jueves, mayo 06, 2010

El ruido es tanto


El ruido es tanto.


En el mar, en la calle, en el abismo

rechinan los dientes, las astillas;

buscas la piel dulce y salada

la boca que huele a parafina.


El ruido es tanto.


Huye el silencio, lloran,

rentas caricias, gimes,

para ensanchar el mutismo

que se muere.


El ruido es tanto.


Caminas en espiral

siempre a la izquierda

minotauro,

rotas silente y no te encuentras.


El ruido es tanto.


Hombro pegado al muro

carne hollada,

lágrimas que hunden

el barco de los locos.


El ruido es tanto.


Roto el muro, los pedazos
no encajan en su sitio,

así la mente fracturada

pierde el piso, amurallada.


El ruido es tanto.


Levantas los ojos, rememoras,
aspiras letras de otro;

del poeta,

rompen las aguas.


El ruido es tanto.

Ruge el viento rapaz
y encubre la mudez de la palabra;

no hay oído avizor,

pirata que robaste la mar calma.


El ruido es tanto.




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martes, abril 20, 2010

Diez cosas que prefiero y otras diez


Diez cosas que prefiero:



Retomar el hilo que conseguir nuevo carrete.

Un café platicado que dos alcoholes y canto.

Una buena argumentación a dos artículos de fe.

Una amiga perenne que dos amantes esporádicas.

El sexo carnal al amor romántico.

La memoria licenciosa a la verdad escrupulosa.

Un buen hotel que una suegra curiosa.

Un ateo filosofal que un religioso fanático.

Una de cuarenta que sepa a dos de veinte que aprendan.

La alegría de vivir a la pena de obtener.



Otras diez cosas que prefiero:


Un café a una copa pero nunca a dos.

La certeza de que la tormenta, por más feroz que sea, termina a la incertidumbre del momento.

Un día cualquiera a un onomástico.

Un slow a un rapidito.

Unos ojos que te miren a muchos que te admiren.

Un buen juicio a una hilera de prejuicios.

La inteligencia que busca la felicidad a la genialidad que termina en tristeza.

La valentía de decir no a la temeridad de aceptar todo.

Esperar nada a las expectativas no cumplidas.

La soltería multimodal a la pareja unidireccional.

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miércoles, abril 14, 2010

El sentido de la vida

El sentido de la vida es que no tiene sentido. Estar (ser) en ella y elegir dubitativamente el bienestar lleno de altibajos y sobresaltos. Llenarla de azar y circunstancias. El efecto que nuestro propio existir produce en este mar de vida toca con sus ondas a múltiples personas, en algunos casos éstas se hacen mínimas, se modulan, y producen una zona calma y bruñida donde nada se mueve, en otras se amplifican y forman tsunamis inverosímiles. Tomemos ahora perspectiva, levantémonos hacia el cielo y volvamos la vista hacia ese mar plagado de individuos, enfoquemos a uno, el más pequeño, que se mueve un poco hacia su izquierda, por intuición, otro, se mueve también y así se forma un río de seres que se acercan o se alejan en movimiento constante. Nuestro cerebro que está hecho para encontrar patrones identifica este movimiento como algo consciente y volitivo, como un ser de múltiples cabezas que se mueve con intención propia. Solo es biología, como los grandes cardúmenes que se mueven, al parecer al unísono, ante circunstancias exógenas o solo es física ya que dos cuerpos no pueden ocupar el mismo espacio al mismo tiempo. Si tenemos una pelota en nuestras manos y la arrojamos hacia arriba para después de confrontar a la gravedad ésta caiga en una gran mesa con mil pelotas numeradas, una y otra vez, es seguro que nuestra pelota no las tocará en el mismo orden ni en el mismo momento. Si acotamos el experimento y logramos, por medio de una máquina, hacer el lanzamiento siempre igual, tampoco sucederá el mismo orden. Será posible sólo cuando logremos mantener todas y cada una de las variables fijas. La vida no es así está llena de azar y circunstancia (de variables). No hay deidad conductora, no hay senda ya formada, no existe el universo conspirador que dirige causalidades; existe, sí, un sinnúmero de eventos posibles para cada momento dado, que se definen por el azaroso paso de nuestra vida cuando toca las ondas emitidas por los congéneres y la circunstancia del instante que es irrepetible. Ayer compartí una agradable tarde con una mujer interesante y hermosa, los vericuetos de vida para darnos cita en ese lugar y hora exactos (casi) exceden el poder de mi comprensión, el gozo de sumergirse en sus ojos oscuros y escuchar una historia llena de azar y circunstancia vuelve al propio evento posible pero escasamente probable. Entonces, el sentido que deseemos darle a la vida es eso, una posibilidad apenas probable o una probabilidad raramente posible. Ya realizado el hecho es difícil pero existe la capacidad de rastrear todo el trayecto que nos llevó hasta él. Preguntarnos: ¿Por qué o para qué estamos aquí?, o ¿qué sentido tiene la vida? tiene tal cantidad de respuestas posibles que enumerarlas nos llevaría la vida completa, cuando llenarla de azar y circunstancia, descubrirla con curiosidad y sorpresa, ante el infinito número de variantes, harán que las elecciones tomadas, aunque con grandes dudas, sean relevantes para nuestro bienestar.

