miércoles, mayo 09, 2007

Abril, domingo por la tarde, 2007.

Amaneció y el color de la melancolía nublaba ya mis ojos, no es frecuente ni urgente este sentimiento, este sabor agridulce del recuerdo, de las pérdidas, del desamor se presenta de tarde en tarde y con poca frecuencia.

No es un asunto de soledad, la soledad es una construcción propia que tenemos que desentrañar con el paso del tiempo, la soledad es confinarse en una torre, cerrar con aldabas las ventanas, arrojar la llave y después lamentarse, tristemente y mucho tiempo, por la búsqueda infructuosa de la ganzúa en la total oscuridad causada por nosotros mismos. Es en realidad nuestro propio terror que se envuelve en mantos grises para perderse en si mismo y no encontrarse.

Es (la melancolía) la acción de la memoria al devolver los sentimientos y recuerdos afines para valorar con perspectiva los nuevos y cercanos acontecimientos.

El viernes decidí no llamar más, concentré mis sensaciones en unos ojos que me rememoraban otros del pasado y confundí ese viento de amable energía con el recuerdo antiguo.

Cuantas veces ponemos en el entendimiento ajeno nuestros propios deseos y ambiciones, y los llamamos química, encuentro o sentimiento (cuando la mayoría de las veces) es sólo este inconmensurable deseo de encontrarse a uno mismo en el otro lo que nos hace creer que es pasión.

Decidí, digo, tratar de ser objetivo y desenmascarar de mis deseos esas acciones y reacciones del otro que nos ayudan a entender su pensamiento, descubrí que todas y cada una de éstas se enfocaban en mantenerme cerca (pero no tan cerca), amables y dulces pero con un muro infranqueable que ahora me lleva a la prudencia. Decidí, decía, no llamar más y desde esa plática trunca sobre las elecciones; decidir.

Elegir desde la perspectiva de la vida es perder, si se eligió hacia la derecha, todas las enormes posibilidades que nos dan los árboles de la izquierda. Elegir, en fin, es perder parte de la vida en beneficio de otra parte que nos parece más adecuada. Por ende, toda elección conlleva pérdidas y sacrificios con la esperanza que esas pérdidas sean menores que las ganancias debidas a la elección realizada.

El rechazo, aun el muy amable, mueve a sentimientos de tristeza, de desazón; la ventaja con estos mis años es que ya se toma con amable sabiduría y dulce sensatez.

El sábado, entonces, me dediqué a buscar amigos cercanos y lejanos para vociferar en contra de todo y a favor de nada. Me encontré a la mitad del día con un sinnúmero de excusas que les permitía ignorar mi expedita necesidad de comunicación y desconocer lo que parecía, por lo cercano, doloroso trance (la una, decía que un pariente se encontraba en el hospital; otra que la insolación la mantenía en casa; una más, ya citada, se encontraba en el supermercado y lo había olvidado; la última del día, decía encontrarse en estado exhausto y sin coeficiente intelectual): las odio… y aun las quiero mucho.

Caminé kilómetros tratando de despojarme de la rabia y el silencio, caminé sin rumbo y cruzaba calles y centros comerciales en donde buscaba algo que aun no conocía, como un relámpago reconocí a la viuda de mi amigo más querido (aquel que en el velorio y el sepelio de mi padre se mantuvo a mi espalda (cuidando mis desvíos) velando mi desgracia) reconocí que su presencia (de la viuda) y la de su hermosa hija (a la que recordaba como niña) no me causaban el menor sentimiento y deduje en ese instante que el amor (la amistad, el cariño, el sentimiento) necesita concurrencia; sin mi amigo su viuda y su hija dejaron hace tiempo (para mi) de existir.

Pensé en el camino de regreso que ante la muerte lo demás es ocioso y que para el sentimiento la concurrencia y la correspondencia son esenciales y cuando faltan cualquier emoción (por fuerte que parezca) se desvanece.

Así llegó el melancólico domingo y recordaba aquel momento juvenil de amor truncado:

“Era mi Beatriz, mi Jeanne, mi Elena, mi Julieta, mi Dulcinea, mi Adelita y cada encuentro con la literatura, la música y el arte me refería a ella, a mi sol. Y viajábamos juntos al Infierno, a París, a Troya, a Macondo, al Cielo; y su inteligencia (su mente clara) me enamoraba, me deslumbraba, me intensificaba, me descubría, y el mundo era un lugar apetecible que podíamos mejorar y descubrir.

