viernes, julio 11, 2008

La mirada



Al héroe que todos somos sin saberlo.

Ash

El faro es un estoico del mar

un pie en la tierra y la vista

fija en el horizonte.

A.H.

De pie miraba hacia el oriente, hacia el mar y su ojo destellaba vida. Aparecían en los rompientes las pequeñas medusas con su límpida luz orgánica, los peces y pulpos del arrecife competían desdeñosos por la comida.

El agua azul turquesa siempre calma, todos los días, todas las horas, hasta que el viento, sin aviso, comenzaba a correr desenfrenado, cada vez más rápido, cada vez más mortal. Huracán lo llaman los Caribes. Esto sucedía varias veces al año, derramaba odio, derramaba muerte.

Desde que lo destinaron a esta lejana posición sentía que lo habían abandonado, lo habían dejado aquí tan solo, como se sintió en el momento de perder su ojo izquierdo, todos los logros, todas las batallas ya no importaban, ya no era útil.

La tristeza lo acompañaba todo el día, no importaban las mujeres y los niños, las esclavas y los ayudantes, todo lo que había traído desde casa. Era un inútil, no servía para lo que fue educado, para darle honor a su familia, a su pueblo, a su nación.

El sacbe (camino) al pueblo estaba limpio y cuidado, ellos conocían su alcurnia y su linaje, pero no iba, no tenía gana alguna de visitar a estos provincianos; su tristeza lo inmovilizaba.

Aún no llegaba la media cara de plata que cubriría su deformado rostro, los sacerdotes que manejaban el metal tenían mucho trabajo. Ni siquiera pensaba en salir y exponerse a las miradas curiosas; si no fuera príncipe lo habrían ejecutado.

Los blancos estaban ya aquí y había que mantenerlos fuera del imperio.

La leyenda decía que dejarlos entrar a sus dominios equivalía a la desaparición total de su civilización, existía la otra leyenda, la de Kukulkán, la de los niños, esa de bondad y de sabiduría con la que cualquier adulto sabría de inmediato que era pura fantasía.

Llegaban noticias del sur y del poniente, de los pálidos, de su desvergonzada actitud, de su poca o ninguna caballerosidad, de su falta completa de palabra, es la palabra y cumplirla lo único que hace diferente al hombre de los animales.

Su trabajo, si a esto se lo podía llamar trabajo, era hacer encallar esas casas sobre el agua (no tenía otra manera de nombrarlas) de los hombres pálidos y barbados. Encallarlas en el arrecife, mostrarles el camino con luz, con humo, con sonidos, para que pensaran que un poblado estaba cerca y enfilaran sus casas hacia la espada calcárea.

El cortante arrecife rompería las grandes casas sobre el agua, tiraría sus enormes alas de aire y los aterrorizados pálidos saltarían sobre las rocas, rompiéndose ellos mismos, lo que quedara serviría como alimento para los tiburones que en grandes cantidades poblaban de extremo a extremo el atolón.

Cuando el huracán soplaba, su trabajo era aún más fácil, cegadas y mudas por los vientos, las grandes casas sobre el agua, se rompían en mil pedazos, aún antes de tocar el coral, aún antes de sentir el filo de los pólipos. No habría sobrevivientes.

Este trabajo lo hacia sentir inútil, después de ser el mejor y más grande guerrero de la última década. Aquí vivía con lujos, con confort, pero sus recuerdos lo torturaban día con día, lo confrontaban con su futuro, aquí en la pequeñez, en el olvido.

Cómo pasó y en que momento, nadie lo sabía, un día una nave llegó a la playa, tendría a lo sumo cincuenta hombres y bestias inmensas que despedían olores rancios, armas que brillaban y ningún caballero al mando, nadie llevaba plumas o distintivo que lo identificara como jefe o cacique, sólo esclavos y combatientes de bajo nivel.

No importaba, aquí en el extremo del mundo, y mirando al horizonte tendría su guerra final, su despedida. Moriría como mueren los guerreros.

Los dioses, la dualidad, lo habían premiado y pinchaba su brazo con espinas para agradecerlo. Sería lucha última y no importaba si era contra estos descastados, pálidos y sin tatuajes. No importaba.

En el palacio no tendría esta oportunidad, su único ojo lo descalificaba para luchar. Aquí, aquí su palabra era ley, los habitantes del pequeño poblado vivían para darle gusto, sus sirvientes y ayudantes, todos eran versados en las artes guerreras, hasta sus mujeres pelearían si lo pedía.

