miércoles, julio 30, 2008

Vocales

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¡Que todos los niños
estén muy atentos,
las cinco vocales
van a desfilar!
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“La marcha de las letras”
Francisco Gabilondo Soler “Cri Cri”

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Signo perdido (a)

Me descubro unido con el peñón, el nuevo embrujo fue enorme y rudo, mover el cuerpo sin sufrir el recorrido duele, duele mucho.
El declive no es muy obtuso, puedo subir lento e introducirme en el primer orificio que encuentre, pie con pie, pedrusco sobre pedrusco, todo mi cuerpo se funde con el muro y siento el rocoso sudor, el sufrimiento. Lo encontré.
Mi gemelo se percibe preso desde los huesos, el conjuro que lo envuelve es de preceptores, existen numerosos hechizos que puedo esgrimir. No deseo herirlo.
Dirijo el índice con pulcritud, pido que todo se solucione bien y nombro el sortilegio - “Zemposúchil”
1- todo se obscurece, todo se pierde, es un hecho.
Mi heterónimo es libre por fin y si deseo conocer su derrotero sólo se requiere leerlo, mi Némesis fenece cien veces con dolor, lento y seguro. Hoy el signo perenne de mi frente dejó de existir.

1.- Cempoalxochitl (náhuatl): veinte flores -- Cempasúchil: flor del día de muertos

Dádiva divina (e)

Como antaño, Isaac, subió por la misma ruta a la montaña para hablar con su dios, los signos y las palabras así lo indicaban. Las ironías pasadas no lo lastimaban, la antigua duda no lo afligía, ahora, tomaría la dádiva divina.

Aguardó, aguardó y aguardó, acostumbrado a sus ruidosos arribos, a sus nuncios; ya imaginaba su aparición triunfal, los sonidos y las fanfarrias para ilustrar su vigor ultra humano.

Aburrido, imaginaba la cualidad otorgada, un adminículo con magia, un visor adivinatorio, un don para agudizar su vivacidad, un artilugio para dominar almas. Así pasaron minutos, muchos para Isaac, y nada.

Dormitaba y soñaba con los mayúsculos trabajos a cumplir, cómo narraría su aproximación al dios, cuándo mostraría su dádiva astral.

- ¿Isaac?
- Sí, mi dios.
- ¿Listo?
- Sí, mi dios.
-¡Ábrala!

La caja abrazaba a una tablilla con la inscripción “E”.
La dádiva divina.


Amuleto (i)

La mañana del sábado pasaba lentamente en el arroyo, las aguas calmas dejan ver el fondo, algo verdoso destella en lo profundo, me zambullo como flecha hasta el fango para tomar este metal de forma recta. Salgo para encontrar una extraña lanceta en las manos.
Creo que es un objeto sacro, que me protegerá de la maldad, que será amuleto ante la mala suerte y lo coloco, colgado, en el espejo del auto de renta que conduzco.
Paseo mañanas y tardes seguro con este objeto, es patente que posee una naturaleza de portento.
Una noche, sube al carro una hermosa mujer que se enamora del metal, me ofrece pasta por él pero no acepto, me ofrece más y no me someto, baja con el enojo alojado en su pecho. No puedo más. La llamo y le ofrezco un trato.
Su cuerpo por el objeto. Su objeto de deseo por el que ahora me consume.
Me ve con ojos alegres y juguetones y hace fuego con un arma que me destroza la cabeza.
Negrura.
-¡Todo por este objeto de metal que me gustó tanto! - especula la mujer al alejarse del auto con el amuleto.


Azul (o)

El azar camina lentamente y alcanza siempre a las almas intranquilas, se desenvuelve y sale; cambia las circunstancias, se acumula, rueda y se agiganta, así causa la hendidura, fragmenta la inercia, estalla en miles de piezas. Al despertar entendí.

La vivienda era azul, de un azul resplandeciente, la luz se filtraba desde una abertura en la techumbre cubierta de cristales disímiles que hacían difícil calcular su medida. Me sentía atrapada.

¿Y la rueda blanca? Trataba de pensar y las imágenes se negaban a aparecer, libre de ideas la duda dejaba de existir.

Llegué hasta la barranca, me señalaban en la lejanía alguna entidad que percibía débilmente hasta que la vi, espantaba la ausencia de líneas, una bruma gris que caminaba hacia mí.

Grité, grité hasta cansarme y fue inútil. El ente me tragaba entera y, para mi demencia, sin sufrir.

El azar camina lentamente y alcanza siempre a las almas intranquilas, se desenvuelve y sale; cambia las circunstancias, se acumula, rueda y se agiganta, así causa la hendidura, fragmenta la inercia, estalla en miles de piezas. Al despertar entendí.

Nunca más experimentaré pastillas circulares (nuevas substancias) sin amigas y en el retrete de un bar.