Pasábamos horas discutiendo el sentido de una escondida frase de un desconocido libro de Huxley, la idea detrás de un verso de Sor Juana, la explicación de un soneto de Quevedo, como en un día claro puede verse hasta siempre y por qué las mariposas eran amarillas. Llegábamos siempre a la misma solución, aunque nuestros métodos discurrían en caminos encontrados y nuestras conclusiones, aunque diferentes, embonaban; al unirlas el resultado era mejor que la suma de sus partes.

Ella pensaba amarillo y llegaba, yo, con plátanos; yo azul y comíamos dulces moras. Imaginaba un músico y ya escuchaba a Cat Stevens, un pintor y Vermeer en afiche aparecía; una ópera y lloramos la Traviatta. Una vida así era cómoda, amable, dichosa y deliciosa.

Pasaron un par de años y la complicidad se acrecentaba. Ya no era necesario discutir los desencuentros, ya no había. Sin siquiera abrir los ojos ella sabía, cuando comíamos fuera, si yo veía el menú o a la guapa morena de dos mesas más allá. Y se reía; y esa risa me subyugaba. Yo entendía sin palabras que la última frase de mi manual no le gustaba (por el sonido de la máquina) y lo cambiaba sin orgullo.

Fue en algunos momentos hasta atemorizante. Terminó siendo un asunto propio y de gran risa. Los amigos se veían entre si con ojos de sorpresa cuando sin dudas ella adivinaba la película sin mímica alguna, cuando yo sabía si había discutido con su padre o cual sería su elección del siguiente disco (L.P.).

Si era así en lo nimio con el amor y el cuerpo los placeres crecían hasta el abandono, saltábamos de la tabla del pirata y no tocábamos el agua, moríamos un poco cada noche y a la mañana renacíamos. Su boca me apacentaba, su piel me cubría por completo y su calor calmaba como nada el frío glaciar de mis derrotas. Mi ternura enfriaba con suspiros las disputas externas de su entorno. El amor se acrecentaba con caricias. El nido era inmune al exterior, era nuestro y lo habitábamos.”

Meditabundo recordaba ese pasaje del pasado, truncado por su repentina muerte, donde el encuentro de esos cuerpos juveniles negaba la realidad que circundaba. Ahora, algunos (muy pocos) años después encontré de nuevo esa chispa en los ojos de alguien más. Y hoy pasó de largo. De seguro, me parece, encontraré en el futuro pequeñas partes en nuevos personajes que me recuerden la apacible sensación del amor total.

Sonó el teléfono y a pregunta expresa sobre la melancolía dije.

-Pienso en la muerta, la viva se piensa sola.

Esa es la razón del íntimo meditar de esta cálida tarde de abril, ahora nublada como mis ojos matutinos, en la que escuchar, una y otra vez, las hondas frases de Zitarrosa; llevan y traen el pasado, reconfortan el presente y rememoran el futuro:

“Stefanie, no hay dolor más atroz que ser feliz” (¿será por la aflicción de lo que sigue, del futuro?).

“Por eso niña te pido que no me guardes rencor yo no puedo darte amor ni vos podés darme olvido”

“Puedo enseñarte a volar pero no seguirte el vuelo”

Y más y tarde escuchar una vez y otra y otra y otra:

“Un bel dí”; “O mio bambino caro”; “Una furtiva lagrima” o “Nessun dorma”.

Y recordar que la música, la poesía o la pintura no tiene sentido si no hay palabras (que expliquen primero el interior) y experiencias que les den valor y validez a esas expresiones artísticas.

Así al final del día me encuentro, como de costumbre, instalado en esta felicidad polenta, en la que caben tristezas ínfimas y
melancólicos recuerdos, matizados por la experiencia y el ánimo de que todo con buena actitud es perdurable y sabio.

saludos
ah

2 comentarios:

Malena dijo...

Muy crudo, todavía duele.

Vicky dijo...

Sencillamente Cautivante...
Recuerdos que nos llevan a cuestionarnos.. pero a la vez ese estar seguros de nosotros mismos.
Un abrazo Arturo