Tendría su última guerra, no tendría honores ni cabezas, no habría prisioneros ni esclavos adicionales, sería una guerra final, un regalo de despedida.

Los dejó colocarse de espaldas hacia el mar, mandó a los primeros cincuenta y dos hombres por el flanco derecho, las armas brillantes lanzaron fuego y algunos de sus hombres cayeron, mandó otros más por el flanco izquierdo, también murieron muchos, otros huían. Encontró el tiempo que necesitaban los pálidos para hacer que sus armas destellaran. La siguiente carga sería más rápida.

Había vencido, ya sólo vivían ocho pálidos y la mayoría heridos, ahora tomó su arma, tres palmos de madera con cuatro hojas de obsidiana a cada lado, hermosa, mortal y con su habilidad capaz de partir un contrincante de un solo tajo, avanzó con paso calmo, cortó por la mitad al primero, al segundo con su brillante peto le partió las rodillas y su pie hizo lo necesario con la cabeza y la postrer mirada de su único ojo se la dedicó al arcabuz que a un palmo le voló la mitad de su cara.

Al morir su jefe los ayudantes decidieron acabar con los pálidos restantes, el juego final de su amo costó casi trescientas vidas y el guerrero murió como había vivido. En la guerra. El costo no importaba.

Aquí estaba, ya no miraba hacia el oriente ni hacia el mar y su ojo, su único ojo, de media cara contra el suelo, moría.

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Arturo Herrera ©

Imagen; Galeón. Grabado de Alberto Durero

martes, julio 08, 2008

Bardo, rapsoda o vate

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Con ojo atento al sentir humano,
a gemidos que se oyen tras las puertas,
las risas y llantos vistos a trasmano
son los cuños de las crónicas correctas.
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Rapto atrevido de historias a mano,
de ritos ajenos, de calles repletas,
de valles inhóspitos y coros serranos,
descubro sucesos de vidas completas.
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Divinos demonios se muestran alados,
ángeles revelan sus almas oscuras,
luchas intestinas en mares salados
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son constituyentes de intrigas maduras;
y mi pluma dice: ¡han de ser contados!
Un plagio de vida, ficciones seguras.
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Arturo Herrera ©



viernes, julio 04, 2008

Declaro la guerra



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Declaro la guerra en contra de... China.

Los niños congregados alrededor del círculo dibujado con gis sobre la calle, con escaques periféricos cada uno con los nombres de países conocidos, salen corriendo como rayos de una rueda invisible y a velocidades distintas emergen del centro como el universo después de la pequeña partícula.

▬ STOP ▬ dije, y todos se detuvieron, Blanca la niña de la trenza amarilla y motivo de mi distracción era la más lejana y grité ▬ ocho para Rusia ▬ e inicié a contar los pasos que me separaban de ella. Uno…dos…tres… …siete y ocho. Aterricé sobre su pie y pegó un chillido enorme y preguntaba.

▬ ¿Por qué siempre me lastimas? ¡Te odio! ▬ y salió despedida para su casa. Los ojos de sus hermanas me taladraron la espalda pero ya estaba hecho.

* * *

▬ Declaro la guerra en contra de… Maui.

Blanca y sus hermanas salieron disparadas y nosotros quedamos con la boca abierta ante las apariciones suscitadas por el vuelo de sus pequeñas faldas.

▬ ¿Ya te invitaron a sus quince? ▬ preguntó Alberto.

▬ Ya, su mamá me adora desde que le doy clases de álgebra ▬ respondí.

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▬ ¿Binomio cuadrado perfecto?▬ le pregunté con descaro.

▬ ¡No sé, ya te lo dije!

▬ Me debes un beso ▬ y mi manos buscaron con rapacidad sus piernas, su cintura, toda ella ▬ ¿Binomio de Newton?

▬ ¡No sé!

▬ Otro beso y ya van dieciséis, Blanca, a este paso nunca vas a terminar ▬ le dije amablemente mientras deslizaba con habilidad mis manos por debajo de su falda.

▬ ¿Por qué siempre me lastimas? ¡Te quiero!

* * *

▬ Y yo los declaro: Marido y mujer.

Ese fue el inicio de las hostilidades.

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Arturo Herrera ©

jueves, junio 26, 2008

Fui feliz


En las comidas familiares, la tertulia y las risas se multiplican mientras los giros y los dobles sentidos van de una boca a otra; así son las comidas en la casa de la abuela (cinco o seis veces por año) donde los nietos (seis nosotros y las parejas correspondientes), los hijos (ahora ya sólo nuestra madre) y los cinco bisnietos (nuestros hijos) hablamos y hablamos de cualquier tema, hasta que la tarde muere entre carcajadas.

