el epílogo

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De frente al mar y con las piernas cruzadas sobre el taburete, Ulises observa como las llamas devoran los restos del barco que lo devolvió a su patria. Todos los recuerdos de esos veinte años se consumen en la pira. De frente al mar imagina su nuevo futuro.

Penélope es autoritaria, gobernó con mano firme y la regencia la cambió en lo básico, dejó de ser sumisa para convertirse en mariscal, lo hizo tan bien sin él que logró mantener el reino, de ella, fuera del alcance de los buitres.

Veinte años de lejanía lo hicieron guerrero y marino y a pocos días del regreso, restaurado su poder y el matrimonio siente el escozor en las plantas de los pies, ese prurito que impele a caminar, a zarpar de nuevo, a vivir.

Aplacado el demonio de la venganza, el rencuentro nocturno fue hermoso, ya no recordaba los detalles del cuerpo de su esposa. En el nuevo, las curvas descienden presurosas hacia los íntimos pliegues que resuman humedad, los pechos heroicos, enhiestos y abundantes, la boca jugosa que brinda abrigo y lanza frases incomprensibles en el idioma de la pasión. Son veinte años de sueños y se reconocen como extraños, se arrinconan en la memoria para descubrir a estos amantes extranjeros que se han apoderado de sus nombres y de sus cuerpos.

¿Qué hacer con este sentimiento de pérdida que se acumula como las cenizas en el fondo de la hoguera? ¿Ya no saldrá al mar? ¿Caminará en tierra firme hasta el fin de sus días?

No podrá permanecer mucho tiempo aquí. Ítaca se vuelve, a pocos días del ansiado regreso, un lugar de destierro, un lugar donde yacer fuera del mundo, fuera de la vida, fuera de su ser.

Mañana, mañana partirá a otras tierras, a fundar la historia. Ulises el héroe.

viernes, julio 11, 2008

La mirada



Al héroe que todos somos sin saberlo.

Ash

El faro es un estoico del mar

un pie en la tierra y la vista

fija en el horizonte.

A.H.

De pie miraba hacia el oriente, hacia el mar y su ojo destellaba vida. Aparecían en los rompientes las pequeñas medusas con su límpida luz orgánica, los peces y pulpos del arrecife competían desdeñosos por la comida.

El agua azul turquesa siempre calma, todos los días, todas las horas, hasta que el viento, sin aviso, comenzaba a correr desenfrenado, cada vez más rápido, cada vez más mortal. Huracán lo llaman los Caribes. Esto sucedía varias veces al año, derramaba odio, derramaba muerte.

Desde que lo destinaron a esta lejana posición sentía que lo habían abandonado, lo habían dejado aquí tan solo, como se sintió en el momento de perder su ojo izquierdo, todos los logros, todas las batallas ya no importaban, ya no era útil.

La tristeza lo acompañaba todo el día, no importaban las mujeres y los niños, las esclavas y los ayudantes, todo lo que había traído desde casa. Era un inútil, no servía para lo que fue educado, para darle honor a su familia, a su pueblo, a su nación.

El sacbe (camino) al pueblo estaba limpio y cuidado, ellos conocían su alcurnia y su linaje, pero no iba, no tenía gana alguna de visitar a estos provincianos; su tristeza lo inmovilizaba.

Aún no llegaba la media cara de plata que cubriría su deformado rostro, los sacerdotes que manejaban el metal tenían mucho trabajo. Ni siquiera pensaba en salir y exponerse a las miradas curiosas; si no fuera príncipe lo habrían ejecutado.

Los blancos estaban ya aquí y había que mantenerlos fuera del imperio.

La leyenda decía que dejarlos entrar a sus dominios equivalía a la desaparición total de su civilización, existía la otra leyenda, la de Kukulkán, la de los niños, esa de bondad y de sabiduría con la que cualquier adulto sabría de inmediato que era pura fantasía.

Llegaban noticias del sur y del poniente, de los pálidos, de su desvergonzada actitud, de su poca o ninguna caballerosidad, de su falta completa de palabra, es la palabra y cumplirla lo único que hace diferente al hombre de los animales.