Diva (u)

El aposento era el caos, el olor a tabaco y alcohol desbordaba, el final de fiesta siempre es desordenado. Sobre la cama el movimiento acompasado revelaba el hondo dormir de la cantante.

Esta habitación representaba la realización de mi más anhelado deseo, la intimidad con la gran diva; tocarla, besarla lento toda la noche, ahora la poseo. De frente a ella, en el sillón, observo casi extático ese movimiento hipnótico, la hermosa anatomía crece y decrece al ventilarse, la cabellera negra derrama brillos animales, los pies al abrir y cerrar los mínimos dedos acompañan a la respiración con ritmo erótico, el sexo emite aroma de almizcle y tierra prometida.
Algo falta, ese extraño sentimiento de vacío, de cajete, de dolor prometido por trabajo, de presencia perdida, de cadáver. Sólo eso falla, ese ligero espacio para cerrar la brecha y encontrar el ambivalente, amargo y acaramelado sabor de la separación.

El ritmo decae y abres los ojos, la claridad verde me invade y evita mi pensamiento; estiras felina el torso, dos ojos más (ahora rosas) me lesionan; la sábana al caer te revela silenciosa y fenezco; caminas adormilada hacia mi y me besas; ya no soy me pierdo en ti, esta presencia me absorbe y me desvanece.
Así, al final, el sonido del diapasón nos permitió encontrar la clave faltante; cantas para mí al amanecer, la vida es sólo de nosotros, irresponsables.


Nota: Los cinco textos ya están colocados aquí (en el blog) en diferentes fechas, pero nunca en conjunto y esa es la forma en que fueron concebidos. Sólo poseen una cosa en común: en cada uno de ellos se omitió una de las vocales (la señalada entre paréntesis).
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Arturo Herrera ©

miércoles, julio 23, 2008

Odisea, el epílogo

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De frente al mar y con las piernas cruzadas sobre el taburete, Ulises observa como las llamas devoran los restos del barco que lo devolvió a su patria. Todos los recuerdos de esos veinte años se consumen en la pira. De frente al mar imagina su nuevo futuro.

Penélope es autoritaria, gobernó con mano firme y la regencia la cambió en lo básico, dejó de ser sumisa para convertirse en mariscal, lo hizo tan bien sin él que logró mantener el reino, de ella, fuera del alcance de los buitres.

Veinte años de lejanía lo hicieron guerrero y marino y a pocos días del regreso, restaurado su poder y el matrimonio siente el escozor en las plantas de los pies, ese prurito que impele a caminar, a zarpar de nuevo, a vivir.

Aplacado el demonio de la venganza, el rencuentro nocturno fue hermoso, ya no recordaba los detalles del cuerpo de su esposa. En el nuevo, las curvas descienden presurosas hacia los íntimos pliegues que resuman humedad, los pechos heroicos, enhiestos y abundantes, la boca jugosa que brinda abrigo y lanza frases incomprensibles en el idioma de la pasión. Son veinte años de sueños y se reconocen como extraños, se arrinconan en la memoria para descubrir a estos amantes extranjeros que se han apoderado de sus nombres y de sus cuerpos.

¿Qué hacer con este sentimiento de pérdida que se acumula como las cenizas en el fondo de la hoguera? ¿Ya no saldrá al mar? ¿Caminará en tierra firme hasta el fin de sus días?

No podrá permanecer mucho tiempo aquí. Ítaca se vuelve, a pocos días del ansiado regreso, un lugar de destierro, un lugar donde yacer fuera del mundo, fuera de la vida, fuera de su ser.

Mañana, mañana partirá a otras tierras, a fundar la historia. Ulises el héroe.

viernes, julio 11, 2008

La mirada



Al héroe que todos somos sin saberlo.

Ash

El faro es un estoico del mar

un pie en la tierra y la vista

fija en el horizonte.

A.H.

De pie miraba hacia el oriente, hacia el mar y su ojo destellaba vida. Aparecían en los rompientes las pequeñas medusas con su límpida luz orgánica, los peces y pulpos del arrecife competían desdeñosos por la comida.

El agua azul turquesa siempre calma, todos los días, todas las horas, hasta que el viento, sin aviso, comenzaba a correr desenfrenado, cada vez más rápido, cada vez más mortal. Huracán lo llaman los Caribes. Esto sucedía varias veces al año, derramaba odio, derramaba muerte.

Desde que lo destinaron a esta lejana posición sentía que lo habían abandonado, lo habían dejado aquí tan solo, como se sintió en el momento de perder su ojo izquierdo, todos los logros, todas las batallas ya no importaban, ya no era útil.

La tristeza lo acompañaba todo el día, no importaban las mujeres y los niños, las esclavas y los ayudantes, todo lo que había traído desde casa. Era un inútil, no servía para lo que fue educado, para darle honor a su familia, a su pueblo, a su nación.