Es costumbre poco después de comer que la abuela nos diga sonriendo con voz baja y melodiosa.

- Ya son las cinco voy a subir, al fin y al cabo no los oigo.

Esa tarde, casi a esa hora, hablábamos de la última novela de Vargas Llosa o de Kundera, del nuevo premio a Fuentes, de la más reciente película de Hollywood, de mi edad, de la apostura redonda de mi hermano, de la hermosa ropa de marca de mi prima o inventábamos nuevos sobrenombres para definirnos (Sra. Clos, Timbón Cruise, o Gordo Marx) que dependen de nuestro tamaño de cinturón, de la fecha de nacimiento (ahí siempre pierdo), de nuestra barbada papada o de la nueva blancura del cuero cabelludo. Todo entre risas y pullas de primos y hermanos. Hasta que surgió la pregunta.

-¿Quién es feliz?- preguntó el filósofo.

-¿Abuela?- dijo un segundo.

-¡Abuelita, aunque te cueste más trabajo!- dijo ella como de costumbre.

-¿Qué opinas?- pregunto la más joven de mis primas.

-Yo sólo fui feliz; una vez en la vida- nos espetó la abuela de forma tajante.

Rebambaramba total, risas, gritos, silbidos, todos preguntábamos y hablábamos a un tiempo, desconcertados hasta que mi madre preguntó.

– ¿Ni cuando fuiste madre?-

-No…dolió mucho- dijo la abuela.

-¿Y cuándo te casaste?

-Tampoco…muchos nervios- contestó.

-¿Entonces… cuándo?- pregunté.

-Una vez cuando tenía seis años, dejen, les cuento…

Era el año 1913 o 14, la ciudad de México era mucho más pequeña y con un sabor porfiriano que ya perdió, tenía seis años y parecía que al fin la “bola” nos daba respiro, dejaron de sonar balazos a eso de las cinco de la mañana y todo fue calmo durante la jornada.

Mi padre, papá Pepe, telegrafista por la mañana y estudiante de homeopatía por la tarde, terminaba su turno a las cuatro y al salir, como todos los días, pasaba a dejarles un peso a mis abuelos. Esa rutina se repitió sin fallas durante toda la Revolución y no importaba desde donde o hacia que lugar salieran los disparos mi padre pasaba día con día a visitar a los suyos, una vez me contó que se escondió debajo de una carreta de abono con el peso de plata apretado en el puño hasta que los sureños se alejaron de la zona.

Les decía que, esa mañana dejaron de escucharse disparos de madrugada y para la tarde hacia muchas horas que no se escuchaba nada, no recuerdo donde estaban mis hermanas a la llegada de mi padre pero yo salí a recibirlo.

-Mi chiquitina, ¿dónde está tu madre?

Levante los hombros con cara de desconocimiento, el rió y me tomo la mano.

-Ya que nos dejaron solos, chiquitina, vamos a pasear- y así salí a la calle, a la que no me asomaba desde hacia varios meses, de la mano de él.

Caminamos varias calles, percibía que el mundo había cambiado: en el desconchado y las manchas de sangre en las paredes causado por las balas, en el miedo y el aire frío que salía de las casas deshabitadas, en el olor ácido de la muerte que aparecía por aquí y por allá. Mi padre, que no soltaba mi mano, miraba atento cualquier signo de rebelión o polvo lejano, escuchaba a lo lejos para sacarle información al viento que pudiera ser nefasta o peligrosa y yo caminaba sin miedo y sin preocupación por primera vez en lo que me parecía un largo tiempo. A su lado nada nos haría daño.

Fueron solo tres calles y en la esquina encontramos al hombre de los helados, nos acercamos y le solicitamos dos barquillos con nieve de limón, despacio (después de pagar seis centavos) dimos media vuelta para volver sobre nuestros pasos. Caminamos en medio de la calle sorbiendo el helado y su frío llegaba al centro de mi frente, a mi padre le pasó lo mismo, nos miramos y reímos de nuestra amable desventura.

-Chiquitina eres hermosa.

Ya veía el zaguán de nuestra casa, mi madre esperándonos preocupada en el umbral, caminamos esa última calle hasta el hogar sin miedo y sin prisa.

-Ese día fui feliz.