Su trabajo, si a esto se lo podía llamar trabajo, era hacer encallar esas casas sobre el agua (no tenía otra manera de nombrarlas) de los hombres pálidos y barbados. Encallarlas en el arrecife, mostrarles el camino con luz, con humo, con sonidos, para que pensaran que un poblado estaba cerca y enfilaran sus casas hacia la espada calcárea.

El cortante arrecife rompería las grandes casas sobre el agua, tiraría sus enormes alas de aire y los aterrorizados pálidos saltarían sobre las rocas, rompiéndose ellos mismos, lo que quedara serviría como alimento para los tiburones que en grandes cantidades poblaban de extremo a extremo el atolón.

Cuando el huracán soplaba, su trabajo era aún más fácil, cegadas y mudas por los vientos, las grandes casas sobre el agua, se rompían en mil pedazos, aún antes de tocar el coral, aún antes de sentir el filo de los pólipos. No habría sobrevivientes.

Este trabajo lo hacia sentir inútil, después de ser el mejor y más grande guerrero de la última década. Aquí vivía con lujos, con confort, pero sus recuerdos lo torturaban día con día, lo confrontaban con su futuro, aquí en la pequeñez, en el olvido.

Cómo pasó y en que momento, nadie lo sabía, un día una nave llegó a la playa, tendría a lo sumo cincuenta hombres y bestias inmensas que despedían olores rancios, armas que brillaban y ningún caballero al mando, nadie llevaba plumas o distintivo que lo identificara como jefe o cacique, sólo esclavos y combatientes de bajo nivel.

No importaba, aquí en el extremo del mundo, y mirando al horizonte tendría su guerra final, su despedida. Moriría como mueren los guerreros.

Los dioses, la dualidad, lo habían premiado y pinchaba su brazo con espinas para agradecerlo. Sería lucha última y no importaba si era contra estos descastados, pálidos y sin tatuajes. No importaba.

En el palacio no tendría esta oportunidad, su único ojo lo descalificaba para luchar. Aquí, aquí su palabra era ley, los habitantes del pequeño poblado vivían para darle gusto, sus sirvientes y ayudantes, todos eran versados en las artes guerreras, hasta sus mujeres pelearían si lo pedía.

Tendría su última guerra, no tendría honores ni cabezas, no habría prisioneros ni esclavos adicionales, sería una guerra final, un regalo de despedida.

Los dejó colocarse de espaldas hacia el mar, mandó a los primeros cincuenta y dos hombres por el flanco derecho, las armas brillantes lanzaron fuego y algunos de sus hombres cayeron, mandó otros más por el flanco izquierdo, también murieron muchos, otros huían. Encontró el tiempo que necesitaban los pálidos para hacer que sus armas destellaran. La siguiente carga sería más rápida.

Había vencido, ya sólo vivían ocho pálidos y la mayoría heridos, ahora tomó su arma, tres palmos de madera con cuatro hojas de obsidiana a cada lado, hermosa, mortal y con su habilidad capaz de partir un contrincante de un solo tajo, avanzó con paso calmo, cortó por la mitad al primero, al segundo con su brillante peto le partió las rodillas y su pie hizo lo necesario con la cabeza y la postrer mirada de su único ojo se la dedicó al arcabuz que a un palmo le voló la mitad de su cara.

Al morir su jefe los ayudantes decidieron acabar con los pálidos restantes, el juego final de su amo costó casi trescientas vidas y el guerrero murió como había vivido. En la guerra. El costo no importaba.

Aquí estaba, ya no miraba hacia el oriente ni hacia el mar y su ojo, su único ojo, de media cara contra el suelo, moría.

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Arturo Herrera ©

Imagen; Galeón. Grabado de Alberto Durero

martes, julio 08, 2008

Bardo, rapsoda o vate

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Con ojo atento al sentir humano,
a gemidos que se oyen tras las puertas,
las risas y llantos vistos a trasmano
son los cuños de las crónicas correctas.
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Rapto atrevido de historias a mano,
de ritos ajenos, de calles repletas,
de valles inhóspitos y coros serranos,
descubro sucesos de vidas completas.
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Divinos demonios se muestran alados,
ángeles revelan sus almas oscuras,
luchas intestinas en mares salados
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son constituyentes de intrigas maduras;
y mi pluma dice: ¡han de ser contados!
Un plagio de vida, ficciones seguras.
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Arturo Herrera ©



viernes, julio 04, 2008

Declaro la guerra



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Declaro la guerra en contra de... China.