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martes, marzo 09, 2010

Cetus



Andrómeda llora y no entiende, los grilletes laceran su carne, sola frente al mar como un faro inamovible, su belleza hiere el horizonte. Cetus, el monstruo, en comisión vengativa se enamora, palidece, petrifica y muere. Otro tomará su sacrificio como victoria. Esa es la historia, el falso mito.


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martes, marzo 02, 2010

Mercurio vuela


Mercurio vuela apenas por encima de la grama que separa los carriles de ida y vuelta, vuela cada viernes al local que vende aviones miniatura, o al comercio que tiene dulces a granel, con el botín atesorado vuelve sus pasos, siempre en el centro, hacia el portón de cristal que le dará resguardo.

El vestíbulo es azul y la pileta triangular recibe galletas en pedazos que alimentan a los peces naranjas con ojos saltones, vuela ahora por lozas calcáreas con diminutos fósiles jurásicos hasta la escala que en espiral, sube los cinco pisos del Olimpo, sube sin tocar los escalones, casi sin ruido, y sigiloso pasa frente a su hogar numerado con el nueve en la segunda planta; continúa hasta la cima, el dieciocho, un penthouse que abarca casi la entera superficie del edificio.

— ¿Están Eros o Diana?—pregunta a Pétrea la mujer de servicio.

— ¡Hola joven Mercurio! Los jóvenes no están, sólo la señora que se está bañando.

—Déjame tocar la espada, por favor—suplicó y Pétrea le franqueo la entrada.

Sube en silencio los cinco peldaños que separan el estudio de la estancia principal, Herostates colecciona arte y objetos orientales entre los que destaca una katana del siglo XVI, sostenida la vaina apenas por un soporte de madera, la espada curva parece más un arco que una hoja, el mango rematado en cuero oscuro está ahí para ser tomado y permitir desenfundar la mortal arma.

El silencio se rompe con pasos en la estancia, su pequeño tamaño, apenas nueve años, le permite colocarse detrás del biombo decorado con caligrafías japonesas justo antes de escuchar el crujido del maderamen de los escalones que dan acceso al estudio prohibido.

Afrodita, la madre de sus amigos, aún húmeda se planta al centro de la habitación y se mira en el gran espejo de la pared contraria. Ensimismada, deja caer la bata de seda y se enfrenta dichosa con su imagen. Del cabello se desploman algunas gotas en dos sentidos, por el frente bajan con lentitud hacia los senos, detienen su paso un poco en la rugosa aureola y se cuelgan, desesperadas, en el pezón erecto, para despeñarse por fin y desintegrarse en la cálida duela. Por detrás, ruedan sigilosas por los hombros y forman un riachuelo justo en el centro de la espalda para hundirse en el profundo cañón que forman sus redondas nalgas, se sostienen, por último, en los ensortijados rizos para unirse por fin en el piso con sus hermanas.

Mercurio, ambivalente, siente terror y frío que recorre la espalda y un agradable calor que surge desde el centro de su vientre. Ve llenarse gota a gota el charco a los pies de Afrodita, ve sus dos caras, su dorso a unos metros y su frente reflejado en el espejo, ve la piel que se eriza, ve el movimiento acompasado del vientre, ve las manos que se acercan al sexo y a los senos, ve el cambio del hálito, ve la contracción involuntaria de los músculos de las piernas, de la espalda, escucha atento. La violencia de su mente aumenta la presión de sus manos en la bolsa, de papel barato, que envuelve su tesoro. Ella cede y se desfonda. Un río de caramelos redondos y multicolores se esparce a los pies de la mujer.

— ¡Mercurio!—susurra Afrodita sorprendida y sonriendo se reclina y toma un caramelo rojo que ha quedado justo en el centro del charco. Lo lleva a su boca y lo degusta.

Mercurio vuela apenas por encima de la duela, vuela más llevado por la mano en su barbilla, se acercan las bocas, se tocan y el caramelo ha sido intercambiado con un hábil movimiento de la lengua; con este acto, como soplo divino, Mercurio adquiere audacia, inteligencia y vuelo.