El sacbe (camino) al pueblo estaba limpio y cuidado, ellos conocían su alcurnia y su linaje, pero no iba, no tenía gana alguna de visitar a estos provincianos; su tristeza lo inmovilizaba.

Aún no llegaba la media cara de plata que cubriría su deformado rostro, los sacerdotes que manejaban el metal tenían mucho trabajo. Ni siquiera pensaba en salir y exponerse a las miradas curiosas; si no fuera príncipe lo habrían ejecutado.

Los blancos estaban ya aquí y había que mantenerlos fuera del imperio.

La leyenda decía que dejarlos entrar a sus dominios equivalía a la desaparición total de su civilización, existía la otra leyenda, la de Kukulkán, la de los niños, esa de bondad y de sabiduría con la que cualquier adulto sabría de inmediato que era pura fantasía.

Llegaban noticias del sur y del poniente, de los pálidos, de su desvergonzada actitud, de su poca o ninguna caballerosidad, de su falta completa de palabra, es la palabra y cumplirla lo único que hace diferente al hombre de los animales.

Su trabajo, si a esto se lo podía llamar trabajo, era hacer encallar esas casas sobre el agua (no tenía otra manera de nombrarlas) de los hombres pálidos y barbados. Encallarlas en el arrecife, mostrarles el camino con luz, con humo, con sonidos, para que pensaran que un poblado estaba cerca y enfilaran sus casas hacia la espada calcárea.

El cortante arrecife rompería las grandes casas sobre el agua, tiraría sus enormes alas de aire y los aterrorizados pálidos saltarían sobre las rocas, rompiéndose ellos mismos, lo que quedara serviría como alimento para los tiburones que en grandes cantidades poblaban de extremo a extremo el atolón.

Cuando el huracán soplaba, su trabajo era aún más fácil, cegadas y mudas por los vientos, las grandes casas sobre el agua, se rompían en mil pedazos, aún antes de tocar el coral, aún antes de sentir el filo de los pólipos. No habría sobrevivientes.

Este trabajo lo hacia sentir inútil, después de ser el mejor y más grande guerrero de la última década. Aquí vivía con lujos, con confort, pero sus recuerdos lo torturaban día con día, lo confrontaban con su futuro, aquí en la pequeñez, en el olvido.

Cómo pasó y en que momento, nadie lo sabía, un día una nave llegó a la playa, tendría a lo sumo cincuenta hombres y bestias inmensas que despedían olores rancios, armas que brillaban y ningún caballero al mando, nadie llevaba plumas o distintivo que lo identificara como jefe o cacique, sólo esclavos y combatientes de bajo nivel.

No importaba, aquí en el extremo del mundo, y mirando al horizonte tendría su guerra final, su despedida. Moriría como mueren los guerreros.

Los dioses, la dualidad, lo habían premiado y pinchaba su brazo con espinas para agradecerlo. Sería lucha última y no importaba si era contra estos descastados, pálidos y sin tatuajes. No importaba.

En el palacio no tendría esta oportunidad, su único ojo lo descalificaba para luchar. Aquí, aquí su palabra era ley, los habitantes del pequeño poblado vivían para darle gusto, sus sirvientes y ayudantes, todos eran versados en las artes guerreras, hasta sus mujeres pelearían si lo pedía.

Tendría su última guerra, no tendría honores ni cabezas, no habría prisioneros ni esclavos adicionales, sería una guerra final, un regalo de despedida.

Los dejó colocarse de espaldas hacia el mar, mandó a los primeros cincuenta y dos hombres por el flanco derecho, las armas brillantes lanzaron fuego y algunos de sus hombres cayeron, mandó otros más por el flanco izquierdo, también murieron muchos, otros huían. Encontró el tiempo que necesitaban los pálidos para hacer que sus armas destellaran. La siguiente carga sería más rápida.

Había vencido, ya sólo vivían ocho pálidos y la mayoría heridos, ahora tomó su arma, tres palmos de madera con cuatro hojas de obsidiana a cada lado, hermosa, mortal y con su habilidad capaz de partir un contrincante de un solo tajo, avanzó con paso calmo, cortó por la mitad al primero, al segundo con su brillante peto le partió las rodillas y su pie hizo lo necesario con la cabeza y la postrer mirada de su único ojo se la dedicó al arcabuz que a un palmo le voló la mitad de su cara.

Al morir su jefe los ayudantes decidieron acabar con los pálidos restantes, el juego final de su amo costó casi trescientas vidas y el guerrero murió como había vivido. En la guerra. El costo no importaba.

Aquí estaba, ya no miraba hacia el oriente ni hacia el mar y su ojo, su único ojo, de media cara contra el suelo, moría.