Los niños congregados alrededor del círculo dibujado con gis sobre la calle, con escaques periféricos cada uno con los nombres de países conocidos, salen corriendo como rayos de una rueda invisible y a velocidades distintas emergen del centro como el universo después de la pequeña partícula.

▬ STOP ▬ dije, y todos se detuvieron, Blanca la niña de la trenza amarilla y motivo de mi distracción era la más lejana y grité ▬ ocho para Rusia ▬ e inicié a contar los pasos que me separaban de ella. Uno…dos…tres… …siete y ocho. Aterricé sobre su pie y pegó un chillido enorme y preguntaba.

▬ ¿Por qué siempre me lastimas? ¡Te odio! ▬ y salió despedida para su casa. Los ojos de sus hermanas me taladraron la espalda pero ya estaba hecho.

* * *

▬ Declaro la guerra en contra de… Maui.

Blanca y sus hermanas salieron disparadas y nosotros quedamos con la boca abierta ante las apariciones suscitadas por el vuelo de sus pequeñas faldas.

▬ ¿Ya te invitaron a sus quince? ▬ preguntó Alberto.

▬ Ya, su mamá me adora desde que le doy clases de álgebra ▬ respondí.

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▬ ¿Binomio cuadrado perfecto?▬ le pregunté con descaro.

▬ ¡No sé, ya te lo dije!

▬ Me debes un beso ▬ y mi manos buscaron con rapacidad sus piernas, su cintura, toda ella ▬ ¿Binomio de Newton?

▬ ¡No sé!

▬ Otro beso y ya van dieciséis, Blanca, a este paso nunca vas a terminar ▬ le dije amablemente mientras deslizaba con habilidad mis manos por debajo de su falda.

▬ ¿Por qué siempre me lastimas? ¡Te quiero!

* * *

▬ Y yo los declaro: Marido y mujer.

Ese fue el inicio de las hostilidades.

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Arturo Herrera ©

jueves, junio 26, 2008

Fui feliz


En las comidas familiares, la tertulia y las risas se multiplican mientras los giros y los dobles sentidos van de una boca a otra; así son las comidas en la casa de la abuela (cinco o seis veces por año) donde los nietos (seis nosotros y las parejas correspondientes), los hijos (ahora ya sólo nuestra madre) y los cinco bisnietos (nuestros hijos) hablamos y hablamos de cualquier tema, hasta que la tarde muere entre carcajadas.

Es costumbre poco después de comer que la abuela nos diga sonriendo con voz baja y melodiosa.

- Ya son las cinco voy a subir, al fin y al cabo no los oigo.

Esa tarde, casi a esa hora, hablábamos de la última novela de Vargas Llosa o de Kundera, del nuevo premio a Fuentes, de la más reciente película de Hollywood, de mi edad, de la apostura redonda de mi hermano, de la hermosa ropa de marca de mi prima o inventábamos nuevos sobrenombres para definirnos (Sra. Clos, Timbón Cruise, o Gordo Marx) que dependen de nuestro tamaño de cinturón, de la fecha de nacimiento (ahí siempre pierdo), de nuestra barbada papada o de la nueva blancura del cuero cabelludo. Todo entre risas y pullas de primos y hermanos. Hasta que surgió la pregunta.

-¿Quién es feliz?- preguntó el filósofo.

-¿Abuela?- dijo un segundo.

-¡Abuelita, aunque te cueste más trabajo!- dijo ella como de costumbre.

-¿Qué opinas?- pregunto la más joven de mis primas.

-Yo sólo fui feliz; una vez en la vida- nos espetó la abuela de forma tajante.

Rebambaramba total, risas, gritos, silbidos, todos preguntábamos y hablábamos a un tiempo, desconcertados hasta que mi madre preguntó.

– ¿Ni cuando fuiste madre?-

-No…dolió mucho- dijo la abuela.

-¿Y cuándo te casaste?

-Tampoco…muchos nervios- contestó.

-¿Entonces… cuándo?- pregunté.