Eran las cinco, la abuela se levantó de la mesa y, en silencio, subió como de costumbre a su habitación.



Arturo Herrera ©

domingo, junio 15, 2008

Elementales

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El aroma se añade bien al mar,

la rosa hendida por la roda.

El dolor radica en el amaro

en el viento oscuro de la mora.

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El aroma se añade bien al fuego,

el clavel herido por azogue.

La muerte mueve lento al ruego

en el río que llora sin desfogue.

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El aroma se añade bien al viento,

el tulipán cortado por lo cierto.

El placido flotar del gerifalte

en la paz serena del desierto.

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El aroma se añade bien al cieno,

las orquídeas que mueren en la leva.

El silencio fenece con el trueno

del menhir que brota de la gleba.

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Arturo Herrera ©


sábado, junio 07, 2008

Bajo el puente


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▬ ¿El chupacabras es una especie de vampiro tercermundista?

▬ No amigo, es un espejismo del hambre.

▬ Entonces, ¿no le tienes miedo?

▬ Qué puede comer, estoy en los huesos ▬ fue la respuesta de Romualdo mientras acomodaba sus cartones debajo de este puente desvencijado y cantaba ▬ un cartón hacia el norte para evitar el frío, otro debajo de mi cuerpo para la humedad del amanecer y un tercero lleno de periódico donde hacer mi nido.

▬ Soy nuevo en esto Romualdo y los rumores dicen que este “espejismo”, como tú dices, se come a las personas sin hogar.

▬ Entonces estamos salvados ya que nuestro hogar es el cielo estrellado.

▬ ¡Hablas tan raro!

▬ Es culpa de la universidad

▬ ¿De verdad eras profesor de matemáticas? ¿Qué te pasó?

Me aburrí de los alumnos mediocres y ahora tengo tiempo para leer poesía.

▬ ¿Pero, por qué?

▬ Me hacían preguntas estúpidas, como tú… comprenderás.

▬ Oh… ¡Ya!

▬ De verdad, las preguntas eran tantas, tan estúpidas y tan frecuentes que perdí el interés y comencé a responder lo primero que se me ocurría. Al principio fue divertido y me reía todo el tiempo pero esto molestaba a los alumnos y se hartaron. Descubrí que los profesores dependen de la buena voluntad de los alumnos.

▬ Te acusaron.

▬ No, en la evaluación semestral quedé mal calificado.

▬ ¿Te despidieron?

▬ No, primero vinieron las preguntas de los profesores, de los rectores y como eran estúpidas seguí el mismo patrón.

▬ Ah, ¿y qué pasó?

▬ Lo lógico, me mandaron a descansar y me pidieron que visitara a sicólogos de la misma universidad.

▬ ¿Y?

▬ Mismas preguntas, mismas respuestas.

▬ ¿Y te despidieron?

▬ No, me despidieron cuando les dije que yo inventé al chupacabras.

viernes, mayo 23, 2008

New Orleans, el epílogo de la luz



Hace años, antes de que se cumpliera el milenio, conocí por accidente a la mujer más bella del mundo. Fue el resultado de un sinnúmero de coincidencias que se acumularon para encontrarnos, solos y receptivos, en un momento específico de nuestra respectiva historia.

La reunión era nocturna, la invitación decía para mi desgracia; media gala, caminé horas tratando de encontrar un traje negro de mi gusto, lo encontré ya avanzada la tarde y tuve que incentivar con cientos al sastre para que las composturas fueran rápidas.

La galería en el poniente era la más reputada de esta parte rica y nueva de la ciudad y presentar un libro en ella era un privilegio casi de la realeza, mi muy pequeña participación en este ejemplar fue la traducción del latín (realizada en los viejos días de preparatoria) de pequeñas frases de Cicerón y la buena memoria del autor, condiscípulo y amigo mío desde esas fechas, que me colocó en sus agradecimientos y como presentador.

Por amabilidad, Roberto,el autor, me pidió unas líneas para iniciar la presentación que tendría que leer aterrado en el proscenio colocado para el efecto, que decían más o menos esto:

Roberto, amigos todos:

Al momento en que me solicitaste unas palabras para la presentación pensé y no es soberbia. ¿Cómo decirte que la historia que presentas “New Orleans, el epílogo de la luz” me atrapó desde la primera línea? ¿Cómo explicar ese encantamiento de la mente, mi mente, a la que el texto llenó de imágenes? Ese camino desde la librería, por sugerentes destinos (que parecen terminales) hasta el hotel donde, casi como si no sucediera, se devela paso a paso el misterio, la historia.