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Arturo Herrera ©

Imagen; Galeón. Grabado de Alberto Durero

martes, julio 08, 2008

Bardo, rapsoda o vate

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Con ojo atento al sentir humano,
a gemidos que se oyen tras las puertas,
las risas y llantos vistos a trasmano
son los cuños de las crónicas correctas.
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Rapto atrevido de historias a mano,
de ritos ajenos, de calles repletas,
de valles inhóspitos y coros serranos,
descubro sucesos de vidas completas.
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Divinos demonios se muestran alados,
ángeles revelan sus almas oscuras,
luchas intestinas en mares salados
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son constituyentes de intrigas maduras;
y mi pluma dice: ¡han de ser contados!
Un plagio de vida, ficciones seguras.
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Arturo Herrera ©



viernes, julio 04, 2008

Declaro la guerra



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Declaro la guerra en contra de... China.

Los niños congregados alrededor del círculo dibujado con gis sobre la calle, con escaques periféricos cada uno con los nombres de países conocidos, salen corriendo como rayos de una rueda invisible y a velocidades distintas emergen del centro como el universo después de la pequeña partícula.

▬ STOP ▬ dije, y todos se detuvieron, Blanca la niña de la trenza amarilla y motivo de mi distracción era la más lejana y grité ▬ ocho para Rusia ▬ e inicié a contar los pasos que me separaban de ella. Uno…dos…tres… …siete y ocho. Aterricé sobre su pie y pegó un chillido enorme y preguntaba.

▬ ¿Por qué siempre me lastimas? ¡Te odio! ▬ y salió despedida para su casa. Los ojos de sus hermanas me taladraron la espalda pero ya estaba hecho.

* * *

▬ Declaro la guerra en contra de… Maui.

Blanca y sus hermanas salieron disparadas y nosotros quedamos con la boca abierta ante las apariciones suscitadas por el vuelo de sus pequeñas faldas.

▬ ¿Ya te invitaron a sus quince? ▬ preguntó Alberto.

▬ Ya, su mamá me adora desde que le doy clases de álgebra ▬ respondí.

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▬ ¿Binomio cuadrado perfecto?▬ le pregunté con descaro.

▬ ¡No sé, ya te lo dije!

▬ Me debes un beso ▬ y mi manos buscaron con rapacidad sus piernas, su cintura, toda ella ▬ ¿Binomio de Newton?

▬ ¡No sé!

▬ Otro beso y ya van dieciséis, Blanca, a este paso nunca vas a terminar ▬ le dije amablemente mientras deslizaba con habilidad mis manos por debajo de su falda.

▬ ¿Por qué siempre me lastimas? ¡Te quiero!

* * *

▬ Y yo los declaro: Marido y mujer.

Ese fue el inicio de las hostilidades.

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Arturo Herrera ©

jueves, junio 26, 2008

Fui feliz


En las comidas familiares, la tertulia y las risas se multiplican mientras los giros y los dobles sentidos van de una boca a otra; así son las comidas en la casa de la abuela (cinco o seis veces por año) donde los nietos (seis nosotros y las parejas correspondientes), los hijos (ahora ya sólo nuestra madre) y los cinco bisnietos (nuestros hijos) hablamos y hablamos de cualquier tema, hasta que la tarde muere entre carcajadas.

Es costumbre poco después de comer que la abuela nos diga sonriendo con voz baja y melodiosa.

- Ya son las cinco voy a subir, al fin y al cabo no los oigo.

Esa tarde, casi a esa hora, hablábamos de la última novela de Vargas Llosa o de Kundera, del nuevo premio a Fuentes, de la más reciente película de Hollywood, de mi edad, de la apostura redonda de mi hermano, de la hermosa ropa de marca de mi prima o inventábamos nuevos sobrenombres para definirnos (Sra. Clos, Timbón Cruise, o Gordo Marx) que dependen de nuestro tamaño de cinturón, de la fecha de nacimiento (ahí siempre pierdo), de nuestra barbada papada o de la nueva blancura del cuero cabelludo. Todo entre risas y pullas de primos y hermanos. Hasta que surgió la pregunta.

-¿Quién es feliz?- preguntó el filósofo.

-¿Abuela?- dijo un segundo.

-¡Abuelita, aunque te cueste más trabajo!- dijo ella como de costumbre.

-¿Qué opinas?- pregunto la más joven de mis primas.

-Yo sólo fui feliz; una vez en la vida- nos espetó la abuela de forma tajante.

Rebambaramba total, risas, gritos, silbidos, todos preguntábamos y hablábamos a un tiempo, desconcertados hasta que mi madre preguntó.

– ¿Ni cuando fuiste madre?-

-No…dolió mucho- dijo la abuela.

-¿Y cuándo te casaste?

-Tampoco…muchos nervios- contestó.

-¿Entonces… cuándo?- pregunté.