-Una vez cuando tenía seis años, dejen, les cuento…

Era el año 1913 o 14, la ciudad de México era mucho más pequeña y con un sabor porfiriano que ya perdió, tenía seis años y parecía que al fin la “bola” nos daba respiro, dejaron de sonar balazos a eso de las cinco de la mañana y todo fue calmo durante la jornada.

Mi padre, papá Pepe, telegrafista por la mañana y estudiante de homeopatía por la tarde, terminaba su turno a las cuatro y al salir, como todos los días, pasaba a dejarles un peso a mis abuelos. Esa rutina se repitió sin fallas durante toda la Revolución y no importaba desde donde o hacia que lugar salieran los disparos mi padre pasaba día con día a visitar a los suyos, una vez me contó que se escondió debajo de una carreta de abono con el peso de plata apretado en el puño hasta que los sureños se alejaron de la zona.

Les decía que, esa mañana dejaron de escucharse disparos de madrugada y para la tarde hacia muchas horas que no se escuchaba nada, no recuerdo donde estaban mis hermanas a la llegada de mi padre pero yo salí a recibirlo.

-Mi chiquitina, ¿dónde está tu madre?

Levante los hombros con cara de desconocimiento, el rió y me tomo la mano.

-Ya que nos dejaron solos, chiquitina, vamos a pasear- y así salí a la calle, a la que no me asomaba desde hacia varios meses, de la mano de él.

Caminamos varias calles, percibía que el mundo había cambiado: en el desconchado y las manchas de sangre en las paredes causado por las balas, en el miedo y el aire frío que salía de las casas deshabitadas, en el olor ácido de la muerte que aparecía por aquí y por allá. Mi padre, que no soltaba mi mano, miraba atento cualquier signo de rebelión o polvo lejano, escuchaba a lo lejos para sacarle información al viento que pudiera ser nefasta o peligrosa y yo caminaba sin miedo y sin preocupación por primera vez en lo que me parecía un largo tiempo. A su lado nada nos haría daño.

Fueron solo tres calles y en la esquina encontramos al hombre de los helados, nos acercamos y le solicitamos dos barquillos con nieve de limón, despacio (después de pagar seis centavos) dimos media vuelta para volver sobre nuestros pasos. Caminamos en medio de la calle sorbiendo el helado y su frío llegaba al centro de mi frente, a mi padre le pasó lo mismo, nos miramos y reímos de nuestra amable desventura.

-Chiquitina eres hermosa.

Ya veía el zaguán de nuestra casa, mi madre esperándonos preocupada en el umbral, caminamos esa última calle hasta el hogar sin miedo y sin prisa.

-Ese día fui feliz.

Eran las cinco, la abuela se levantó de la mesa y, en silencio, subió como de costumbre a su habitación.



Arturo Herrera ©

domingo, junio 15, 2008

Elementales

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El aroma se añade bien al mar,

la rosa hendida por la roda.

El dolor radica en el amaro

en el viento oscuro de la mora.

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El aroma se añade bien al fuego,

el clavel herido por azogue.

La muerte mueve lento al ruego

en el río que llora sin desfogue.

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El aroma se añade bien al viento,

el tulipán cortado por lo cierto.

El placido flotar del gerifalte

en la paz serena del desierto.

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El aroma se añade bien al cieno,

las orquídeas que mueren en la leva.

El silencio fenece con el trueno

del menhir que brota de la gleba.

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Arturo Herrera ©


sábado, junio 07, 2008

Bajo el puente


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▬ ¿El chupacabras es una especie de vampiro tercermundista?

▬ No amigo, es un espejismo del hambre.

▬ Entonces, ¿no le tienes miedo?

▬ Qué puede comer, estoy en los huesos ▬ fue la respuesta de Romualdo mientras acomodaba sus cartones debajo de este puente desvencijado y cantaba ▬ un cartón hacia el norte para evitar el frío, otro debajo de mi cuerpo para la humedad del amanecer y un tercero lleno de periódico donde hacer mi nido.

▬ Soy nuevo en esto Romualdo y los rumores dicen que este “espejismo”, como tú dices, se come a las personas sin hogar.

▬ Entonces estamos salvados ya que nuestro hogar es el cielo estrellado.

▬ ¡Hablas tan raro!

▬ Es culpa de la universidad

▬ ¿De verdad eras profesor de matemáticas? ¿Qué te pasó?