Ya no diré más, los interesados que compren el libro.

Sólo quiero añadir, como lo he hablado ya con Roberto tantas veces, que esto de escribir es un asunto muy divertido, quien dice que es doloroso y difícil lo dice para los críticos (en el primer momento escribí crípticos pero creo que son sinónimos) y se termina al colocar, simbólicamente, la palabra fin.

La Literatura es otra historia, esa comienza cuando se da el salto al vacío que es publicar, cuando se le da potestad al lector para que haga con nuestro texto, casi nuestro hijo, lo que quiera, que lo recuerde o que lo olvide, que lo ame o que lo odie y cuando el escritor es muy afortunado que le cambie la vida. Pero esto ya no se debe al escritor. Se le debe al lector.

Muchas gracias.

Alcé la vista del papel y encontré los ojos más profundos y sensuales jamás vistos que pertenecían a una desconocida sentada a unos pasos de mí; verdes, azules, púrpura, violeta, no podía definirlo. El resto de los atributos tan agraciados como los ojos pertenecían a una trigueña (dirían los griegos) cuyo cabello color caoba refulgía en la noche y enmarcaba justamente un rostro con los destellos dorados del durazno, el cuerpo delgado y propio (todo era de ella) con formas que a los estilistas de ahora parecerían rubicundas pero que yo las percibía perfectas. Pero no importaba sus ojos hechizaban.

Pasaron minutos extensos donde se escucharon agradecimientos y palabrería inconexa al respecto del autor y su libro, todo parecía extraño y sólo esos ojos que no me soltaban eran reales, el mundo se detenía y mi pulso a cada momento se aceleraba más.

Terminó como empezó, abruptamente, y nos dispusimos a festejar, ahora como se debe, la publicación novísima; salté casi poseído hacia las bebidas y tras los hermosos ojos.

Quienes me conocen saben que no soy un abierto parlanchín ni muy avezado en las dotes del cortejo. Algo pasó, le hablé, le mencioné su belleza, su encanto; le divertí con frases jugosas y de juego; le describí mi modo de vida hasta convertirlo en caballeresco; le encomendé mi felicidad y le advertí que sin sus ojos terminaría en la ruina y ella reía.

- Mina.

- …

- Editora de una pequeña revista en el norte del país.

- …

- Un curso de capacitación esta semana.

-…

- Hoy jueves terminó.

-…

- Y regreso a casa hasta el domingo.

- Perfecto - sólo eso dije.

Jueves 8:30 P.M. La noche era tierna y los ojos me atenazaban, hablamos, salimos rápido, sin despedirnos, caminamos un poco, buscamos un taxi, hacia el bajo centro, hacia un lugar de jazz; "El Cuac-tro”.

Sonido, lugar y música son de perfección absoluta, nos preguntamos en dónde nos gustaría estar y decimos los dos, al unísono, “aquí y en este preciso momento”.

Jueves 9:45 P.M. Salimos de nuevo a la noche, ya más fresca y con un viento casi primaveral que electrificaba la piel. Le pregunté si quería escuchar más música.

Sin esperar respuesta tome le teléfono y marqué.

-Luis, amigo, necesito ahora mismo un par de boletos para New Orleans, ¡sé que puedes!

Escuchaba el rechinido de los dientes de mi amigo mientras mascullaba una disculpa, al mismo tiempo le pregunté a Mina si tenía pasaporte y visa; la respuesta fue afirmativa y con unos ojos (esos ojos) abiertos como lunas y sonrientes.

-Vamos amigo, sé que sí, ¿cuándo tienes que pagar los boletos? ¿Para el martes?; ya estaríamos aquí y puedes pasar el mismo lunes a mi oficina por el efectivo. Bien, ¡eres el mejor agente de viajes que conozco! Una cosa más, ¿Recuerdas el nombre de aquel hotelito al que me mandaste hace un par de años? Bien, confírmame dos habitaciones contiguas. ¡Ese es mi amigo! ¡Salimos corriendo! El nombre para el otro boleto es Mina…

- Corre, hermosa, tenemos que llegar al aeropuerto en cuarenta minutos.

A la velocidad del rayo tomamos un taxi y nos encontramos en la sala de espera del aeropuerto sólo treinta minutos después.

Ella decía – ¿así sin ropa? ¿y mis cosas en el hotel?

Tomé de nuevo el teléfono y llamé a mi secretaria.