-Una vez cuando tenía seis años, dejen, les cuento…

Era el año 1913 o 14, la ciudad de México era mucho más pequeña y con un sabor porfiriano que ya perdió, tenía seis años y parecía que al fin la “bola” nos daba respiro, dejaron de sonar balazos a eso de las cinco de la mañana y todo fue calmo durante la jornada.

Mi padre, papá Pepe, telegrafista por la mañana y estudiante de homeopatía por la tarde, terminaba su turno a las cuatro y al salir, como todos los días, pasaba a dejarles un peso a mis abuelos. Esa rutina se repitió sin fallas durante toda la Revolución y no importaba desde donde o hacia que lugar salieran los disparos mi padre pasaba día con día a visitar a los suyos, una vez me contó que se escondió debajo de una carreta de abono con el peso de plata apretado en el puño hasta que los sureños se alejaron de la zona.

Les decía que, esa mañana dejaron de escucharse disparos de madrugada y para la tarde hacia muchas horas que no se escuchaba nada, no recuerdo donde estaban mis hermanas a la llegada de mi padre pero yo salí a recibirlo.

-Mi chiquitina, ¿dónde está tu madre?

Levante los hombros con cara de desconocimiento, el rió y me tomo la mano.

-Ya que nos dejaron solos, chiquitina, vamos a pasear- y así salí a la calle, a la que no me asomaba desde hacia varios meses, de la mano de él.

Caminamos varias calles, percibía que el mundo había cambiado: en el desconchado y las manchas de sangre en las paredes causado por las balas, en el miedo y el aire frío que salía de las casas deshabitadas, en el olor ácido de la muerte que aparecía por aquí y por allá. Mi padre, que no soltaba mi mano, miraba atento cualquier signo de rebelión o polvo lejano, escuchaba a lo lejos para sacarle información al viento que pudiera ser nefasta o peligrosa y yo caminaba sin miedo y sin preocupación por primera vez en lo que me parecía un largo tiempo. A su lado nada nos haría daño.

Fueron solo tres calles y en la esquina encontramos al hombre de los helados, nos acercamos y le solicitamos dos barquillos con nieve de limón, despacio (después de pagar seis centavos) dimos media vuelta para volver sobre nuestros pasos. Caminamos en medio de la calle sorbiendo el helado y su frío llegaba al centro de mi frente, a mi padre le pasó lo mismo, nos miramos y reímos de nuestra amable desventura.

-Chiquitina eres hermosa.

Ya veía el zaguán de nuestra casa, mi madre esperándonos preocupada en el umbral, caminamos esa última calle hasta el hogar sin miedo y sin prisa.

-Ese día fui feliz.

Eran las cinco, la abuela se levantó de la mesa y, en silencio, subió como de costumbre a su habitación.



Arturo Herrera ©

domingo, junio 15, 2008

Elementales

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El aroma se añade bien al mar,

la rosa hendida por la roda.

El dolor radica en el amaro

en el viento oscuro de la mora.

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El aroma se añade bien al fuego,

el clavel herido por azogue.

La muerte mueve lento al ruego

en el río que llora sin desfogue.

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El aroma se añade bien al viento,

el tulipán cortado por lo cierto.

El placido flotar del gerifalte

en la paz serena del desierto.

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El aroma se añade bien al cieno,

las orquídeas que mueren en la leva.

El silencio fenece con el trueno

del menhir que brota de la gleba.

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Arturo Herrera ©


sábado, junio 07, 2008

Bajo el puente


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▬ ¿El chupacabras es una especie de vampiro tercermundista?

▬ No amigo, es un espejismo del hambre.

▬ Entonces, ¿no le tienes miedo?

▬ Qué puede comer, estoy en los huesos ▬ fue la respuesta de Romualdo mientras acomodaba sus cartones debajo de este puente desvencijado y cantaba ▬ un cartón hacia el norte para evitar el frío, otro debajo de mi cuerpo para la humedad del amanecer y un tercero lleno de periódico donde hacer mi nido.

▬ Soy nuevo en esto Romualdo y los rumores dicen que este “espejismo”, como tú dices, se come a las personas sin hogar.

▬ Entonces estamos salvados ya que nuestro hogar es el cielo estrellado.

▬ ¡Hablas tan raro!

▬ Es culpa de la universidad

▬ ¿De verdad eras profesor de matemáticas? ¿Qué te pasó?

Me aburrí de los alumnos mediocres y ahora tengo tiempo para leer poesía.

▬ ¿Pero, por qué?

▬ Me hacían preguntas estúpidas, como tú… comprenderás.

▬ Oh… ¡Ya!

▬ De verdad, las preguntas eran tantas, tan estúpidas y tan frecuentes que perdí el interés y comencé a responder lo primero que se me ocurría. Al principio fue divertido y me reía todo el tiempo pero esto molestaba a los alumnos y se hartaron. Descubrí que los profesores dependen de la buena voluntad de los alumnos.