Me aburrí de los alumnos mediocres y ahora tengo tiempo para leer poesía.

▬ ¿Pero, por qué?

▬ Me hacían preguntas estúpidas, como tú… comprenderás.

▬ Oh… ¡Ya!

▬ De verdad, las preguntas eran tantas, tan estúpidas y tan frecuentes que perdí el interés y comencé a responder lo primero que se me ocurría. Al principio fue divertido y me reía todo el tiempo pero esto molestaba a los alumnos y se hartaron. Descubrí que los profesores dependen de la buena voluntad de los alumnos.

▬ Te acusaron.

▬ No, en la evaluación semestral quedé mal calificado.

▬ ¿Te despidieron?

▬ No, primero vinieron las preguntas de los profesores, de los rectores y como eran estúpidas seguí el mismo patrón.

▬ Ah, ¿y qué pasó?

▬ Lo lógico, me mandaron a descansar y me pidieron que visitara a sicólogos de la misma universidad.

▬ ¿Y?

▬ Mismas preguntas, mismas respuestas.

▬ ¿Y te despidieron?

▬ No, me despidieron cuando les dije que yo inventé al chupacabras.

jueves, mayo 15, 2008

Las botas II


Sonó el teléfono celular de Dolores y nos avisó a voz en cuello ▬ Es la Britney, tírenle las llaves para que suba.

Justo en el momento que se nos informaba la llegada del escote corrí por el pasillo a gran velocidad para alcanzar el llavero antes que todos y llegué al límite para cruzar la sala y dirigirme al balcón. Me parecía escuchar el rechinar de los dientes del viejo al deslizarme en silencio con mis botas sobre el parquet recién pulido.

Salí al balcón a toda prisa para poder observar desde aquí arriba los pechos de la niña, tal vez, con demasiada prisa. Comencé a sospechar que algo estaba mal al golpear el barandal con la cadera sin detenerme en ese momento, giró el mundo y yo con él. El intervalo que duró mi recorrido hasta el suelo se amplió con cada segundo y me dije ▬ Gómez estás jodido.

Desde treinta metros sobre el suelo podía verme así, con botas, chiquito y ensangrentado. Hacia la derecha, el viejo y el Pecas, con ojos de espanto, trataban de encontrarle sentido a mi mágica desaparición, la Britney, abajo, emitía aullidos descontrolados que, desde mi posición estratégica, permitían ver el vaivén de sus generosos pechos. Dolores llegó al balcón y con extraños movimientos de las manos limpiaba sus lágrimas y recordaba, quizá, las últimas dos semanas de amor desenfrenado.

La vida era fácil, morir lo fue más.

jueves, marzo 27, 2008

Las botas


– Salí a la calle y vi a Gómez, así, con botas, chiquito y ensangrentado.

– Ya le dije que me lo cuente desde el principio – dijo Orto Adenauer, el comisario de la policía.

– Está bien, hace un par de horas –…


– Le he pedido mil veces a Dolores que cargue con las llaves, siempre tengo que levantarme y dejar de escribir para lanzárselas – dije complacido por la distracción y por poder divertirme al ver el enojo de Eugenia cuando critico a su hija – tú hija es una desobligada.

– Tuya también, no es hija del soplo divino – contestó “U” al botepronto, con una sonrisa y los brazos en jarras que me permiten constatar lo hermosa que se mantiene aún en contra de lo que dice el calendario.

Me asomé al balcón del sexto piso y le arrojé el juego de llaves con cierta sorpresa ya que hoy esperábamos su obligada salida de viernes y un poco de paz para nosotros, los padres arcaicos y decrépitos. Se escuchó el ruido del elevador y dije – “U” recuérdame hablar al administrador para que de una vez le den mantenimiento a ese montacargas – a lo que mi ama y señora contestó – anótalo en tus pendientes, yo ya tengo suficiente trabajo – y la sonrisa no desaparecía de su rostro.

Después de veinticinco años de matrimonio es…

– ¡A los hechos! – Me reprendió Adenauer, – está bien – contesté y seguí…


Acompañaban a Dolores sus dos amigos: “El Pecas”; gordo, grande, inmenso que juega de centro en el equipo de fútbol de la universidad donde Dolores estudia bioquímica y “Gómez”; pequeño, delgado, con ojos huidizos y siempre con esas botas de cowboy que rayan y maltratan el parquet siempre pulido del departamento.