-¿Adriana? Sí, ya sé que es tarde, mañana por la mañana no estaré en la oficina. Mueve todos los compromisos para el lunes y por favor, recoge y guarda las cosas de la señorita Mina que están en el hotel… y págalo, sí, sí, sí y no permitas que utilicen el pagaré de la señorita. Gracias mil Adriana. Nos vemos el lunes, por cierto, prepara para Luis efectivo suficiente para dos boletos de avión, sí, él te dará mañana los datos.

10:30 P.M. El avión a tiempo y casi vacío despegó hacia la ciudad más bulliciosa del mundo.

El horario y la ciudad nos recibieron como suyos, caminábamos ya por la Bourbon Street cuando descubrimos un pequeñísimo hostal “L’Coulombine”, la comida se percibía excelsa (ya por el hambre, ya por el momento), cenamos como si fuera la última y una hora después de nuevo en la calle encontramos uno de los innumerables sótanos donde se toca jazz en esta ciudad.

-Mira, “Ash Club” tiene que ser tuyo - dijo sonriendo.

La música sonó: flugel horn, sax barítono como Parker, guitarra con ese extraño aditamento que parece un dedo metálico y voces, dos en específico: la de él, muy de Armstrong y la de ella, casi contralto, que emanaba de un pequeño y joven cuerpecito que imitaba a la perfección la voz de la Vaughan.

Viernes 5:50 A.M. Justo antes del amanecer. El hotelito que yo recordaba era perfecto, techos de zinc y balaustradas de hierro forjado que asomaban a la calle donde el balcón superior daba sombra a la acera. Sólo en New Orleans.

“D’ambassadeur-vacancy” decía el pequeño letrero luminoso del frente. Casi al alba llegamos hasta su cuarto y nos derrumbamos de cansancio y sueño.

Desperté para cenar, mi hambre era homérica y traté de despertar a Mina, fue imposible, sólo emitía pequeños murmullos cuasi felinos, me duché, me vestí y redacté una nota que dejé sobre la mesilla de noche, salí de nuevo a la calle, pedí en recepción que no la molestaran y que me indicaran un buen lugar para comer, tras hacer los arreglos para que nuestros comunicadores de una vía funcionaran aquí, quedé satisfecho y me lancé a la calle.

Encontré al pasar un hermosísimo vestido azul, que me parecía de su talla, ropa interior de algodón para ambos y una dependienta fenomenal que se encargó de mandar todo directo a la recepción del hotel.

Caminé al lado del falso sepelio escuchando la música durante un buen rato y descubrí un pequeño bar con alimentos justo en la calle que va directo al SuperDome. Como todo en esta ciudad el lugar estaba atestado y con toda clase de personajes, me acerque a un taburete, pedí algo de beber y una colación del día. Con unos dólares menos en los bolsillos el regreso me llevó más tiempo del que pensaba y ya la noche se instalaba cuando llegué a la entrada del hotel.

Viernes 8:15 P.M. Entré a las habitaciones, vi el vestido sobre la cama y me asomé al baño, nada, caminé hacia la otra puerta y en la penumbra recargada sobre el barandal de hierro se insinuaba la figura desnuda de Mina asomada hacia el vacío y con la mirada puesta en la pequeña luna que iluminaba ahora torpemente las avenidas.

Sonrió al verme y con un movimiento felino cayó sobre mí, ya repuesta del cansancio del día anterior, desperezó con besos y caricias sus adormilados murmullos mañaneros, nuestros besos eran unísonos y nuestros movimientos especulares, llegábamos al inicio y finalizábamos de nuevo. Ahí, hora tras hora recorrí caminos desandados a tientas, rememoré antiguos conocimientos y descubrí a ese felino dentro de ella que se agazapaba y me cazaba como si fuera tierno cervatillo, para luego convertirse en la víctima propiciatoria de mi sed de ella, mi sed de su ser, mi sed de sus ojos.

La besé de la nuca a la frente por la vía larga, me beso de lo ancho a lo convexo y la encontré en algún momento en dos océanos, fue una noche larga y provechosa donde los primeros rayos de luz durmieron nuestro merecido cansancio.

Sabado 7:15 P.M. Volví a la vida ya de tarde en este sábado ordinario, desde hacía mucho tiempo no dormía doce horas de corrido, me dormí de noche y desperté lo mismo. Mina sentada a la orilla de la cama esperaba pacientemente, de azul, mi despertar; había bajado al lobby y descubrió una pequeña tienda para caballeros donde compró un hermoso (y fino) pantalón y una camisa holgada ambos de lino.