▬ Te acusaron.

▬ No, en la evaluación semestral quedé mal calificado.

▬ ¿Te despidieron?

▬ No, primero vinieron las preguntas de los profesores, de los rectores y como eran estúpidas seguí el mismo patrón.

▬ Ah, ¿y qué pasó?

▬ Lo lógico, me mandaron a descansar y me pidieron que visitara a sicólogos de la misma universidad.

▬ ¿Y?

▬ Mismas preguntas, mismas respuestas.

▬ ¿Y te despidieron?

▬ No, me despidieron cuando les dije que yo inventé al chupacabras.

viernes, mayo 23, 2008

New Orleans, el epílogo de la luz



Hace años, antes de que se cumpliera el milenio, conocí por accidente a la mujer más bella del mundo. Fue el resultado de un sinnúmero de coincidencias que se acumularon para encontrarnos, solos y receptivos, en un momento específico de nuestra respectiva historia.

La reunión era nocturna, la invitación decía para mi desgracia; media gala, caminé horas tratando de encontrar un traje negro de mi gusto, lo encontré ya avanzada la tarde y tuve que incentivar con cientos al sastre para que las composturas fueran rápidas.

La galería en el poniente era la más reputada de esta parte rica y nueva de la ciudad y presentar un libro en ella era un privilegio casi de la realeza, mi muy pequeña participación en este ejemplar fue la traducción del latín (realizada en los viejos días de preparatoria) de pequeñas frases de Cicerón y la buena memoria del autor, condiscípulo y amigo mío desde esas fechas, que me colocó en sus agradecimientos y como presentador.

Por amabilidad, Roberto,el autor, me pidió unas líneas para iniciar la presentación que tendría que leer aterrado en el proscenio colocado para el efecto, que decían más o menos esto:

Roberto, amigos todos:

Al momento en que me solicitaste unas palabras para la presentación pensé y no es soberbia. ¿Cómo decirte que la historia que presentas “New Orleans, el epílogo de la luz” me atrapó desde la primera línea? ¿Cómo explicar ese encantamiento de la mente, mi mente, a la que el texto llenó de imágenes? Ese camino desde la librería, por sugerentes destinos (que parecen terminales) hasta el hotel donde, casi como si no sucediera, se devela paso a paso el misterio, la historia.

Ya no diré más, los interesados que compren el libro.

Sólo quiero añadir, como lo he hablado ya con Roberto tantas veces, que esto de escribir es un asunto muy divertido, quien dice que es doloroso y difícil lo dice para los críticos (en el primer momento escribí crípticos pero creo que son sinónimos) y se termina al colocar, simbólicamente, la palabra fin.

La Literatura es otra historia, esa comienza cuando se da el salto al vacío que es publicar, cuando se le da potestad al lector para que haga con nuestro texto, casi nuestro hijo, lo que quiera, que lo recuerde o que lo olvide, que lo ame o que lo odie y cuando el escritor es muy afortunado que le cambie la vida. Pero esto ya no se debe al escritor. Se le debe al lector.

Muchas gracias.

Alcé la vista del papel y encontré los ojos más profundos y sensuales jamás vistos que pertenecían a una desconocida sentada a unos pasos de mí; verdes, azules, púrpura, violeta, no podía definirlo. El resto de los atributos tan agraciados como los ojos pertenecían a una trigueña (dirían los griegos) cuyo cabello color caoba refulgía en la noche y enmarcaba justamente un rostro con los destellos dorados del durazno, el cuerpo delgado y propio (todo era de ella) con formas que a los estilistas de ahora parecerían rubicundas pero que yo las percibía perfectas. Pero no importaba sus ojos hechizaban.

Pasaron minutos extensos donde se escucharon agradecimientos y palabrería inconexa al respecto del autor y su libro, todo parecía extraño y sólo esos ojos que no me soltaban eran reales, el mundo se detenía y mi pulso a cada momento se aceleraba más.

Terminó como empezó, abruptamente, y nos dispusimos a festejar, ahora como se debe, la publicación novísima; salté casi poseído hacia las bebidas y tras los hermosos ojos.

Quienes me conocen saben que no soy un abierto parlanchín ni muy avezado en las dotes del cortejo. Algo pasó, le hablé, le mencioné su belleza, su encanto; le divertí con frases jugosas y de juego; le describí mi modo de vida hasta convertirlo en caballeresco; le encomendé mi felicidad y le advertí que sin sus ojos terminaría en la ruina y ella reía.

- Mina.

- …

- Editora de una pequeña revista en el norte del país.

- …

- Un curso de capacitación esta semana.

-…

- Hoy jueves terminó.

-…

- Y regreso a casa hasta el domingo.

- Perfecto - sólo eso dije.