Ruidosos insoportables y muy cercanos a mi hija, cada vez que los descubría observando con ojos de perro hambriento el cuerpo de mi niñita las ansias asesinas aparecían en mí. “U” que conoce mis celos inmensos se mantiene alerta para anticiparse a cualquier acto doloso que pueda ocurrírseme.

Después de veinticinco años de matrimonio es…

– ¡A los hechos! – Me reprendió de nuevo Adenauer, – está bien – contesté reincidente y seguí…


Sonó el teléfono celular de Dolores y nos avisó a voz en cuello – Es la Britney, tírenle las llaves para que suba. Recordé, al mismo tiempo que los otros dos, las grandes formas y los profusos escotes de la amiga de mi hija y me levanté como por la acción de un resorte para tener la oportunidad de obtener una perfecta vista a “ojo de pájaro” de la anatomía juvenil. La atropellada desbandada se detuvo al ver que “Gómez”, con velocidad inaudita, tomaba las llaves, se deslizaba con rapidez sobre el parquet, alcanzaba el balcón, pegaba con fuerza en el barandal, giraba sobre su eje y se precipitaba al vacío permitiéndonos ver, por último, sólo los tacones obtusos de sus horrendas botas.

Bajé por las escaleras sin darme real cuenta, salí a la calle y vi a Gómez, así, con botas, chiquito y ensangrentado.


Arturo Herrera ©

sábado, marzo 22, 2008

Fractales

Coloco un espejo junto al otro en ángulo agudo y luego otro del lado abierto para formar una caja triangular donde sólo entra mi cuerpo.

Con cuidado me deslizo y con sólo entrar cambia mi mundo.

El tiempo se detiene y con el rabillo del ojo percibo una infinidad de yos que se agrandan y se achican en sentidos contrarios.

Fibonacci mediante, intuyo, estas imágenes se encontrarán en el infinito y tenderán a cero. Pero la diosa de los números las multiplicará por cientos, por miles, hasta que de mí recuerdo queden gotas eternas que juntas me integrarán de nuevo.

Si además, giro a una velocidad cercana a la de la luz que hiere mi pupila tal vez, sólo tal vez, me encuentre a mí mismo en el futuro o a mil años luz de este momento, ya sea atorado en el hoyo negro de mí recuerdo o asfixiando con mis manos a la imagen de mí cuando me muera o emitiendo el ingente balbuceo del nonato supernumerario que es mi imagen especular y levógiro desoxirribonucleico.

Al despertar, en el ámbito de lo inconmensurable, desayunaré como un rey galaxias espirales, caminaré en el asfalto de Moebius decreciendo vertiginoso en saltos factoriales y antes de dormir cenaré como mendigo dos cuarks de los tres que mí dieta me permite.

Soñaré acunado en los teóricos brazos de Gödel en los múltiples mundos descubiertos por Escher y arrullado con la síncrona música de Bach hasta que el remolino decrezca y el sólido construido con pulidas superficies internas estalle en miles de pedazos para retornarme a la perfecta y aburrida realidad.


Arturo Herrera ©


jueves, febrero 21, 2008

Alba y Mara



Es muy temprano para dormir pero a los seis años no puedo decidir a que hora me acuesto. Es la primera noche en este gran cuarto del nuevo departamento, la puerta parece lejana hasta el otro lado. Llega mi madre para darme las últimas instrucciones.

- No camines en la noche a menos que necesites ir al baño, no te acerques al balcón para respirar mejor, no te escondas en el armario si tienes frío (ya te puse otro cobertor), no duermas debajo de la cama es más cómodo arriba y más recomendaciones que ya no escucho.

La dama de blanco se sienta en la cama, Alba se acerca por vez primera y siento su calor que pasa a través del cobertor hacia mis pies fríos; sobre su hombro, en la parte más oscura del cuarto diviso a lo otra, la de negro, Mara, y el frío que emite puede verse en la negrura.

Todo es claro ahora, a la izquierda puedo ver que Mara saluda con expresión de tristeza y camino lentamente a lado de la dama blanca y sé, con seguridad absoluta, que siempre la amaré.