— ¡He llegado!—suena la voz adulta y potente de Herostates. Con movimientos lentos y deliberados Afrodita, aún con la mano en la barbilla, arroja al niño al vacío.

Mercurio vuela lento, busca tres pisos más abajo, la ventana abierta de su cuarto, entra, llega a su cama y desciende. Termina el caramelo y feliz piensa en el futuro.

Pintura de Eduardo Anievas Cortines; -4- Remembrance...of you, in a mirror.

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miércoles, enero 06, 2010

Se nos fueron...

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Se nos fueron las alas al abismo

caminamos el cordel entre dos aires

lozana tez de los primeros besos

verbo de fe y carne alucinada

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se nos fueron las pieles infantiles

transitamos el mundo y extraviamos

el destello feraz de las miradas

en la niñez apenas acabada

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se nos fue el momento inaprensible

perdimos alas, piel, sustancia y tiempo

sólo nos queda la chispa primigenia

que brilla aún, igual que en la alborada.

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jueves, diciembre 31, 2009

What are you doing new year's eve?

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¿Qué haces o qué piensas en la noche vieja, la víspera del año nuevo?
¿Recuerdas los propósitos pospuestos?
¿Revives las alegrías acumuladas durante el año?
¿Rememoras a las persona que ya no están?
¿Hay palabras que no deberías haber dicho?
¿Hay sentimientos que tenías que expresar?



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Somos hijos del sol y aunque arbitrario, como casi todo lo humano, festejemos este inicio de ciclo con alegría y esperanza.

Para mis cercanos, estén aquí a mi lado o separados por miles de kilómetros, mis deseos de buenaventura, parabienes y bienestar, un abrazo apretado y un beso tronado.

lunes, diciembre 28, 2009

María, cómo me dueles corazón


Carta-poema escrita por Marlon Brando, en español, para María Schneider encontrada por Bernardo Bertolucci bajo el mueble roto del atelier parisino al terminar el rodaje de “El último tango en París” y dada a conocer después de la muerte por sobrepeso del actor para evitar suspicacias. Al final María es ahora una rotunda cincuentona.
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María, cómo me dueles corazón

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el témpano de fuego se aposenta
las lúbricas miradas de los otros
traspasan las paredes del desván
María, cómo me dueles corazón
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la argenta ventana nos expone
a pasivas pupilas que se avivan
desde el muro voyeur del atelier
María, cómo me dueles corazón
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tan sabia desde niña y erudita
completa te reviertes en la tina
destella el centro húmedo en París
María, cómo me dueles corazón
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tus años y los míos se desentienden
mis besos y los tuyos se enfurecen
tu vista de ménade se opaca
María, cómo me dueles corazón
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me partes cuando sales con tu novio
me rompes si sufres con razón
me hieres si vuelves orgullosa
María, cómo me dueles corazón
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te amo con besos y mantequilla
te toco con manos de carbón
tu espalda en una última mirada
María, yo sé que duele corazón.
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Nota: Todo en este texto es ficción (escrita para la consigna 131 en el Foro Perras Negras).
Feliz día de los inocentes.
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martes, diciembre 15, 2009

Pequeña muerte


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Respiras agitada, pupilas distendidas, una gota de sudor entre tus pechos, exhalas, te desprendes; el alma (prueba clara de que existe) se eleva a un palmo de tu frente, ruges silente en cada movimiento o llamas a la carga a voz en cuello o pronuncias una oración entre murmullos. Te mueves lento, te sofocas, vibras al compás de un diapasón fogoso, te aferras y garras de cristal toman tu vientre. No estás aquí, trasciendes el espacio, el tiempo, el universo. Cascadas de aguamiel entre tus pétalos confirman tu ausencia, tu escape, tu agonía. La nada.
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Mueres un poco y el ansia de existir no se termina. Por fin vuelves al mundo, una pequeña sonrisa (antes mueca que parece de dolor) asoma leve en tus labios y retomas el fragor como en combate. Doncella ungida, te encaminas al abismo arrebolada. De nuevo, te ausentas exigente y como el campeador, muerta y aparte, ganas con un suspiro la batalla.