Jueves 8:30 P.M. La noche era tierna y los ojos me atenazaban, hablamos, salimos rápido, sin despedirnos, caminamos un poco, buscamos un taxi, hacia el bajo centro, hacia un lugar de jazz; "El Cuac-tro”.

Sonido, lugar y música son de perfección absoluta, nos preguntamos en dónde nos gustaría estar y decimos los dos, al unísono, “aquí y en este preciso momento”.

Jueves 9:45 P.M. Salimos de nuevo a la noche, ya más fresca y con un viento casi primaveral que electrificaba la piel. Le pregunté si quería escuchar más música.

Sin esperar respuesta tome le teléfono y marqué.

-Luis, amigo, necesito ahora mismo un par de boletos para New Orleans, ¡sé que puedes!

Escuchaba el rechinido de los dientes de mi amigo mientras mascullaba una disculpa, al mismo tiempo le pregunté a Mina si tenía pasaporte y visa; la respuesta fue afirmativa y con unos ojos (esos ojos) abiertos como lunas y sonrientes.

-Vamos amigo, sé que sí, ¿cuándo tienes que pagar los boletos? ¿Para el martes?; ya estaríamos aquí y puedes pasar el mismo lunes a mi oficina por el efectivo. Bien, ¡eres el mejor agente de viajes que conozco! Una cosa más, ¿Recuerdas el nombre de aquel hotelito al que me mandaste hace un par de años? Bien, confírmame dos habitaciones contiguas. ¡Ese es mi amigo! ¡Salimos corriendo! El nombre para el otro boleto es Mina…

- Corre, hermosa, tenemos que llegar al aeropuerto en cuarenta minutos.

A la velocidad del rayo tomamos un taxi y nos encontramos en la sala de espera del aeropuerto sólo treinta minutos después.

Ella decía – ¿así sin ropa? ¿y mis cosas en el hotel?

Tomé de nuevo el teléfono y llamé a mi secretaria.

-¿Adriana? Sí, ya sé que es tarde, mañana por la mañana no estaré en la oficina. Mueve todos los compromisos para el lunes y por favor, recoge y guarda las cosas de la señorita Mina que están en el hotel… y págalo, sí, sí, sí y no permitas que utilicen el pagaré de la señorita. Gracias mil Adriana. Nos vemos el lunes, por cierto, prepara para Luis efectivo suficiente para dos boletos de avión, sí, él te dará mañana los datos.

10:30 P.M. El avión a tiempo y casi vacío despegó hacia la ciudad más bulliciosa del mundo.

El horario y la ciudad nos recibieron como suyos, caminábamos ya por la Bourbon Street cuando descubrimos un pequeñísimo hostal “L’Coulombine”, la comida se percibía excelsa (ya por el hambre, ya por el momento), cenamos como si fuera la última y una hora después de nuevo en la calle encontramos uno de los innumerables sótanos donde se toca jazz en esta ciudad.

-Mira, “Ash Club” tiene que ser tuyo - dijo sonriendo.

La música sonó: flugel horn, sax barítono como Parker, guitarra con ese extraño aditamento que parece un dedo metálico y voces, dos en específico: la de él, muy de Armstrong y la de ella, casi contralto, que emanaba de un pequeño y joven cuerpecito que imitaba a la perfección la voz de la Vaughan.

Viernes 5:50 A.M. Justo antes del amanecer. El hotelito que yo recordaba era perfecto, techos de zinc y balaustradas de hierro forjado que asomaban a la calle donde el balcón superior daba sombra a la acera. Sólo en New Orleans.

“D’ambassadeur-vacancy” decía el pequeño letrero luminoso del frente. Casi al alba llegamos hasta su cuarto y nos derrumbamos de cansancio y sueño.

Desperté para cenar, mi hambre era homérica y traté de despertar a Mina, fue imposible, sólo emitía pequeños murmullos cuasi felinos, me duché, me vestí y redacté una nota que dejé sobre la mesilla de noche, salí de nuevo a la calle, pedí en recepción que no la molestaran y que me indicaran un buen lugar para comer, tras hacer los arreglos para que nuestros comunicadores de una vía funcionaran aquí, quedé satisfecho y me lancé a la calle.

Encontré al pasar un hermosísimo vestido azul, que me parecía de su talla, ropa interior de algodón para ambos y una dependienta fenomenal que se encargó de mandar todo directo a la recepción del hotel.

Caminé al lado del falso sepelio escuchando la música durante un buen rato y descubrí un pequeño bar con alimentos justo en la calle que va directo al SuperDome. Como todo en esta ciudad el lugar estaba atestado y con toda clase de personajes, me acerque a un taburete, pedí algo de beber y una colación del día. Con unos dólares menos en los bolsillos el regreso me llevó más tiempo del que pensaba y ya la noche se instalaba cuando llegué a la entrada del hotel.