Espero paciente sobre la plancha del pequeño gabinete radiológico en el que me depositaron los enfermeros hace unos minutos, sólo recuerdo el sonido del choque y el millar de estiletes cristalinos que me golpeaban un instante después del accidente, la camilla, el cuello ortopédico, la llegada al hospital y los médicos apresurados, las luces del techo que pasan rápido sobre mi inmovilizado cuerpo, todo a gran velocidad hasta que me dejaron sobre esta dura plancha. El tiempo cambia aquí y escucho una voz que me dice.

-¡No se mueva!

A los pies de la plancha, Alma y Mara tocan mis pies y la confusión de temperaturas produce un efecto letárgico en mí. Las amo y me es imposible decidirme.

Es muy temprano para dormir pero a los noventa y seis años no puedo decidir sobre la hora en que me acuesto. Es la última noche en este gran cuarto de la vieja casona, la puerta parece lejana hasta el otro lado. Llega la enfermera para darme las últimas instrucciones.

- No camine en la noche a menos que necesite ir al baño, no se acerque al balcón para respirar mejor, no se esconda en el armario si tiene calor (ya quité un cobertor), no duerma debajo de la cama es más cómodo arriba y más recomendaciones que ya no escucho.

La dama de negro se sienta en mi cama, por última vez se acerca y siento su frío que pasa a través de la sábana hacia mis pies calientes; sobre su hombro, en la parte más clara del cuarto diviso a lo otra, la de blanco, Alba, y el calor que emite puede verse en la blancura.

Todo es claro ahora, a la izquierda puedo ver que Alba se despide con expresión de tristeza y camino lentamente a lado de la dama oscura y sé, con seguridad absoluta, que siempre la he amado.



Arturo Herrera ©


domingo, diciembre 16, 2007

Haiku


a

I

Mares desiertos
como en antaño arenas
agua sin dueño.

a

II

Rota del fondo

en algodón formada;

nube llorosa.

a

III

Luz estética

se detiene un instante;

zurdo colibrí.

a

IV

Piedra tezontle

del calor de la tierra

suave despiertas.

a

V

Sol que nace

arriba en el templo

piel desolada.

a

Arturo Herrera ©

a

martes, diciembre 04, 2007

A los cincuenta


x

Te ves al espejo y no reconoces

al extraño añoso que de ahí te observa,

tiene cierto parecido con la imagen

profunda que te representa

y que cumple a lo más;

veinte, treinta, cuarenta.

x

Te llama tu hijo

profiere inter-sex-iones

y adjetiva profano,

¿Dónde estás? Arcaico y decrépito paterno.

x

Está en prosa, prozac.

Está difícil, táfil.

x

Ves hacia abajo; apenas las uñas de los pies,

hacia arriba; y el cuello te molesta,

tus manos; que ya no son las tuyas,

de las parcas son:

deshilan, devanan y cortan los sentidos.

x

Observas y entornando descubres ya la luz

refulge divertida, invita al interior.

x

De nuevo,

la ventana de azogue te pregunta.

x

¿A dónde se fue el bíceps?

¿Y por qué ahora?

La protuberancia está al otro lado,

(protuberancia sí, no consistente)

que al agitar los brazos

el movimiento es contrario y pendulante.

x

¿A dónde las antífonas?

En su tiempo admiradas

pasaron a escondidas

al frente de tu cuerpo

¿Cuándo? Te preguntas,

el atractivo posterior,

adjetivo sombreado y

sustantivo cónico,

se convirtió en hyper_bola ecológica.

x

¿A dónde los muslos?

Ciclista abandonado.

¿Cómo? ¡Por Zeus!,

pasaron hasta el cuello

transformándose así en papada cultural

sólo alcanzada tras cien lecturas o más.

x

¿Y los ojos, dónde?

Que al menos necesitan

tres aumentos distintos:

para encontrar tu mundo,

para encontrar tu cama,

para encontrar tu sitio.

x

¿Y la estupidez?

Después de tanto usarla

deshecha, en jirones,

rota y recocida.

Esa, mi amigo,

si hiciste la tarea;

se fue alejando al tranco,

se fue alejando al tranco.

x

Saludos

Arturo Herrera ©