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Por la foto: Dánae, G.Klimt, 1862-1918

martes, julio 28, 2009

Cosas de la edad

Rumiando el sinsabor, Remigio caminaba por la acera sin importarle el calor y sabía que por la noche lamentaría esta caminata bajo el rayo del sol. Del astro emanaban invisibles ondas que atacarían sin piedad esa zona delicada justo en la transición de su frente y su cabello cada día más escaso. Se lamentaría, sí, pero ahora lo importante era deshacerse de esta ira reprimida con una larga caminata sobre las aceras de la ciudad.
A los quince minutos, el otro extremo de su humanidad comenzó a solicitar clemencia, las pantorrillas y los pies sobrecargados rogaban por un poco de alivio. – Tengo que dejar el sedentarismo – pensó. Unos pasos más adelante encontró sobre la acera pequeñas mesas, como un oasis en el desierto, listas para recibir su cansada humanidad.
—Un café y un cenicero, por favor—solicitó para dar rienda suelta a dos de sus múltiples vicios, el abuelo decía: “hombre sin vicios no es de fiar”, pero nunca le dijo que por cada exceso el cuerpo, eventualmente, pediría compensación.
Esta zona de la ciudad, a las once treinta de la mañana, no daba tregua al congestionamiento de vehículos y al trasegar de peatones que, como pequeñas manadas de búfalos, se vertían en ambos sentidos como ríos hacia sus respectivas ocupaciones. El sol inclemente, ahora sobre los autos, se ensañaba en los infortunados que recibían la señal de alto en el semáforo de la esquina; eso le permitía a Remigio escudriñar dentro de los rezagados y tratar de descubrir la historia que siempre contaban las personas de esta urbe, si uno era capaz de ver a través de la máscara social.
La SUV contenía a la joven madre que pasaba la mitad del día depositando y extrayendo infantes de las escuelas privadas que aseguraban el triunfo de su progenie. El rictus de su boca presagiaba, además, la descuidada relación matrimonial y el ceño apretado, la hostilidad hacia su madre que nunca le advirtió del denso marasmo en que se convertiría su vida conyugal.
El taxista maduro con parálisis facial que pensó que un título de contador le permitiría ascender en el entramado social para después de tres décadas de trabajo y varios recortes de personal por las crisis sucesivas, se encontró manejando un automóvil de alquiler. El párpado caído, la lágrima involuntaria y el modo en que su dedo índice buscaba dentro de su nariz (como si fuera tras un tesoro) daban cuenta clara del la presión inclemente que sufría para poder sobrevivir.
Una joven, casi niña, tamborileaba sus pulgares sobre el volante de su pequeño y recién acondicionado viejo auto donde el equipo de sonido era más valioso que toda la carcasa que lo contenía, el sonido era tan grave y profundo que hacía vibrar el ventanal del local donde Remigio tomaba su café y la cara de la niña mostraba el placer sensual que sentía aunque no supiera en realidad de dónde provenía, era tal su disfrute que tardó unos instantes en descifrar el código lumínico que le permitía, ya, avanzar con el resto de los nuevos liberados.
Verde, pitido. Verde, pitido, pitido. Verde, pitido, pitido, pitido. Einstein estaría divertido al observar la relatividad del hecho, la luz verde llegaba más rápido a los conductores colocados a mayor distancia y Heisenberg, también reiría, sobre la imposibilidad de determinar en qué lugar y cuál conductor tocaría la bocina en primer lugar. Dos premiados del Nobel enfrentados por sus propias filosofías del mundo, Albert diría en algún momento “dios no juega a los dados” y Werner profundizaría a tal punto la incertidumbre que el azar se convertiría en la deidad.
Remigio tomaba apuntes de la observación de todos los actores que aparecían frente a su mesa, apuntes que se convertirían en partes de sus próximos textos. Unos periodísticos para su columna sobre la vida en la ciudad, otros para personajes de las historias que aparecían en el suplemento cultural del domingo. Aquí y ahora era feliz, observaba el devenir y como amanuense de la vida, pendolista de instantes, escribano de partículas; elaboraba bocetos hechos de palabras que traducían lo cotidiano, lo nimio, en pinceladas de verdad, de luz, de ideología; papel y tinta, palabras y significados.
La ira se había ido con la vergüenza de los análisis y los impúdicos roces de diagnóstico de la doctora en turno, fue palpado hasta la médula. Se había ido el sinsabor de sentirse número. Le hablaba al tótem de ese sopor, del dolor mañanero, de la erosión en uno de sus codos, de la nariz adolorida, de la curva del abdomen al anochecer, de todas sus dolencias y sólo recibía la indiferencia de una cara dura e impasible, el silencio de un fugado de Hipócrates, el correr de una mano aséptica sobre papeles burocráticos. Al final la máscara habló para emitir su juicio.
—Son cosas de la edad— dijo la infantil doctora del centro de salud.
— ¡Centro de salud!—pensó Remigio, mas bien— ¡calvario burocrático!
Porque uno llega ahí como a un templo en espera de que el oráculo, por fin, pronostique nuestra próxima desventura.

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