Viernes 8:15 P.M. Entré a las habitaciones, vi el vestido sobre la cama y me asomé al baño, nada, caminé hacia la otra puerta y en la penumbra recargada sobre el barandal de hierro se insinuaba la figura desnuda de Mina asomada hacia el vacío y con la mirada puesta en la pequeña luna que iluminaba ahora torpemente las avenidas.

Sonrió al verme y con un movimiento felino cayó sobre mí, ya repuesta del cansancio del día anterior, desperezó con besos y caricias sus adormilados murmullos mañaneros, nuestros besos eran unísonos y nuestros movimientos especulares, llegábamos al inicio y finalizábamos de nuevo. Ahí, hora tras hora recorrí caminos desandados a tientas, rememoré antiguos conocimientos y descubrí a ese felino dentro de ella que se agazapaba y me cazaba como si fuera tierno cervatillo, para luego convertirse en la víctima propiciatoria de mi sed de ella, mi sed de su ser, mi sed de sus ojos.

La besé de la nuca a la frente por la vía larga, me beso de lo ancho a lo convexo y la encontré en algún momento en dos océanos, fue una noche larga y provechosa donde los primeros rayos de luz durmieron nuestro merecido cansancio.

Sabado 7:15 P.M. Volví a la vida ya de tarde en este sábado ordinario, desde hacía mucho tiempo no dormía doce horas de corrido, me dormí de noche y desperté lo mismo. Mina sentada a la orilla de la cama esperaba pacientemente, de azul, mi despertar; había bajado al lobby y descubrió una pequeña tienda para caballeros donde compró un hermoso (y fino) pantalón y una camisa holgada ambos de lino.

Ataviados con los gustos del otro nos adentramos en la noche del golfo para buscar música y alimento, fue muy corto el tiempo, existía una urgencia para regresar que nos llenaba los ojos, esos sus ojos intensos, que nos cerraba la boca y nos hacía palpitar.

Comimos y salimos disparados hasta la cama del hotel donde repetimos, casi de forma idéntica, el amoroso abrazo de la noche anterior, sólo pequeños detalles parecían diferir, las marcas obscuras debajo de los ojos, sus facciones ligeramente más afiladas, ese brillo extraño de su sonrisa a la luz de la luna y esa mirada de deseo primigenio que en algunos momentos se intensificaba.

Nos amamos ahora sí como nunca, como siempre y dejé las cortinas descorridas y las ventanas de par en par, no deseaba dormir sino sólo descansar para besarla con la aurora.

Domingo 6:02 A.M. No quería abrir los ojos pero ya sentía que el amanecer entraba por la ventana sería la primera vez que observaría a Mina a la luz del día, me giré sobre la cama, encontré sus ojos tristes y una sonrisa que sólo podía describir como agradecida y mortal.

En ese momento el sol tocó su hermoso rostro que se tornó sombrío al instante y con horror vi cómo su cara y su cuerpo se pulverizaron y convirtieron en una ceniza gris que una súbita ráfaga de viento arrojó lejos de la cama.

Me levanté de un golpe y años de conocimiento occidental se agolparon en mi cabeza, me dirigí directo al baño, y así, desnudo revisé palmo a palmo mi cuerpo para tratar de encontrar cualquier herida o perforación que yo desconociera.

Respiré aliviado y agradecí a la mujer más bella del mundo su amor y su sacrificio.



Arturo Herrera ©

jueves, mayo 15, 2008

Las botas II


Sonó el teléfono celular de Dolores y nos avisó a voz en cuello ▬ Es la Britney, tírenle las llaves para que suba.

Justo en el momento que se nos informaba la llegada del escote corrí por el pasillo a gran velocidad para alcanzar el llavero antes que todos y llegué al límite para cruzar la sala y dirigirme al balcón. Me parecía escuchar el rechinar de los dientes del viejo al deslizarme en silencio con mis botas sobre el parquet recién pulido.

Salí al balcón a toda prisa para poder observar desde aquí arriba los pechos de la niña, tal vez, con demasiada prisa. Comencé a sospechar que algo estaba mal al golpear el barandal con la cadera sin detenerme en ese momento, giró el mundo y yo con él. El intervalo que duró mi recorrido hasta el suelo se amplió con cada segundo y me dije ▬ Gómez estás jodido.

Desde treinta metros sobre el suelo podía verme así, con botas, chiquito y ensangrentado. Hacia la derecha, el viejo y el Pecas, con ojos de espanto, trataban de encontrarle sentido a mi mágica desaparición, la Britney, abajo, emitía aullidos descontrolados que, desde mi posición estratégica, permitían ver el vaivén de sus generosos pechos. Dolores llegó al balcón y con extraños movimientos de las manos limpiaba sus lágrimas y recordaba, quizá, las últimas dos semanas de amor desenfrenado.

La vida era fácil, morir lo fue más.