Ataviados con los gustos del otro nos adentramos en la noche del golfo para buscar música y alimento, fue muy corto el tiempo, existía una urgencia para regresar que nos llenaba los ojos, esos sus ojos intensos, que nos cerraba la boca y nos hacía palpitar.

Comimos y salimos disparados hasta la cama del hotel donde repetimos, casi de forma idéntica, el amoroso abrazo de la noche anterior, sólo pequeños detalles parecían diferir, las marcas obscuras debajo de los ojos, sus facciones ligeramente más afiladas, ese brillo extraño de su sonrisa a la luz de la luna y esa mirada de deseo primigenio que en algunos momentos se intensificaba.

Nos amamos ahora sí como nunca, como siempre y dejé las cortinas descorridas y las ventanas de par en par, no deseaba dormir sino sólo descansar para besarla con la aurora.

Domingo 6:02 A.M. No quería abrir los ojos pero ya sentía que el amanecer entraba por la ventana sería la primera vez que observaría a Mina a la luz del día, me giré sobre la cama, encontré sus ojos tristes y una sonrisa que sólo podía describir como agradecida y mortal.

En ese momento el sol tocó su hermoso rostro que se tornó sombrío al instante y con horror vi cómo su cara y su cuerpo se pulverizaron y convirtieron en una ceniza gris que una súbita ráfaga de viento arrojó lejos de la cama.

Me levanté de un golpe y años de conocimiento occidental se agolparon en mi cabeza, me dirigí directo al baño, y así, desnudo revisé palmo a palmo mi cuerpo para tratar de encontrar cualquier herida o perforación que yo desconociera.

Respiré aliviado y agradecí a la mujer más bella del mundo su amor y su sacrificio.



Arturo Herrera ©

jueves, mayo 15, 2008

Las botas II


Sonó el teléfono celular de Dolores y nos avisó a voz en cuello ▬ Es la Britney, tírenle las llaves para que suba.

Justo en el momento que se nos informaba la llegada del escote corrí por el pasillo a gran velocidad para alcanzar el llavero antes que todos y llegué al límite para cruzar la sala y dirigirme al balcón. Me parecía escuchar el rechinar de los dientes del viejo al deslizarme en silencio con mis botas sobre el parquet recién pulido.

Salí al balcón a toda prisa para poder observar desde aquí arriba los pechos de la niña, tal vez, con demasiada prisa. Comencé a sospechar que algo estaba mal al golpear el barandal con la cadera sin detenerme en ese momento, giró el mundo y yo con él. El intervalo que duró mi recorrido hasta el suelo se amplió con cada segundo y me dije ▬ Gómez estás jodido.

Desde treinta metros sobre el suelo podía verme así, con botas, chiquito y ensangrentado. Hacia la derecha, el viejo y el Pecas, con ojos de espanto, trataban de encontrarle sentido a mi mágica desaparición, la Britney, abajo, emitía aullidos descontrolados que, desde mi posición estratégica, permitían ver el vaivén de sus generosos pechos. Dolores llegó al balcón y con extraños movimientos de las manos limpiaba sus lágrimas y recordaba, quizá, las últimas dos semanas de amor desenfrenado.

La vida era fácil, morir lo fue más.

sábado, mayo 10, 2008

Cuarteto

Noche Vieja

El frío era todo, adormilaba.

Cerrada hasta las cañas la tapa aún dejaba pasar el aire; allá arriba en la cocina se escuchaba el ajetreo normal para un festejo de noche vieja; aquí abajo en la coladera, en el albañal, Crucita se pegaba al tubo de agua caliente para recibir su calor y transmitírselo en míseras gotas de calostro a Junito que nació el 24 y todavía no lloraba.

Chema buscaba en los despojos algo comestible y encontró una botella casi llena y con el corcho roto, la etiqueta rezaba “Chateau Laffitte, 1955”: sería su brindis de noche vieja. ¡Salud!

Yo no sé qué soy

▬ Yo no sé qué soy, Señor, sólo sé lo que es el hambre ▬ dijo Teobaldo y avanzó dos pasos más con la escoba ▬ soy el hambre, Señor, no recuerdo un día sin ella ▬ continuó ▬ esa hambre porfiada que no te suelta, que te muerde aquí dentro, Señor, las tripas.

▬ ¡Cuidado! ▬ gritan atrás y se escucha acercarse veloz y violento a un auto con un adolescente al volante ▬ hay que cuidarse de los borrachos y los niños que conducen a esta hora, son un arma cargada y sin consciencia ▬ asevera el Patotas.

▬ En este trabajo hay que tener reflejos ▬ sonríe la Meme al tiempo que ejecuta una cabriola para evitar la embestida.

Teobaldo, la Meme y el Patotas son la retaguardia del equipo de barrenderos que día a día limpian el Viaducto, son los experimentados, los avezados en estas lides que requieren dos sapiencias, el reflejo de un torero para esquivar los autos y los brazos de un atleta para barrer los kilómetros que les tocan antes del amanecer.

▬ Yo soy el hambre ▬ repite Teobaldo como todos los días hasta que termina el turno y se dirige al café de chinos que se encuentra a la vera del arroyo vehicular ▬ yo soy el hambre, Señor, ▬ le dice al personaje imaginario que le ha llevado varias veces al siquiátrico ▬ y cállese que no me deja trabajar.

Habitación

Despierto en la pequeña habitación que me cobija, arriba y abajo hay amigos que están el la misma situación; solos y pobres nos adueñamos de esta edificación antigua y descuidada… un viejo teatro; solos y pobres comemos la basura en los supermercados; solos y pobres viajamos en el metro sin pagar y expuestos a la ruda autoridad.

Pero la vida es bella, no es el hecho de robar, es la vitalidad que se siente al huir del “Poli” desmedido, es el momento mágico cuando se estrella el escaparate, es vivir marginal.

Milady vive aquí hace ya un mes, flaca y translúcida, es hermosa y nuestros cuerpos se acomodan bien, ese calorcillo que sentimos al acercarnos. El Munch dice que es pura lujuria, para él todo es lujuria. No es así, hay algo más que cuerpo en ese calorcillo, hay dulzura y pan, hay sentido.

Los cómicos de la platea superior se ríen de nosotros, les divierte nuestro movimiento espasmódico como a saltitos. En ocasiones extraño la privacidad, tocarse y que te vean parece desmedido.

Milady fue rubia, así aparece en su fotografía, la droga y el hambre han hecho su trabajo, ahora es… Bella, a mí me lo parece.

Tal vez cuando sea vieja, cuando cumpla veinte, ya no me gustará, ya no será bella. Ahora es.

¿Ya está la luz?

▬ ¿Ya está la luz?

▬ ¡Ya está la luz!

Es tan hermoso ver la luz, te acercas y encuentras todo despejado, te mueves sin cuidado y sin miedo, te conoces por fin. El resultado un hogar amplio, cómodo y céntrico, para no deambular por la ciudad.

Antes de reptar por el nicho de la telefónica y encontrar este vacío, antes de robar la energía, antes de la luz. Vagábamos días y noches, vagábamos hambre y desconcierto. Lo llenaremos poco a poco, lo alumbraremos.

Los hogares del estado son aburridos, no podemos hacer nada, nos atan si no hacemos caso, nos maltratan, nos ignoran y no se puede hacer el amor.

Quiero tanto al Verrugas. Le digo ▬ Ándale “Verr” tócame, tócame los pechos aunque nos vean. Él, penoso, sólo mueve la cabeza y se voltea a otro lado, pero si en la tarde consigo algo de comer se pega a mí como huérfano y mascota, como amante feroz y desalmado. Ahí aprovecho o me da “calor” o no come

Y él me dice ▬ Órale “Muchita” apúrate que ya tengo hambre.

Nuestros días son de búsquedas, casi nunca de encuentros, desandamos los andenes, recorremos callejuelas y nos acercamos a los supermercados esperando que no exista un “acuerdo” con los basureros y nos permitan hurgar en los primeros tiraderos. Es un paraíso, encuentras cosas tan frescas, tan lindas, tan sabrosas. Y ahora al terminar vamos al hogar. ¡Como un trabajo de oficina!

Descubrir este lugar fue una suerte. Justo al lado del “preciso”.

Y si en la calle te preguntan ▬ ¿Dónde vives?

Uno puede responder ▬ ¡En el Palacio Nacional!


Arturo Herrera ©

domingo, mayo 04, 2008

Haiku II

VI

Recto sendero

donde cae suave polvo

lágrimas secas.

VII

La muerte oscura

que iguala tu rostro;

humo y espejo

VIII

Miro un lucero

desde el este en llamas

pluma y serpenta

IX

Ome teotl

ipalnemohuani

tlaxocamati

X

Rosa difusa

si te miro existes,

vetusta idea

.

Arturo Herrera ©